Es bastante común que aceptemos el término «asesino» como sinónimo de «psicópata» y, lo cierto, es que la gran mayoría de estos últimos no tiene nada que ver con los primeros…

Se define como psicópata a toda persona que desarrolla una enfermedad mental relacionada con la psicosis o la esquizofrenia. Prácticamente el 90-95% de ellos pueden llevar una vida normal bajo el control profesional y ni siquiera manifestar conductas agresivas a lo largo de su vida. Es uno de los casos en los que podríamos tirar de refranero y acuñar eso de «ni son todos los que están, ni están todos los que son». Es decir, ni todos los psicópatas son asesinos, ni todos los asesinos son psicópatas.

Pero, se han dado casos a lo largo de la historia en los que un nivel de gravedad muy extremo de psicopatía, acompañado por un contexto familiar desfavorable y situaciones de maltrato y rechazo, han construido asesinos como Edmund Kemper (18 de diciembre de 1948, California).

Desde una edad muy temprana, ya empezó a manifestar conductas agresivas hacia seres inanimados, como peluches y muñecos, y hacia animales a los que torturaba y posteriormente mataba. Clarnell, su madre, diagnosticada con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), empezó a temer por sus otras dos hijas cuando Edmund se encontraba en plena pubertad y comenzó a expresar sus deseos sexuales. No se sabe si por las limitaciones psíquicas o psicológicas de la progenitora o por creer encontrar la «medida justa» en el maltrato, Clarnell decidió que la mejor opción era encerrarle en el sótano.

Como era de esperar, esta decisión no gustó nada a Kemper, quien expresaba su ira rompiendo y destrozando todas las muñecas que allí había de sus hermanas.

Sin saber cómo manejar la situación, Clarnell pide ayuda al padre de Edmund, pero cuando éste llega a vivir con él le rechaza. Acaba de volver a ser padre y no quiere poner en peligro a su nueva familia. Así que, añadiendo el sentimiento de este rechazo a la rabia mantenida durante años hacia su madre, a los 15 años, Edmund se va a vivir con sus abuelos. Ellos residían en una granja con varias hectáreas a su alrededor, espacio que le permitió a Kemper practicar su puntería con las armas de fuego.

Un día, tras una fuerte discusión con su abuela, Edmund cogió una de esas armas y sin mediar palabra le disparó y la mató. Pocos minutos después, llegaría su abuelo a quien no permitió siquiera entrar en la casa, asesinándolo también con varios disparos. Después de esto, llamó a su madre para que avisara a la policía de lo que había hecho. Según las declaraciones que hizo posteriores a su detención, mató a su abuela «porque siempre quise matar a mi madre y no he sido capaz, pero como mi abuela me estaba gritando como ella quería saber qué se sentía al asesinar a mi abuela» y a su abuelo «porque sabía que se enfadaría cuando viera lo que le había hecho a su abuela».

La medida que se tomó, al tratarse de un menor con 15 años, fue el ingreso en un hospital psiquiátrico. Allí, además de diagnosticar la más que sabida psicopatía que sufría, observaron que su inteligencia era bastante superior a la media. Haciendo gala de ello, pronto se ganó la confianza de los profesionales que allí trabajaban y aprendió el modo de realizar las pruebas que evaluarían su recuperación. Después de estar un tiempo en este centro, volvió a vivir con su madre. Pero la historia no acaba aquí.

Algunos años después de todo esto, en 1973, Kemper tuvo una gran discusión con su madre, similar a la que tuviera en su día con la abuela. Esperó a que Clarnell se durmiera y la asesinó golpeándola con un martillo violentamente. Posteriormente, la decapitó, abusó sexualmente del cuerpo sin cabeza y pasó 4 días con el cadáver. Antes de irse, llamó por teléfono a una amiga de su madre invitándola a su casa y, una vez allí, la estranguló. Huía de su casa por carretera escuchando la radio cuando, decepcionado por no oír ninguna noticia sobre lo que había hecho, decidió volver a casa y confesar el asesinato de su madre alegando que «fue lo apropiado por tanto como ella me maldijo y me gritó por muchos años».

Hay que añadir que, durante la época de «tregua» en la que vivió con su madre tras el ingreso, había asesinado a varias estudiantes de las formas más crueles imaginables: acuchillamientos, asfixias, decapitaciones… Además confesó haber practicado la necrofilia y el canibalismo. Estos episodios tenían algo común: todos tenían lugar tras «pequeños conflictos» con Clarnell.

Tras estas declaraciones, se le atribuyeron 8 cargos por asesinato y, actualmente, está cumpliendo cadena perpetua.

Como vemos, este es uno de los casos en los que la carencia de empatía y de vínculos afectivos llevada al extremo, junto con la total pérdida de contacto con la realidad y la conducta impulsiva antisocial pueden suponer un peligro para la comunidad.