“El ser humano corre peligro, y cada vez más, de no ver las realidades y necesidades irracionales de su psique, y de creer que puede dominar todo con su voluntad y su razón.” Carl Gustav Jung

Aquellas personas que sólo se permiten ver la vida a través de la razón, ¡Cuántas cosas se pierden de experimentar y de aprender!

Entre aquellos que no se detuvieron en la búsqueda de conocimiento por miedo a sobrepasar las barreras de lo razonable y lógico se destaca Carl Gustav Jung, quien gracias a su curiosidad, que superaba ampliamente su prejuicio científico, pudo descubrir cosas que estaban ocultas tras el velo de la superstición o que no podían demostrarse científicamente.

Lamentablemente, a pesar de la amplia cantidad de investigaciones que hay al respecto de la psique[1] y sus dinámicas, aún hoy, se le atribuye al cerebro y sus funciones la totalidad del Ser, pasando por alto que el Alma es vasta e inconmensurable y que sus leyes y su idioma distan de ser comprendidos desde la racionalidad o el intelectualismo. La ciencia, con su limitación y pequeñez, no puede comprender lo irracional, paradójico y elemental del alma, por lo tanto la menosprecia e intenta reducirla a una red de impulsos eléctricos y químicos para que encaje en sus parámetros de medidas y pesos. El alma, para el pensamiento científico, termina siendo una sustancia química, un neurotransmisor, que se libera mediante un estímulo que surge de una idea, una emoción o un deseo, los cuales, según las ciencias de las neuronas, pueden ser manipulados por la voluntad personal. Con esta visión reducida satisfacen su deseo de controlarlo todo, de saberlo todo. El planteo podría ser más humilde, aprender de las emociones, en vez de querer dominarlas.

Es en estos estudios orgullosamente científicos, donde se puede ver con claridad la unilateralidad extrema de su pensamiento, ya que con el afán de apegarse a lo estrictamente racional, terminan llegando al extremo opuesto, la idea fantasiosa de poder dominar una emoción. También, en este paradigma se cuela la idea del sujeto que debe encajar en una sociedad ordenada y controlada, en la cual ser dominado por las emociones no está bien visto. Un hombre que se emociona, una mujer que se enfurece, un niño que corre libremente por el supermercado, ponen nerviosa a la sociedad recatada y vergonzosa de sus manifestaciones anímicas.

La utópica promesa de dominar el oscuro universo del alma atrae a muchas personas, personas que probablemente se han sentido alguna vez fuera del rebaño cuando han sufrido la tempestuosa llegada de una emoción en el momento menos oportuno, y que luego habrán tenido que dar largas explicaciones a familiares, jefes y allegados por el desorden causado. Así, los que más consumen esta idea son personas que están al mando, o que quieren acceder al mando, de una empresa, de un grupo de personas, o, que desean lograr éxito financiero, puestos de trabajo en donde la presencia de las emociones puede echar por la borda el trabajo, y el esfuerzo de ser un profesional bien alistado para ser, lo que se le pide que sea.

Una emoción es un movimiento del alma o del ánimo, algo que nos sacude o nos ‘con-mueve’. Deriva del latín emovere –formado por ex ‘hacia fuera’ y movere–, que significaba ‘remover’, ‘sacar de un lugar’, ‘retirar’, pero también ‘sacudir’, como suele hacer la emoción con nuestro ánimo. Es en esta acción que está el valor de la emoción, nos saca de un lugar que conocemos para llevarnos a otro lugar no explorado de nuestra psique. Nos abre una puerta que no conocíamos en nuestra propia casa, y nos obliga a habitar un espacio que ignorábamos que poseíamos. A este espacio no lo reconocemos como propio, sin embargo, al habitarlo nos resulta familiar.

La emoción puede ser que nos exalte o que nos deprima, ninguna de las dos opciones son deseadas, y/o aceptadas, para el adecuado funcionamiento de la sociedad y se las etiqueta con diagnósticos médicos para dejar en claro que no están dentro de la normalidad, de la norma, de la media estándar que rige los límites del camino y así evitar desvíos imprevistos. Por un lado, está el de emociones exaltadas, un maníaco, un hiperactivo, un eufórico, el cual debe ser medicado a la brevedad porque es potencialmente peligroso para la sociedad, ya que es impredecible, y puede volverse agresivo, un sedante lo mantendrá dentro de lo que se espera para una persona normal, es decir, que sea sumisa y callada, sobretodo mientras asista a la escuela. Por otro lado, un ánimo bajo o una persona con su atención dirigida hacia el mundo interno, un introvertido, es poco sociable, no presta atención a lo que sucede afuera por lo que su actitud es sospechosa, ¡cómo no va a interesarse por lo que todos se interesan!, debe tomar antidepresivos para estar más conectado y activar su rendimiento.

Las emociones no tienen por qué apoderarse completamente de nosotros, digo “completamente” porque cuando una emoción aparece nos domina, y por más estudios, conceptos y técnicas que tengamos al respecto, nos domina. Aún así, no tiene que ser por completo, es decir, de una forma que nos ciegue y no nos deje actuar con un mínimo de consciencia, digamos que podemos dejar una luz encendida para que nos guíe en medio de la tormenta.

Las emociones pueden ser menos intempestivas simplemente si les damos el lugar adecuado, si las dejamos ser. Al intentar guardar las emociones que consideramos negativas o nos resultan molestas, haciendo esfuerzos sobrehumanos para controlarlas, es como si llenáramos una represa con más agua de la que soporten sus paredes, y tarde o temprano, el sistema va a colapsar. El estrés es la represa a punto de caer, es un agotamiento por intentar mantener la mitad no aceptada de las emociones fuera de la vista de la sociedad. Los ataques de pánico surgen cuando sentimos que la estructura de contención se está resquebrajando y que pese a los intentos de reconstruirla ya no va a soportar una embestida más. En el extremo de todo se encuentran el burnout y el surmenage, que representan la ruptura total de la contención con el desbordamiento de todas las emociones a la vez.

Si encausamos las emociones dándole lugar a todas, sin prejuicio, de manera ordenada y contenida, conociéndolas, diferenciándolas, el río fluirá por momentos con más caudal, por momentos con menos, pero no será tan fácil que se desborde. Además, por donde pasa un río hay vida. Las emociones riegan parajes del alma que nunca conoceremos si no los alimentamos con ellas.

Una economía sana y equilibrada del mundo emocional es posible, pero no te engañes con la ilusión de llegar a la meta, ni con la necesidad de tomar un atajo, es un camino que dura toda la vida.


[1] Psique: del griego ψυχή, psyché, que significa alma humana.

Bibliografía:

  • JUNG, Carl Gustav, La dinámica de lo inconsciente, OC Vol. VIII, Barcelona, España, Trotta, 2004.
  • SOCA, Ricardo, La fascinante historia de las palabras.
  • STEIN, Murray, El mapa del alma según Jung. Ediciones Luciérnaga, España 2004.