Los malos tratos a mujeres, los abusos y agresiones sexuales, incluso de menores hacia otras/os menores, son noticia de portada con demasiada frecuencia en los medios de comunicación que suelen destacar, en mayor medida, aquellas que se producen en grupo, a tenor, tal vez, de que este comportamiento es más usual en culturas lejanas como México o la India por poner dos ejemplos. Lamentablemente muchas mañanas nos desayunamos con noticias de este calibre que se nos atragantan.

El maltrato y las agresiones contra las mujeres, en sus múltiples formas, han sido una lacra en nuestra cultura occidental. Por supuesto en otras culturas y latitudes la situación no ha sido mejor, por lo que cabe afirmar que la historia de la sexualidad femenina es, también, una historia de vulneración de sus derechos sexuales. Si siempre hemos defendido el valor supremo de la libertad individual, hemos de reconocer que, sin embargo, para muchas mujeres su biografía sexual ha estado caracterizada por la permanente vulneración y la falta de respeto hacia su libertad.

Pero en cualquier caso lo que queremos destacar en que, si bien ha habido cambios importantes, su disminución significativa (la desaparición completa parece ser tarea imposible) sigue siendo una asignatura pendiente de la sociedad. Tal vez uno de los elementos de ese cambio que convendría destacar es que los maltratos ya no tienen la legitimación social que tuvieron décadas atrás.  Ya no es un asunto privado de la pareja, sino que compete a la sociedad entera, a los medios de comunicación que la visibilizan y a los políticos que legislan medidas de protección y leyes como la aprobada en el año 2004[1]

Teniendo en cuenta que parece que solo un pequeño porcentaje de agresiones se comunican a alguna persona cercana -y, luego, puede que se denuncie- sostenemos que no es que haya más casos ahora, sino que se visibilizan más.

Las agresiones sexuales, junto a la prostitución son dos ejemplos evidentes de las desigualdades sociales y, más en concreto, de las desigualdades existentes entre hombres y mujeres. Por tanto, mientras sigan existiendo esas desigualdades, con toda probabilidad, seguirán existiendo hombres que hacen un mal uso de su poder agrediéndolas sexualmente.

Sí nos parece un acontecimiento novedoso en nuestra sociedad, la agresión sexual en grupo de hombres menores hacia una mujer menor, aunque también podrían no haberse denunciado. ¿Por qué? Tal vez por el efecto copia, de los más jóvenes respecto de los comportamientos adultos. Tratan de emular lo que ven. Repitiendo lo que hacen los mayores es una forma de hacerse mayores y además todo el mundo se entera, porque graban la felonía y luego la suben a Internet, adquiriendo un notorio protagonismo. También podemos considerar otros tres factores como impulsores de estas conductas: lo que yo denomino hipersexualización social, es decir el uso desproporcionado, permanente y hasta grosero -por parte de los medios y de la publicidad- del sexo como un elemento de consumo; el acceso generalizado a la pornografía en internet y la ausencia de una educación sexual profesional.

Sin duda uno de los casos más mediáticos fue la violación en grupo de la famosa manada a una joven de 18 años, en los San Fermines de 2017 en Pamplona. Esta agresión constituyó un antes y un después de lo que venía ocurriendo hasta entonces. Junto a las manifestaciones de marzo del 2018, consideramos que son dos hechos que ha tenido una trascendencia extraordinaria en el proceso visibilización de esta problemática. Por seleccionar el último dato de Navarra -entre el maremágnum mediático sobre este tema en los últimos meses- algunos medios recogían, en mayo de 2018, que “Suben un 33,33% las agresiones sexuales en Navarra en el primer trimestre del año”.

Cabría preguntarse ¿Es una burbuja momentánea que se desinflará? ¿Habrá un antes y un después? No lo sabemos, pero seguro que volverán otros nuevos casos, que quizá acaben por olvidarse. ¿Pasará la fiebre y todo volverá a ser como antes? es decir ¿que cada cual se las apañe como pueda y, a la que le toque, que se aguante?

¿Cómo es posible que, en un mundo globalizado, con avances tecnológicos extraordinarios tengamos estos problemas, tan graves y trascendentales, como son las agresiones sexuales a menores y a mujeres? Máxime si tenemos en cuenta las consecuencias para la vida futura de las víctimas que sufren esas experiencias. Tal vez las próximas generaciones lamenten no haber tenido unos predecesores más valientes y comprometidos en buscar soluciones más adecuadas para resolver esta cuestión.

Es verdad que se han hecho interesantes estudios cerca de las causas de las agresiones y de los perfiles de los agresores. Sin embargo echamos de menos propuestas concretas relativas a su prevención.

Una alternativa: educación en el mutuo acuerdo

Desde nuestros primeros libros de educación sexual para niño/as, hemos tenido muy claro lo que significa el consentimiento en las relaciones sexuales, de ahí que deba ser incluido en los programas de educación sexual como objetivo prioritario. Porque cuando el sexo es consentido y de mutuo acuerdo, es maravilloso y saludable. Una experiencia emocionante, gratificante, placentera y ligeramente adictiva. Afortunadamente. Esto hay que decírselo a los agresores potenciales cuantas veces sea preciso. Deben saber de la bondad de los afectos y de las relaciones sexuales, cuando son mutuamente deseadas. Y que nunca, en ninguna circunstancia, deben traspasar la línea roja de instrumentalizar, a una mujer para correrse durante unos segundos. El daño que se produce a la mujer por ese placer efímero, es incalculable y no tiene sentido. Cuando estamos con chicos jóvenes les decimos que “si la deseas, cúrratelo y consigue, de otras maneras más adecuadas y respetuosas, que ella también lo quiera”.

Consiguientemente, cuando el sexo es impuesto y se usa al otro/a como un objeto, se convierte en algo intolerable e inaceptable. Una línea roja que nunca nadie tendría que traspasar y que se fundamenta, claramente, en el NO de uno de los implicados o implicadas. O, solo un SÍ es un SÍ, lema que nos parece muy acertado y que se ha convertido en un slogan histórico de las últimas manifestaciones promovidas por las mujeres en nuestro país. Ese NO es un STOP inequívoco y rotundo, en cualquier momento del proceso sexual.

Desde esta perspectiva, forzar a alguien, a través de cualquier procedimiento, casi siempre deshonesto, es inaceptable. La libertad es un valor en sí mismo cuando se usa con responsabilidad. Es cierto que puede resultar difícil ejercer la libertad bajo los efectos de sustancias estimulantes. Convendría no tomar determinadas decisiones habiendo consumido sustancias tanto para la victima como para el verdugo. Es absolutamente repugnante que alguien abuse de otra persona que esté drogada o borracha. Incalificable el que se la drogue intencionadamente como parece que ha ocurrido en la última agresión en grupo de Pamplona.            

Es preciso subrayar en el papel de los chicos y en su firme compromiso con el respeto escrupuloso hacia las chicas. Hay que decirles a los hijos, a los sobrinos, a los hijos de las/os amigos/as… desde muy pronto, y de manera repetitiva, que nunca toquen a una chica si ella no lo desea. Que se lo pregunten primero y que se aseguren de que ella les dice que sí. Que no se aprovechen sexualmente jamás de una mujer que no está en condiciones de consentir. Que determinados comentarios verbales en público son formas de acoso sexual. Que una mujer puede ir vestida como quiera por la calle y los hombres no tienen nada que hacer ni decir. Hablarles del consentimiento, del respeto y de la dignidad de las personas. Que, en la inmensa mayoría de las situaciones, los hombres saben perfectamente si pueden o no continuar y si ella está a gusto y cómoda en la relación. Y, si hay dudas, basta una simple pregunta: ¿quieres que siga? Que cuando no hay un sí explicito, hay que entender que es un no. Y punto. Y dejar de insistir.

[1] Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, BOE núm. 313, de 29/12/2004. que ya en su primer párrafo señala que “La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”