Quizá empieces a leer este artículo por la incongruencia que a priori parece mostrar el título pero pronto confirmarás que nada hay más lejos de la realidad….Tampoco se trata de encontrar conductas “desviadas”, sino de reflexionar sobre comportamientos tan dispares que poseen una base biológica común.

En lo cotidiano, la relación entre el placer y el dolor está interconectada de forma más habitual de lo que pensamos.

Todas las especies huyen del dolor y buscan el placer. Sin embargo, en el ser humano, el hecho no es del todo cierto. Somos la única especie que se expone al dolor con la intención de encontrar el placer. Esta exposición la podemos hacer de forma consciente o inconsciente; y la logramos con los siguientes condicionantes: nos exponemos al dolor cuando sabemos que esa exposición es segura, y que no nos producirá ningún  daño físico persistente ni grave;  también, cuando creamos unas expectativas de resultados satisfactorios a pesar del dolor que podamos sentir en el proceso; y por último, cuando sin hacerlo de forma consciente, nos sentimos de alguna forma recompensados por ello.

Nuestra conducta es guiada por los circuitos cerebrales del dolor, del placer y de la recompensa. Estos circuitos guían conductas tan cotidianas y a la vez tan heterogéneas como hacer ejercicio intenso, comer picante, ver películas de miedo, algunas conductas sexuales.

En este punto, las preguntas que surgen son ¿Cómo logramos trascender el dolor para llegar al placer? ¿Cómo pueden coincidir el binomio placer- dolor en la misma actividad? Las explicaciones plausibles que aparecen aquí son:

Por un lado, ponemos en valor las expectativas de resultado sobre el coste que nos va a producir. Así, decidimos que el grado de satisfacción de los logros que nos aportarán esas actividades superan  las molestias que nos pueden causar. Como factores que median en el hecho de tomar esta decisión, nos encontramos la característica de personalidad de buscar actividades más o menos excitantes, y el aprendizaje social y el biológico que determinarán el grado de refuerzo que nos aportan esas conductas.

Por otro lado, la interconexión dolor- placer está sustentado en nuestra biología. En las vías neurológicas cerebrales.

Algunos autores además incluyen, como factores mediadores en estas conductas, estrategias psicológicas de gestión de la situación,  y de auto- recompensa al alcanzar metas establecidas (Perales, 2015, en relación al ejercicio físico).

De esta manera, entramos en la dualidad emocional de dolor- placer con hechos tan dispares como comer picantes de manera acusada, hacer ejercicio de manera intensa, visionar películas de terror, abusar de ciertas sustancias estupefacientes, y practicar sexo duro. Todos estos actos nos pueden hacer sentir extenuados, molestos, y hasta veces dañados, pero a la vez, nos provocan excitación, placer, y plenitud con efectos mucho más duraderos y persistentes que los efectos negativos; lo que nos lleva a seguir realizándolos con mayor ímpetu.

Además, la realización de cada una de estas actividades,  lleva a la producción de adrenalina, endorfinas, y otros analgésicos endógenos (algo así como morfina interna) que contrarrestan las sensaciones desagradables. Es más, las sensaciones de bienestar se mantienen durante más tiempo que las molestias que sentimos al realizarlas, por ello lo percibimos como algo placentero.

Desgranando una a una estas conductas describo en  primer lugar la acción de ver películas de terror.

Diversa es la literatura que relaciona los sistemas de miedo y terror con el núcleo accumbens. Esta área anatómica cerebral interviene en las respuestas más primitivas del cerebro reptiliano, implicadas en conductas de evitación y huida; activación muy útil si se trata de supervivencia, pero mucho menos útil cuando se despierta ante el visionado de una película. Las sensaciones de miedo y terror se pueden apoderar de nosotros a pesar de que sepamos que no tenemos un peligro real; para contrarrestar la situación, aparecen una serie de reacciones en cadena que llevan a la producción de adrenalina y, con ella la aparición de sensaciones de relajación y placer, más intensas que el temor sentido.

Otra conducta que nos causa sensaciones molestas pero gratificantes, es el hecho de comer picantes, al menos eso ocurre cuando nos gusta comerlos.

El hecho de comer picantes hasta el punto de sentir que se te hincha la boca como si te hubiesen picado una veintena de avispas y descubrir placer en ello ha sido descrito en un caso extremo por Jason McNabb que en varias ocasiones ha conseguido el récord mundial de comer pimientos picantes.  

La sustancia que da el picor a los pimientos, la capsaicia, es la que lleva a tener los ojos llorosos, tener sensación de calor, hinchazón de labios y traspiración. Está sustancia es tan molesta que es utilizada para la fabricación del gas pimienta, siendo su compuesto base.

En su primera proeza McNabb describe «Sentí como si tuviera la boca llena de avispas y como si me estuvieran picando todas a la vez. Francamente, fue un infierno» (BBC News, 2015). Sin embargo, comer chiles tan picantes puede producir una sensación similar a las drogas o el sexo, «El dolor se me pasó bastante rápido y sólo me quedó la adrenalina y la euforia» (BBC News, 2015) reconoce en la entrevista. De nuevo estamos ante la estimulación de los mismos circuitos cerebrales, el del dolor y el del placer que se activa para compensar el primero.

Igualmente ocurre ante la realización de ejercicio intenso. Las sensaciones negativas aquí incluyen calambres, pesadez y otras sensaciones molestas producto de la liberación de ácido láctico mientras estamos realizando un gran esfuerzo físico. Posteriormente, y cuando entra en acción el sistema nervioso central, en concreto el hipotálamo; se experimenta un “subidón” debido (otra vez más) a la producción de endorfinas. Aparte de este “subidón” biológico sumamos el bienestar logrado a través de la gestión emocional para la consecución de objetivos y el auto- refuerzo por haber logrado nuestras metas.

Julio César Perales, profesor de Psicología de la Universidad de Granada (España), e investigador del Centro de Investigación Cerebro, Mente y Comportamiento (CIMCYC), que además es maratoniano, señala: “Para nadie es agradable un esfuerzo extenuante, pero se aprende a reconocer el sufrimiento y a desarrollar estrategias para gestionar la situación. La recompensa a ese sufrimiento es, a corto plazo, las sensaciones placenteras relacionadas con las endorfinas y, a más largo plazo, la recompensa de estar alcanzando determinadas metas, que varían de unas personas a otras” (El PAIS, 2015).

Hasta aquí hemos planteado como una dualidad los sistemas de dolor- placer. Esta dualidad la establecemos a nivel emocional, ya que son emociones contrapuestas. Por ello mismo, podríamos pensar que estas emociones comparten la misma vía o los mismos circuitos neuronales; sin embargo, se trata de circuitos diferentes aunque están conectados en cierta manera y  pueden anularse uno al otro. Así, cuando se estimula el circuito del placer el circuito del dolor, opuesto al primero, se bloquea y, viceversa.

Si analizamos la conducta sexual, donde obviamente se activan los procesos de placer, entenderemos como prácticas dolorosas como el masoquismo quedan anuladas o, al menos disminuidas, por los primeros.

En la práctica de sexo duro, bondage, masoquismo, y otros actos que conllevan dolor, las expectativas de placer físico y emocional superan las molestias físicas, la humillación, etc… Aparte, de que el dolor es percibido como placentero en sí mismo.

Esta percepción del dolor dependerá de gustos, característica de personalidad, procesos de aprendizaje y un largo etcétera, y está determinada por condicionantes químicos, biológicos, y psicológicos como los explicados anteriormente; y mediatizados a su vez por condicionantes personales. Ahora bien, hay quién ha planteado que el verdadero objetivo del masoquismo se relaciona más con el poder y la sumisión que con el propio dolor. Sea como fuere, las vías del dolor y del placer se activan, asumiendo el control de la conducta.

Si vamos un poco más allá del estudio de estos circuitos, en un interesante estudio realizado por la Universidad de Dusseldorf se comparaba a un grupo de personas con conductas masoquistas con un grupo de control. En él encontraron que el grupo de tendencia masoquista mostraba un umbral de dolor más elevado y, que este resultado puede atender a una modificación en la modulación del procesamiento de la información somatosensorial. Así, estímulos que en la mayoría de las personas entienden como dolorosos, y que aumentarían la activación en las aéreas somatosensoriales primarias, serían percibidos como ‘normales’ por aquellos con comportamientos masoquistas y dispararían una menor respuesta en estas áreas a nivel cerebral.

Partiendo de la máxima “a más dolor más placer”, asumida por ciertos estudios de conducta sexual masoquista; parece ser, que esto sucede así siempre y cuando se empiece por niveles de dolor que se puedan tolerar; y que el dolor crezca de manera paulatina de forma parecida a lo que ocurre en el abuso de drogas (se necesita un crecimiento del consumo, en tanto en cuanto, va creciendo la tolerancia a la sustancia). Aunque obviamente, el componente psicológico de voluntad, y las características personales de cada uno determinarán la preferencia de vivir ese dolor de forma intensa sin necesidad de ese “in crecento” del que hablábamos.

En cuanto a la forma que tenemos de experimentar el dolor en lo referente a conducta sexual, y atendiendo a la diferencia de género; biológicamente las hembras están genéticamente preparadas para soportar un umbral mayor de dolor. Por ello mismo,  podría atreverme a decir, que también a experimentar más placer a través de ese dolor.

Volviendo a la analogía con el abuso de sustancias, encontramos que al igual que ocurre con el consumo de opiáceos,  la liberación de endorfinas bloquea la sensación de dolor y además produce euforia en la conducta sexual.

Las endorfinas, conocidas como los «químicos de la felicidad» inducen un cálido placer, emulando a la sensación que provoca el fumar marihuana. Estos químicos de la felicidad estimulan las regiones límbica y prefrontal del cerebro, las mismas que se activan con el amor apasionado y la música.

Otros estudios relacionan dolor y sexo sin necesidad de recurrir a prácticas sexuales donde existe dolor explícito. Dentro de estos estudios, Komisaruk, relaciona circuitos de dolor y vías cerebrales del orgasmo, marcando distintas áreas cerebrales que coinciden en la ruta del dolor y se activan ante el orgasmo. También, pone en relación los rostros de quienes están experimentando un orgasmo con los de aquellos que están sufriendo dolor, concluyendo que son indistinguibles.

Por último, añadir que la interpretación del dolor depende claramente del contexto. Así lo expone Leknes y un grupo de investigadores de las universidades de Oxford y Oslo: un dolor de intensidad parecida se interpreta como placentero al compararlo con otro más intenso. A nivel cerebral, se traduce como una menor actividad en la ínsula y el cíngulo anterior, y una mayor activación en el circuito de recompensa que incluye las cortezas prefrontal orbital y ventromedial.

Por tanto, por disparatado que parezca,  amar, comer picante, drogarse, y realizar ejercicio intenso tienen mucho en común.

Así podemos entender como el dolor emocional de una pérdida es tan intenso, ello se debe a que se asemeja a un dolor físico. Y también como amar, mantener sexo, comer picante, realizar ejercicio crean cierta adicción, debido a las endorfinas producidas en el cerebro.