La asociación libre surge desde el psicoanálisis (en la década de 1880) y es conocida, también, como el método por excelencia o como la técnica fundamental del psicoanálisis. Surge como una solución para llegar a los contenidos del inconsciente (pensamientos, ideas, imágenes, sensaciones, etc.) puesto que de manera natural seleccionamos aquello que decimos y, en ello, censuramos el acceso a nuestro inconsciente. De alguna manera, ingresamos o extraemos pensamientos desde el inconsciente cuando se nos escapan ideas de esta censura natural como cuando decimos cosas sin pensar (sin que estas sean ideas puramente equivocadas) y es precisamente esto, lo que este método procura: hacer que surjan nuestros pensamientos en crudo y sin la censura y selecciones habituales para luego ser interpretados por el analista.

Ahora bien, independiente de qué pensemos respecto del inconsciente y de la corriente psicoanalítica, como también, independientemente de la manera específica en como el psicoanálisis trabaja con la asociación libre, lo que pretendo en este artículo es entregar un uso práctico y, con ello, afirmar que la utilización este concepto – deformado en la manera en que lo presentaré – nos puede resultar muy útil en nuestra vida cotidiana al permitirnos desarrollar nuevas asociaciones las que, a su vez, nos pondrán en contacto con otros aspectos de las cosas que observamos y vivimos y, en última instancia también, con otros aspectos de nosotros mismos. 

Antes de continuar, debemos consensuar en que hay procesos diferentes entre la elaboración de lo que decimos y lo que decimos propiamente tal, es decir, antes de hablar ordenamos, jerarquizamos, organizamos y seleccionamos aquello que finalmente decimos porque, como seres sociales, evitamos exponernos a decir cosas que puedan menoscabar nuestra imagen frente a los demás, evitamos la vergüenza, la extrañeza que produce decir cosas desubicadas y fuera de contexto. El lenguaje es, y es bueno tenerlo presente, en buena medida producto de una educación, lo que necesariamente implica jerarquizar, ordenar, seleccionar y censurar elementos, así como también implica a “los otros” como aquellos con quienes establecemos la comunicación que permite el lenguaje. Lo sorprendente, quizás, es que el proceso antes mencionado de selección también nos afecta a nosotros mismos autocensurándonos, reprimiendo, desoyendo, descartando o minimizando palabras, imágenes, ideas y pensamientos que, de alguna manera, están fuera de como habitualmente pensamos o que nos resultan peligrosos, desagradables, angustiosos o que entendemos que están fuera de aquello que debemos pensar.    

El método original de la asociación libre consistía en que el terapeuta le pedía al paciente que dijese libremente cualquier cosa que se le viniera a la mente sin filtrar, censurar o seleccionar. Esto jamás se daba de manera automática ni espontánea, requería de un cierto tiempo de práctica y acostumbramiento (amén del vértigo que produce una petición tan inusual) y para este caso sucederá de manera similar, no será una cosa que se logre de forma inmediata ni automática, requerirá de un poco de práctica y atención. Lo que haremos es poner atención en aquellos pensamientos, imágenes, ideas e, incluso sensaciones en las que habitualmente no reparamos y, una vez, que tengamos alguna – por curiosa, marginal o ridícula que nos parezca – la pondremos en relación con nosotros mismos (con algo de nuestra experiencia) preguntándonos: ¿a qué (cosa o situación) o a quién me recuerda (esa imagen, sensación, idea, palabra o pensamiento)?, ¿con qué identifico (esa imagen, sensación, idea, palabra o pensamiento)?, ¿cuándo aparece (…) qué está sucediendo en mi alrededor o en mi vida?, ¿qué estoy haciendo habitualmente cuando aparece (…)?, ¿qué siento cuando aparece (…)?, ¿de qué siento ganas de hacer cuando aparece (…)?, ¿puedo hacer algo si es que aquellas sensaciones o ideas que se me presentan cuando pienso en (…) no me agradan o quisiera sentir algo diferente?

Lo que se pretende con este ejercicio que mezcla la conceptualización psicoanalítica con algunos elementos de la Gestalt es, primero, caer en cuenta de que hay muchas cosas que pensamos y/o imaginamos que no seleccionamos o censuramos porque están, de alguna manera, fuera de la lógica habitual con la que pensamos y nos desenvolvemos. Pensamientos que podemos, con atención y un poco de entrenamiento, recoger para que nos entreguen información desde una nueva óptica pudiéndonos mostrar, a su vez, nueva información sobre ese pensamiento, sus circunstancias, repeticiones (en caso de suceder) y de nosotros al respecto. En segundo lugar, he escogido algunas preguntas que puedan ayudarnos a guiar la asociación de aquel pensamiento elegido con las circunstancias en las que aparece y en las que, eventualmente, se repite, así como también, preguntas que nos ayuden a identificar qué otras cosas nos recuerda y la valoración emocional que nos proporciona (agradable, desagradable; alegría, miedo, tensión, susto, etc.). Finalmente, he sugerido una pregunta que puede ayudarnos a visualizar alguna solución en caso que nos parezca que la imagen o pensamiento que seleccionamos nos remita a eventos desagradables.

Finalmente, advertir que de manera natural experimentamos pensamientos muy perturbadores, complejos y fuertes que, de manera natural también, pasamos por alto, intentamos desoír o nos esforzamos por que desaparezcan rápidamente. El objetivo de este ejercicio no es trabajar con pensamientos de esa naturaleza sino, simplemente, con aquellos que podamos visualizar desde la tranquilidad, que bien puede ser una canción que tarareamos inconscientemente bajo ciertas circunstancias; poner en relación qué me recuerda cierto olor; qué me provoca y con qué asocio una determinada palabra, un hecho, una sensación; etc. Hay una lógica fascinantemente propia que también me informa sobre las cosas, de mi y del mundo que podemos permitir que se asome y que merece ser explorada.