Usualmente son reconocidos los primeros auxilios, como aquel “conjunto de actuaciones y técnicas que permiten la atención inmediata de un accidentado, hasta que llegue la asistencia médica profesional, con el fin de que las lesiones que ha sufrido, no agraven” (Unirioja, s.f.).

Se suele, por lo general, relegar a un segundo plano el impacto emocional y psicológico en la persona afectada, durante el evento crítico que acontece. Esto es comprensible dado el apremio de salvar la vida, que es lo que clama para estos casos mayor urgencia. Sin embargo, va a ser igual de importante, durante o después del incidente crítico, velar por el estado emocional del afectado y los terceros involucrados en el evento. Los primeros auxilios psicológicos o PAP serán el tipo de intervención adecuado, para resguardar la salud mental del afectado que lo requiera en el incidente.

Los PAP son un método de intervención protocolar e iterado, basado en estándares guiados desde la OMS (2017) y cumplen con el propósito de:

  • Contener el incremento del daño emocional y los niveles de estrés inicial causados por el suceso.
  • Potenciar pautas de afrontamiento necesarias, para sopesar el evento crítico.
  • Fomentar la adaptación inicial y a largo plazo del escenario futuro, tras ocurrido el incidente. (UAB, 2015).

Considerando que, “durante y después de situaciones de emergencia aumentan las probabilidades de padecer una serie de problemas de salud mental” (OMS, 2017) debemos añadir que “cuando ocurren los incidentes críticos, las personas se vuelven vulnerables y pueden generar Trastornos de Estrés Agudo (TEA) y Trastornos de Estrés Post Traumáticos (TEPT), que generaran impactos negativos en su normal vivir…” (PSG, 2016). La intervención en PAP, siendo reactiva en su proceder y cumpliendo un propósito preventivo que velará por salvaguardar el estado emocional del o de los involucrados, debe velar por cumplir lo anteriormente señalado y ser utilizada en un plazo no mayor a 72 horas transcurridas al incidente crítico en cuestión.

Los PAP no se pueden homologar a un proceso de terapia psicológica. Por una parte, si bien puede ser deseable, no son de uso exclusivo por parte de un profesional de la salud que sea psicólogo o de otra área; quienes reciban la debida instrucción lo pueden ejercer como un método idóneo de atención primaria de urgencia, para el cuál se instruye. Son, además, adaptables a los contextos y a las condiciones en los cuales puedan y deban ejecutarse, donde se evalúa quién o quienes están necesitados y muy a tomar en cuenta, dispuestos a recibir dicha intervención, pudiendo ser, como se señalaba anteriormente, también utilizados en socorristas y terceros implicados de manera indirecta en el evento. (UAB, 2015)

Centrándonos en su aplicación, simulando tener la situación meritoria para el uso de éstos, se debe buscar un lugar lo más confortable y privado posible (dentro de lo que ofrezca el escenario). Resuelto lo anterior, lo primero será determinar, ¿Por qué se decide intervenir a esa persona? Un acercamiento asertivo, procurando no generar contacto físico inmediato y templando adecuadamente la voz serán determinantes al inicio. En segundo lugar, se debe recabar información de primera fuente, es decir, ¿Qué está concretamente necesitando el afectado? La clave en esta instancia, será poder atender explícitamente lo que manifieste la persona.  Para ello, ser empáticos, procurar no trivializar la información que nos emitan e ir clarificando las dudas que nos vayan surgiendo, será lo pertinente. Prosiguiendo hacia una tercera fase en el accionar, procuraremos asistir de manera práctica lo que el afectado nos haya informado previamente. En este sentido, la persona puede estar, por ejemplo, necesitando saber sobre el estado de salud de un tercero involucrado en el hecho, o sobre algún acontecimiento puntual de la situación vivida.

Una vez atendida la necesidad del afectado, la fase posterior conlleva a una correcta entrega de información añadida, dirigida a emitir pautas de afrontamiento frente a lo ocurrido. Para ello, debemos apuntar a: ¿Qué puede hacer el afectado por su cuenta? En esta cuarta etapa de intervención, explicar la posible evolución de los posibles actuales síntomas y des patologizar patrones de reacción adaptativos venideros, será para el afectado de suma utilidad. Finalmente, ¿Dónde acudir? Una quinta fase de cierre a la intervención, deberá obligadamente brindar un puente o nexo, entre la persona afectada y las redes de apoyo o los servicios de salud pública disponibles.

Concluyendo, como nos señala Méndez (2016), a tener en cuenta que dentro del proceso aplicativo siempre será menester velar lo mejor posible por la confidencialidad de la persona afectada, resguardando su dignidad, siendo siempre respetuosos ante sus reacciones, dudas, miedos y necesidades emitidas, sin ante ello caer en falsas promesas que empeoren la situación, evaluando conscientemente lo que realmente se puede y no auxiliar, dentro del apremio que contenga el evento y los recursos que en contexto podamos hallar. Es recomendable, además, procurar un seguimiento a mediano y largo plazo de las personas afectadas para ver su evolución, velando por el desarrollo emocional posterior al evento crítico y de ser requerido, gestionar el tipo de intervención con un profesional de la salud adecuado al caso.

Referencias:


phiperrott@gmail.com