Los economistas y expertos en marketing han acuñado y dominan conceptos como el de satisfacción marginal y satisfacción total, respondiendo ambos a cómo los bienes de consumo son tratados en el mercado, de tal modo que se conviertan en una necesidad creciente para sus usuarios.

La vida anda rápido, la tecnología muchas veces parece anteponerse a las personas y el tiempo se ha consolidado como un bien de consumo. En este contexto, el estrés sostenido, por dar un ejemplo recurrente, ha llegado a convertirse en una forma de sufrimiento normalizado en nuestra sociedad, como una experiencia inherente a la vida, desde la edad escolar en adelante.

Aunque muy deficiente, por lo simplista e inacabada que resulta, una de las definiciones de inteligencia más populares, dice: “capacidad para adaptarse al medio”. Sin duda el ser humano cuenta con esta capacidad, por sobre cualquier animal, y la lleva al límite, pues se adapta a contextos independiente que estos lleguen a ser hostiles. Otra definición de inteligencia, un poco más sofisticada, dice: “capacidad para adaptarse y modificar el medio”.

Toda persona tiene un propio modo de comprender el mundo y por ende de operar en él, en un juego permanente de adaptación y modificación. Para esto, resulta fundamental tener atención permanente en nosotros mismos, en cómo el entorno nos impacta y qué decisiones podemos tomar a nivel, idealmente preventivo, para tener resultados satisfactorios en la construcción de nuestra vida. Cuando aquello es descuidado, y la vida comienza a presentarse como una sucesión de desafíos, exigencias y emergencias varias, corriendo contra el tiempo y convirtiendo el descanso, la contemplación y la reflexión en situaciones excepcionales, pues no derivan en un producto o logro concreto, nos enfermamos, y entonces, al límite de lo tolerable, porque en el colegio se repitió de curso, o porque se nos agotó la línea de crédito, o porque las peleas conyugales no dan para más, o porque como nunca aparecieron jaquecas y cefaleas, o porque la pena y ansiedad son incontenibles, entonces volvemos a nosotros, y nos apartamos al menos por un rato de esa felicidad a la que he llamado felicidad marginal, pues no responde a un sentido personal, sino socioeconómico de felicidad, más en favor de un mercado creciente que de las propias personas.

¿De qué depende nuestro bienestar físico y mental? ¿De qué depende el bienestar de nuestros hijos? ¿De qué depende el bienestar de nuestras relaciones, de pareja, sociales? ¿De qué depende nuestra situación económica?… El listado podría hacerse interminable, pero puede sintetizarse quizás preguntándonos ¿Qué decisiones he tomado, o tomo día a día, alineadas con un sentido personal y profundo de felicidad? ¿Cómo cuido mi felicidad o a aquellas personas, lugares, momentos y cosas que me la proveen?.