Tal Ben-Shahar es un profesor y escritor estadounidense e israelí, licenciado en Filosofía de Harvard, especializado en Psicología Positiva y Liderazgo. Sus conferencias han estado de moda en todo el mundo y hace unos meses estuvo por Chile hablando sobre los fundamentos de su teoría; la Ciencia de la Felicidad.

Pero, ¿qué es la Felicidad realmente? 

Como idea central de su doctrina, el autor plantea que los seres humanos debemos comenzar a re-organizar y re-conceptualizar lo que entendemos por Felicidad. Cuando preguntas a diversas personas qué entienden por dicho concepto, la mayoría suele describir momentos de mucho placer, diversión o descanso, como si la Felicidad fuese ese único espacio temporal en el que se está “arriba de la rueda”, en el que se siente y se pasa bien. Y sí, es cierto. De hecho, si acudes al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la felicidad es definida como “un estado de grata satisfacción espiritual y física”.

¿Dónde está el error entonces? ¿La confusión del término?

Ben-Shahar hace hincapié en un punto importante. “La felicidad no significa que no experimentarás emociones dolorosas, éstas son parte de la naturaleza y la experiencia humana”. Cuando las personas hacen sus descripciones de la felicidad, en ninguna parte incluyen el dolor, las emociones displacenteras. Sin embargo, habría que preguntarse, ¿Cómo conocemos las emociones que subyacen a la felicidad?  ¿Cómo las podemos clasificar como felicidad? 

Obviamente, podemos hacer la clasificación porque el ser humano también transita por otra clase de emociones; el dolor, la rabia, la tristeza, la desilusión, etc. Cuando experimentamos esos afectos, es que tendemos a decir “no soy feliz”, es decir, llegamos a este estado de consciencia que nos permite darnos cuenta de que hay un estado óptimo y un estado que nos incomoda. Ahora, desde la perspectiva del autor, la capacidad de resiliencia y la oportunidad de acceder a la felicidad, radica en nuestra fortaleza para integrar las emociones difíciles.

Como al ser humano no le acomoda “sentirse infeliz”, muchas veces trata y se esfuerza por negar que esas emociones existen, no obstante, paradojalmente de esa forma sólo se intensifican. Mientras que, como señala Ben-Shahar, si nos diésemos permiso para ser humanos, podríamos aceptar activamente que el dolor es parte de la vida y que nuestro rol entonces, es decidir el curso apropiado que le daremos a esos afectos para poder enfrentarlos y sobrellevarlos.

¿Cómo aplica esta redefinición de la Felicidad en la crianza?

Tradicionalmente se les enseñó a nuestros abuelos y/o a nuestros padres, que las emociones había que ocultarlas. Hemos escuchado frases como “los niños no lloran”, “levántate, si no pasó nada”, “no me avergüences”, “mostrar lo que se siente es para los débiles”. Y aún cuando esas palabras pueden haber surgido de la inexperiencia, de modelos representacionales de otra época (de lo que les habían enseñado sus propios padres), o de genuinas buenas intenciones, la realidad es que como prototipo de crianza ha fracasado. Formó adultos que intentaron ser auto suficientes, comandados por el logro y la competitividad, pero que en la práctica no supieron cómo resolver situaciones emocionales de todos los días, a cómo manejar la frustración ni qué hacer con la rabia o dónde poner la tristeza. No se les preparó y de cierta forma se les engañó al pensar que la felicidad sólo era sonreír todo el tiempo.  

Hay una frase que dice “De poco sirve que un niño sepa colocar Neptuno en el Universo si luego no sabe dónde colocar su tristeza, su rabia o su miedo” (José María Toro).

Ese es el cambio de paradigma que nos exige el Siglo XXI.

La Crianza de la Felicidad (así le he llamado, colgándome del concepto de la Ciencia de la Felicidad de Tal Ben-Shahar), necesita comprender que si los padres quieren que sus hijos(as) sean felices, deben enseñarles que la vida no es sólo placer, y que mientras más la meta sea alcanzar la felicidad, menos plenos y satisfechos se van a sentir con sus vidas. Cuando la meta (ser feliz) está puesto como un objetivo, esbozamos “necesidades” o pasos para llegar a ese objetivo (el título académico que me falta, tener ese puesto en el trabajo que tanto anhelo, el dinero para cumplir un viaje, etc.) A veces, esas necesidades que deseamos son incluso inalcanzables. El problema de ese estilo de vida, es que comúnmente se vive desilusionado. Ya sea porque alcanzaste el paso, y entonces te preguntas, ¿por qué no soy feliz si ya conseguí lo que supuestamente tanto quería? O, porque nunca lo pudiste alcanzar y entonces la sensación será de que la vida nunca te da lo que crees que mereces. De una u otra forma, es sencilla y pura desilusión.

En cambio, los padres deben enseñar a sus hijos(as) a disfrutar el proceso, el camino que todos los días me va haciendo feliz; con momentos donde me sentiré “arriba y debajo de la rueda”. La vida no es sólo del placer, es acerca del sentido. Y generalmente, las cosas que tienen sentido no son fáciles, requieren trabajo duro, sacrificio y dedicación. Si les ponemos las cosas demasiado fáciles, criaremos niños(as) mimados, que van a ser incapaces de lidiar con la frustración, de ser resilientes, de enfrentar la adversidad con herramientas y con una autoestima sólida. Y por el contrario, si les ponemos las cosas demasiado difíciles, criaremos niños(as) constantemente frustrados, con autoestima disminuida, pues van a sentir que hagan lo que hagan, nunca es suficiente, nunca les resulta. Los padres deben buscar el justo equilibrio; entre atender sus necesidades, y al mismo tiempo, dejarlos lidiar con dificultades, brindándoles las herramientas para que vayan pudiendo superar desafíos por sí mismos de forma progresiva. 

Los padres son los primeros modeladores del manejo emocional. Eso está descrito hace tiempo por diversos autores de las corrientes del Apego. No es algo nuevo.

Por lo tanto, la Crianza de la Felicidad necesita entender que:

  • No existen los padres perfectos ni los superhéroes. Los niños(as) necesitan crecer con padres humildes, que también se muestran frágiles, que también sienten tristeza, rabia, decepción, etc. Y deben aprender de los adultos cómo enfrentar esas situaciones, cómo canalizar apropiadamente esos sentimientos y darles un curso positivo.
  • Que si los adultos tienen una mala modulación de las emociones negativas (si gritan, golpean, son hirientes o maltratadores tanto con la pareja como con los niños, etc.), sus hijos(as) aprenderán ese patrón de aprendizaje, y entonces aumentará la probabilidad de que crezcan con la misma incapacidad para manejar las emociones, que insulten/molesten a otros compañeros, que se sientan insatisfechos consigo mismos o con el mundo, y que en fin, no puedan desplegar todo su potencial. La inteligencia emocional comienza en casa.
  • Que como señala Ben-Shahar, “el amor incondicional no significa darles todo lo que quieran ni decirles que sí a todo, todo el tiempo”. Tampoco implica que estén a gusto con los padres todo el tiempo. Significa “darles permiso para ser humanos, validar sus sentimientos, pero poner límites claros a la conducta, a lo que está permitido o no hacer con esas emociones”. La tarea formativa más grande de los padres es educar; enseñar en la ética, enseñar en las emociones, entregar las habilidades para la vida, y no únicamente para que obtengan buenas calificaciones en la Escuela o para que persigan carreras exitosas. De seguro, en ese importante proceso de ser agentes modeladores, habrán muchos momentos donde los hijos(as) estarán enojados o en desacuerdo, y ahí se pondrá a prueba la capacidad de los padres para tolerar y resolver esa tensión en función de un bien mayor; una crianza saludable, una crianza feliz.
  • Que los cuidados, las caricias, el contacto físico y los buenos tratos que los adultos dedican a sus hijos(as), juegan un papel fundamental en la maduración y el desarrollo del cerebro. Es decir, promueve la resiliencia y la capacidad para enfrentar los desafíos de la vida. En cambio, la ausencia de contacto y la falta de cuidados hacen que el cerebro produzca más adrenalina, lo que también predispone a comportamientos más impulsivos, hiperactivos y agresivos. Está descrito que la negligencia afectiva es una de las peores formas de maltrato.
  • Que los padres necesitan comunicarse afectiva y empáticamente con los hijos(as). Cuando esta habilidad está desarrollada, los padres son capaces de buscar el momento oportuno, el lugar adecuado y las palabras correctas, sintonizando con el mundo interno del hijo(a) y con sus necesidades. Es imperativo volver a estar presentes, a comunicarse con profundidad e ir más allá de la pregunta “¿cómo estuvo tu día?”. Los padres requieren desconectarse de los aparatos tecnológicos para conectarse con las personas, y en este sentido, los padres deben dar el ejemplo a que puedan aprender a disfrutar y gozar del momento presente sin distracciones. Evitar las pantallas para mantenerlos “calmados” y “entretenidos”, pues de esa forma tampoco aprenden auto regulación, ni desarrollan creatividad.
  • Finalmente, que la Felicidad tiene que ver con rituales de bienestar que se practican todos los días. Desde el descanso, el ejercicio y el generar buenos momentos con otros, hasta el ser capaz de agradecer y apreciar las cosas positivas. Y que son los padres los encargados de instalar estos rituales en casa como un momento sagrado. Por ejemplo, comer todos juntos sin celulares ni televisión, o dedicar un espacio del fin de semana a un juego de mesa compartido.