“Autoestima” es uno de esos conceptos que quizás más se conocen procedentes del ámbito de la Psicología y la Salud Mental. Y, aunque todos podemos tener una idea más o menos certera de lo que engloba o lo que significa, es importante que lo entendamos en su totalidad para que así consiga la entidad e importancia en nuestras vidas que se merece.

La autoestima es un término abstracto que engloba tanto la percepción que tenemos de nosotros mismos, como las emociones, sentimientos y sensaciones que dicha percepción nos provoca: cómo nos vemos, cuánto valoramos nuestras capacidades y habilidades, que grado de aceptación tenemos de nuestros defectos o aptitudes, qué tan (in)satisfechos estamos de lo que somos… Y, aunque a priori pueda parecer que es algo que depende única y exclusivamente de nosotros mismos, desafortunadamente son muchas las ocasiones en las que la ponemos de forma ERRÓNEA en manos de los demás y en función a lo que sabemos, o pensamos, que opinan sobre nuestra forma de ser y actuar.

Existen ciertas edades en la que es probable que haya una tendencia más marcada a sufrir problemas de autoestima/amor propio, como puede ser la adolescencia. Esta época es un momento de cambio vital importante en la que se están sentado las bases de aquello en lo que nos vamos a convertir de adultos, además de una transición física notable que puede ser fuente de múltiples inseguridades. Por eso es también una época en la que es importante tener unos lazos afectivos sanos y fuertes que nos acompañen en el autoconocimiento de nuestro desarrollo, y nos ayuden tanto a reconocer nuestra valía personal como a cambiar aquello que queramos modificar, puesto que nuestro bienestar emocional (y físico, por extensión) depende en gran parte de la percepción que tengamos de nosotros mismos.

No valorarnos positivamente y tener unos niveles de autoestima mínimos pueden ser causa y consecuencia de muchas circunstancias y complejas situaciones. Cuándo es causa y cuándo consecuencia no es algo fijado, es importante que conozcamos las experiencias vividas de cada persona para saberlo aunque a fin de cuentas, a pesar de que esta información pueda ser útil, lo realmente importante es trabajar en cambiarlo. Como decimos, ya sea como agente causante o consecuente, lo cierto es que hay diferentes problemáticas en la que nos lo encontramos como factor común: trastornos de la conducta alimentaria (TCA), dependencia emocional, maltrato físico y/o psicológico, adicciones, trastornos del estado de ánimo (TEA), etc.

A pesar de que, como vemos, puede estar en la base o ser consecuencia de muchas y diferentes problemáticas, hay un lado muy positivo y es que se puede entrenar. Sí, podemos trabajar con nosotros mismos lo suficiente para conseguir tres objetivos fundamentales:

  • En primer lugar, que dependa únicamente de nosotros mismos. Que seamos capaces de poner nuestro amor propio solo en nuestras manos y que nuestros pensamientos y percepciones sobre lo que somos, dependa exclusivamente de lo que sabemos que somos capaces de hacer, lograr y cambiar.
  • En segundo lugar, que aceptemos e integremos sin culpabilidad nuestro “lado oscuro”: nuestros defectos e inseguridades. Aceptación no significa resignación, debemos trabajar para cambiar aquello que no nos gusta, pero sin olvidar que el aprendizaje es un proceso y que no tenemos porqué sentirnos culpables en el camino que nos llevará a ser la persona que queremos.
  • Y, por último, que fomentemos nuestras habilidades y capacidades. Que seamos capaces de reconocernos y valorarnos lo que nos gusta de nosotros mismos sin miedos ni vergüenza a que los demás puedan o no estar de acuerdo.