La anorexia nerviosa; uno de los trastornos alimenticios más conocidos tanto por su incidencia como por sus consecuencias a nivel físico, psicológico y social, que se caracteriza por el temor a subir de peso aun cuando se mantiene un peso por debajo de los índices esperados para la talla y edad, puede estar acompañada de conductas compensatorias como el vómito, laxantes, diuréticos, ejercicio excesivo, dietas autoimpuestas y selectividad en la comida.

Por otro lado, el miedo es una emoción básica, primaria y universal, es decir está presente a lo largo de nuestras vidas, se origina en el cerebro y genera consecuencias en gran parte de nuestro organismo. Es un mecanismo que usamos para adaptarnos al entorno que nos rodea y a las cosas que interpretamos como amenazantes o peligrosas. Cuando el miedo se activa le hacemos frente a la situación a través del “ataque” o la “huida”. Es decir, el miedo nos ayuda a alejarnos de un suceso para el cual interpretamos que no estamos preparados para afrontar.

El adolescente que padece anorexia nerviosa suele vivir abrumado con la idea de convertirse en adulto, y es que la adolescencia tiene sus propias dificultades, peligros o riesgos. Este adolescente desconfía de sus propias capacidades, habilidades y se compara con los demás y en esa comparación casi siempre termina perdiendo, algunas veces por su baja autoestima, otras por la sobre valoración de los logros que obtiene el resto o simplemente por no reconocer sus propias cualidades personales, muchas de estas comparaciones son de índole físico como el peso o la silueta corporal.

La literatura refiere que la mayor incidencia de casos con anorexia nerviosa tiene sus inicios alrededor de los 12 años, sin embargo, cada vez hay más investigaciones que precisan este diagnóstico en edades más tempranas.

Una de las razones por las cuales los primeros síntomas del desorden alimenticio empiezan en ese rango de edad tiene que ver con el llamado “Miedo a crecer”. Es aquí donde la anorexia nerviosa va dejando rastros como gritos de auxilio del adolescente que le aterra la idea de convertirse en adulto, pues asocia la adultez con una vida abrumada por los problemas (financieros, de pareja, laborales, familiares, sociales, entre otros). Enfrentar la adultez implica mayor esfuerzo, como lo son lidiar con personas complicadas o que simplemente mantienen una forma de pensar muy distinta a la de uno, aprender a comprenderse y conocerse, entenderse con los demás y por supuesto a salir de esa zona de confort que les daba la sensación de seguridad al estar bajo el cuidado absoluto de los padres. La obsesión por no crecer que se observa en el deseo de mantener el cuerpo de niño/a, es decir con las características físicas propias de un adolescente (caderas planas, mamas aun no desarrolladas, piernas largas y delgadas, una cintura minúscula, postergación de la menarquia o primera regla y para las adolescentes que ya están menstruando presencia de amenorrea). El adolescente que padece este diagnóstico, aun sin proponérselo de manera directa, recibirá toda la atención de sus padres y alrededores ya que es sabido que los “enfermos” requieren toda clase de atenciones.  De esta manera habrán postergado el proceso natural de su desarrollo, congelando sus metas y responsabilidades futuras.

Este miedo a crecer viene acompañado de la incapacidad percibida para enfrentar los problemas propios del crecimiento o desarrollo humano, la poca capacidad para tomar decisiones y asumir responsabilidades, todas estas características que nos dicen que hemos dejado de ser niños y que nos ubica ahora en esa etapa llamada “adultez”. Un adolescente sin un proyecto de vida difícilmente encontrará una razón para querer seguir creciendo, refugiándose en diferentes desórdenes emocionales, como lo es la anorexia nerviosa.