Seguro que muchos y muchas de quienes estáis leyendo estas líneas se habéis encontrado en más de una ocasión con esta pregunta. Una cuestión que debería hacernos reflexionar sobre nuestros objetivos vitales y en qué grado nos estamos acercando o no a ellos, pero que últimamente se ha convertido en la forma más rápida y fácil de vendernos productos y/o servicios que realmente no necesitamos.

Actualmente estamos siendo testigos de un auge del positivismo que, en algunas ocasiones, no nos beneficia. Proyección, motivación, sueños, “si quieres, puedes”, felicidad, optimismo, bienestar… son ideas o conceptos que deben instalarse en nuestro día a día para no dar cabida a los pensamientos negativos y a las emociones menos agradables. Y esto es un error.

Al margen de lo que puedan afirmar diferentes estudios e investigaciones científicas, todos y cada uno de nosotros hemos podido comprobar a lo largo de nuestras vidas que la felicidad permanente no es posible. Independientemente de que cada uno de nosotros manifestemos rasgos de personalidad caracterizados por más o menos positividad, en todos los casos atravesamos momentos difíciles de gestionar emocionalmente que consiguen hacernos tambalear en nuestro día a día, en algunas ocasiones, durante un periodo de tiempo prolongado. Esa “obligación” a mostrarnos siempre felices y agradecidos, a pesar de los malos momentos que podamos estar atravesando, no hace más que añadir una (lógica) frustración que no nos ayudará a superar la dificultad ante la que nos encontramos. Tener un trabajo de éxito, haber sido madre hace poco, estar viviendo una relación sentimental fantástica… todas ellas son situaciones que, aunque nos reportan muchas emociones y sensaciones positivas, también guardan su lado “negativo” o menos bonito. Y no pasa nada. No va a perderse la parte positiva porque reconozcamos y asumamos la negativa.

Lo adaptativo y sano en estas ocasiones es aceptar e integrar lo que sentimos. Ante la pérdida o enfermedad de un familiar querido, la ruptura de una relación, no encontrar trabajo o haber perdido el que se tenía, la preocupación por alguien conocido… lo lógico es sentir emociones negativas. Sensaciones desagradables que nos ayudan a aprender cuáles son y en qué orden se encuentran nuestros valores y prioridades vitales.

Cada uno tenemos nuestros tiempos de acción y reacción. Suponer o esperar que este tipo de vivencias se superen en un tiempo concreto, fijo y externamente determinado no es viable. En muchas ocasiones, más de lo que a priori podemos imaginar, nos encontramos en consulta con una persona cuyo objetivo principal es “saber si está loco”. Cuando indagas e intentas averiguar el por qué de su idea, nos encontramos con alguien que pasa un periodo de inestabilidad emocional totalmente normal y congruente con la situación personal que atraviesa. A la que además se ha añadido un estrés moderadamente intenso porque no se encuentra en ese estado de felicidad y positivismo que en teoría ha de imperar.

Con todo esto, no se pretende crear una visión pesimista de la vida. La idea es transmitir calma. Es decir, que aceptemos que los momentos negativos son inevitables y aprendamos a vivir con las sensaciones y emociones que estos provocan. Que disfrutemos del lado positivo de las cosas, pero que también seamos capaces de integrar el negativo. Porque que haya un lado positivo implica que hay otro menos bonito y el hecho de que intentemos suprimirlo o hacer ver que no existe, solo nos traerá consecuencias que no nos benefician. Solo así podremos conocernos a nosotros mismos y nos daremos cuenta de cuándo algo no funciona y es el momento de pedir ayuda, sin miedos y sin barreras impuestas socialmente.