Se sugiere leer antes los textos: «AGRESIONES SEXUALES (I): LO HAGO PORQUE PUEDO HACERLO» y «AGRESIONES SEXUALES (II). LA JUVENTUD COMO GRUPO DE RIESGO».


Que las agresiones sexuales se han convertido en una cuestión social relevante, lo prueba el hecho de que, en algunas Comunidades Autónomas españolas, han aumentado, en el último año, más del 150%, lo que ha hecho que el debate sobre este extremo se polarice cada vez más. No hay día que las noticias no hablen de un asesinato, agresión sexual o abuso a una niña o a una mujer. Pues bien, una gran parte del debate sobre las causas de las agresiones sexuales pone el énfasis en el consumo de pornografía, estableciendo una relación causa-efecto y afirmando, categóricamente, que el porno crea agresores sexuales.

Sin embargo, en el momento actual, no hay evidencias empíricas, con estudios amplios y suficientemente contrastados, que concluyan en rigor que el consumo de porno, como único factor, está asociado directamente a conductas sexuales agresivas o violentas por parte de los hombres hacia las mujeres. Hablamos de esa relación causa efecto, porque sí existen trabajos científicos que exploran diferentes variables explicativas.

En cualquier caso, hay muchos hombres que consumen porno y no presentan conductas sexuales agresivas y violentas. Hay mujeres que también consumen porno y a estas no se las considera en similar asociación, respecto de esa conducta sexual agresiva para con los hombres. Por tanto, consumir porno no parece ser el único factor. ¿Y qué tipo de porno?

A pesar de que nosotros tenemos un cierto convencimiento al respecto, es evidente la necesidad de disponer de estudios amplios y científicos sobre este particular en nuestro país, no solo para tener un conocimiento más fidedigno sino para establecer programas de intervención tanto preventivamente como de atención clínica a las víctimas y a los agresores.

En estos debates, también se dice que la ausencia de políticas educativas avanzadas es un factor de riesgo. Sin embargo, podría argüirse que algunos países nórdicos tienen sistemas educativos muy avanzados, invirtiendo muchos más recursos que el resto y, sin embargo, presentan unas tasas de violencia de género y violencia sexual mucho mayores que las que tenemos en España.

Otros, como es nuestro caso, están convencidos de que la ausencia de una adecuada educación sexual profesional y científica -que pudiera confrontar las informaciones y valores que ofrece la pornografía, así como contrarrestar sus posibles efectos negativos, y cambiar actitudes y conductas machistas enraizadas en nuestra cultura- tiene mucho que ver con este problema y que, por ello, es una necesidad indiscutible. Sin embargo, miren como estamos en este asunto: a años luz de lo que debería ser una situación razonablemente satisfactoria.

De momento, me atrevo a dar una opinión. Pero es solo una opinión apoyada básicamente en el estudio de este fenómeno, con algún soporte clínico, pero sin la suficiente fundamentación empírica: un cierto consumo de porno agresivo y violento es un factor que puede incrementar la probabilidad de cometer agresiones sexuales, en determinados hombres y en circunstancias concretas. Por consiguiente, el análisis debe acompañarse de otras variables, de las que las siguientes son solo unas muestras: culturales (p.e. actitudes y valores machistas), educacionales (p.e. ausencia de educación sexual y valores de empatía) consumo de sustancias estimulantes, perfil de personalidad (p.e. rasgos psicopáticos) desarrollo problemático (p.e.  socialización inadecuada, familias inadaptadas) y experiencia sexual (p.e. abusos sexuales).

¿Qué podemos hacer? Investigar y poner luz sobre tantas sospechas. Mientras eso llega, lo primero que convendría aclarar es qué entendemos por pornografía.

1.- El primer punto a considerar es que es preciso delimitar el propio concepto de pornografía, a tenor de que el abanico de contenidos que se agrupan en esta categoría es extremadamente amplio: ¿Qué entendemos cuando hablamos de pornografía? He de reconocer que, aun llevando algunos años estudiando el tema, no es nada fácil y, de hecho, todavía tengo no pocas dudas, aun así, yo consideraría al menos 3 modalidades diferentes. Películas eróticas, películas pornográficas y películas que yo denomino pornoviolentas. Soy consciente de que los límites entre unas y otras, los pone el criterio genuino de cada cual y que resulta extremadamente difícil delimitar cada uno de los términos y establecer un consenso.

Es indudable que hay películas eróticas que tienen un efecto positivo en algunos espectadores/as. Son imágenes que bien podrían calificarse de hermosas, incluso estéticas, donde se observa el respeto y la participación activa, así como la entrega de los protagonistas, mientras que no se percibe, en ningún momento, imágenes de cualesquiera tipos de agresividad entre ambos. Intercambian los papeles y no se observa ningún tipo de imposición. Se excitan, se quieren y desean, disfrutan y obtienen placer. Y el espectador(es) hace lo propio. Ciertos sectores de la industria pornográfica tratan de “vender” un nuevo modelo de “porno feminista” o “porno educativo” -así lo llaman- con el fin de apuntarse a la modernidad y no perder el tren del negocio. Sospecho que el futuro nos deparará sorpresas en esta dirección.

También hay películas, desagradables, agresivas, que repugnan, ofenden y son insoportables, porque reflejan comportamientos patológicos, inaceptables desde todo punto de vista. Sabemos que este tipo de videos horribles y deleznables, también excitan a algunas personas y esa circunstancia, por sí misma, ya debería ser motivo de consulta psicológica profesional, ya que para nosotros es una señal de alarma.

Nuestra opinión es que este género y los subgéneros vinculados a la pornoviolencia deberían estar regulados legalmente, prohibiéndose su realización y distribución.

2.- Aunque hay algunas investigaciones concretas, no podemos precisar con exactitud   que modalidad de porno se visualiza y durante cuánto tiempo. Tenemos únicamente datos interesados de páginas web de porno que hablan de un consumo importante. De hecho, en alguna de esas clasificaciones, confeccionadas por las propias webs del porno, España está en 13º lugar a nivel mundial.

3.- No sabemos muy bien y en rigor, quiénes consumen porno y en qué cuantía. Se citan los 8 años como edad de inicio. Hay datos de la industria del porno poco fiables. Sospechamos que, en la juventud, por razones obvias, hay un mayor consumo y que son los varones jóvenes quienes más consumen, pero no hay datos fiables, si bien, con seguridad, los adultos tambien lo hacen. Y las mujeres. ¿Cuántas?

Lo que sí parece indudable, es que el porno excita y que contribuye a crear fantasías sexuales que, a su vez, sirven de excitación momentánea y futura. Las primeras fantasías sexuales, y por ende, las primeras visualizaciones parecen tener una relevancia notoria en la sexualidad posterior.

Consiguientemente, no hay duda de que el porno ofrece cierto tipo informaciones sexuales y contribuye a crear modelos de actitudes y conductas sexuales. Un simple ejemplo: el uso responsable del condón está ausente de la casi totalidad de las películas pornográficas.

Y ahora algunas sugerencias. El debate prohibición-regulación del porno, ni siquiera ha comenzado, en sus justos términos, en nuestro país. Sin embargo, no se puede aceptar durante más tiempo, que la pornografía sea una de las principales fuentes de información-educación sexual de nuestra juventud. Y esto si lo sabemos con rigor.

En casa es absolutamente prioritario que hablemos con nuestros hijos e hijas, que cojamos el toro por los cuernos, armándonos de valor y dialoguemos abiertamente de estas cuestiones. Con tranquilidad, con cariño y con empatía. Los padres deben saber que consumir en exclusiva conocimientos, imágenes y modelos de conducta sexual del porno, no es inocuo. Es muy probable que puede producir una visión sesgada de la sexualidad y de las relaciones sexuales entre las personas. Un enfoque deformado, no realista, que propone unos tipos de relaciones sexuales que pueden distorsionar sensiblemente la construcción de una perspectiva igualitaria, saludable y positiva. Y una perspectiva inaceptable y denigrante de la mujer. Y repetimos que, aunque el porno es ficción, como la peli de Superman, aquel excita y produce placer y la de Superman, que sepamos, no.

En otro momento (https://gaptain.com/blog/como-hablar-de-pornografia-a-ninos-y-adolescentes/) hemos publicado un artículo específico para padres y madres donde sugerimos cómo, cuándo y de qué hablar de la pornografía a los chicos y chicas al que invitamos a visitar.

Probablemente podríamos llegar a un acuerdo en que un cierto tipo de videos agresivos y violentos debería estar regulado legalmente, como ocurre con la pornografía infantil. Y, aunque su uso no es delito, – ¿por qué este consumo no es ilícito? – si lo debería ser, al menos, compartir y producir ese tipo de materiales.

Finalmente habría que incorporar a las redes de Salud Mental profesionales de la Psicología especialistas en Sexología, que atendieran a aquellas personas, en su inmensa mayoría hombres, que presentan trastorno de adicción al porno o pueden estar en riego de ello y de desarrollar conductas parafílicas porque, aunque no tenga datos fiables, me permito augurar una mayor demanda en los próximos años.

En un próximo artículo trataremos de analizar otro factor de interés en las agresiones sexuales: el modelo cultural de caza y captura.