Me ha sido recurrente, en diez años de atención a pacientes, observar algunas particularidades en el uso que ellos hacen del lenguaje, y desde allí también identificar cómo es que las personas, en distintos contextos, describimos nuestras experiencias, emociones, y las reflexiones de allí derivadas; es decir, cómo llevamos la/nuestra realidad al plano de las palabras.

Una experiencia nueva, o fuera de lo común, puede a veces “dejarnos sin palabras” para ser descrita, sin embargo, a veces, incluso experiencias cotidianas llegan a ser difíciles de describir o explicar si las llevamos a un plano más reflexivo y profundo. En el apremio de las relaciones interpersonales dadas actualmente, es predecible la respuesta a un “hola cómo estás” o a un “cómo amaneciste”, dado en un contexto donde habitualmente tanto la pregunta como la respuesta son automáticas. Lo complejo es cómo y cuánto, nuestras respuestas automáticas, o quizás incluso nuestros deseos, interfieren en el reconocimiento de cómo es que estamos en realidad, cómo nos sentimos en nuestra posición actual y en la dirección en la que avanzamos o hacia dónde nos dirigimos. Las palabras en este caso actúan como un órgano de los sentidos más, quizás el sexto muchas veces mal ponderado, o como ojos que –si abrimos o sabemos abrir, o aceptamos abrir-, nos permiten ver un mundo personal muy rico.

Mi pretensión no es hacer de esta reflexión un texto romántico, sino práctico, que introduce en el sentido no sólo interpersonal o de comunicación con un tercero que tiene el lenguaje, quizás como valor inmediato, pues aquella visión reduccionista le resta potencia a éste como organismo facilitador del proceso constante de autoconocimiento y crecimiento personal, es decir, la capacidad de contactarnos con nosotros, identificar nuestras necesidades y actuar en coherencia con ellas, de manera autorregulada.  Queda entonces en evidencia el impacto consecuente de la comunicación intrapersonal sobre las relaciones sociales, en tanto sentido de la empatía y función reflexiva, ambos conceptos que apuntan a la comprensión del otro en su complejidad, a partir del reconocimiento de la propia.

Saber cómo estamos, depende en gran medida del saber decir cómo estamos, pues el pensamiento al igual que una conversación tiene curso a través de las palabras. Mi experiencia clínica indica que, cuanto más soy capaz de recorrer mi experiencia, en distintos sentidos, a través de las palabras, mayor será mi capacidad de reconocer aquello faltante, problemático, dañino, e igualmente aquello favorable, que nutre y permite crecimiento personal.

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