Al momento de escribir parecería que lo hago para mí mismo, pero lo que hago es tejer historias con el material de mi baúl personal, en el que he acumulado tanta lectura desde los cuatro años, cuando aprendí a leer y que desde entonces no he parado.

Cuando empecé a estudiar psicología pude familiarizarme mejor con las teorías de Freud y sus seguidores o las de Jung por los antecedentes que les cuento, quizá lo difícil fue dotarles de símbolos y significados a aquellos personajes envestidos de heroicidad y descubrir el lado oculto de la personalidad.

En mi práctica profesional suelo abordar los problemas de los pacientes, contándoles cuentos o metáforas para que aflojen las resistencias con las que llegan y según cómo reaccionen, voy prefigurando que proceso conviene emplear para que la psicoterapia avance bien.

Por esa confianza para hilar cuentos a partir de teorías psicológicas, para que la moraleja salga a flote sin afectar la esencia de los postulados que interpreto, entonces ahora escribo el siguiente artículo de un viaje imaginario a aquellos tiempos que yo denomino la noche de la civilización, cuando el hombre aprendió a sobrevivir en un entorno altamente peligroso y sin la garantía del mañana. Es decir, tenía una realidad adversa, carecía de herramientas cognitivas y sociales, además la incertidumbre dominaba su espíritu.

Imagino a aquel sujeto en una combinación de arqueología y los escritos de Sigmund Freud en el origen de las pulsiones derivadas de una pulsión basal (casi totalmente instintiva, Teoría clásica de Freud) y que más tarde modificó al desarrollar la teoría del inconsciente y consciente, por tanto, cuando el hombre adoptó la forma erguida, fue capaz de hacer la prensión del pulgar, ya había antecedentes de un largo caminar en su evolución neuro-fisiológica.

Aquello que le ayudaba a sobrevivir fueron sus instintos básicos y se constituyeron en el motor de su desarrollo.

Ahora en el siglo XXI podemos reconocer los instintos básicos por su funcionalidad primaria, ya no solo aseguramos el alimento. Tenemos gustos gourmet, además por medio de la modificación que introdujo el lenguaje, decimos que tenemos apetito, no hambre.

En el que más modificaciones se descubre es el instinto sexual, ya no prima la conservación de la especie ni el deseo de asegurar la preservación del grupo, sino el goce por sí mismo y la imaginación es el límite.

Cuando nos referimos al instinto de lucha, huida o defensa se dice que está vigente el instinto de supervivencia, y los vemos en acción cuando tememos ser devorados por el sistema, el jefe se torna amenazante, las relaciones familiares o de pareja nos asfixian y, de poder, escogeríamos escapar.

Hay un instinto que se confunde con el sexual, pero abarca el placer en un sentido más amplio y lo podemos reconocer en la poca capacidad de aceptar la frustración, buscamos inmediatez en todo (la eyaculación precoz tendría una causa en este antecedente), el sentimiento de vacío, desesperanza, falta de compromiso y otras incoherencias más de la conducta humana quizá se expliquen mejor por la evolución del instinto de placer.

Lo vemos desbordado en más de una sintomatología de ausencia de placer y su búsqueda desenfrenada ha evolucionado más allá de la satisfacción del hambre adquisición de comodidades, provisión de buena vivienda, conquistas laborales y sociales y otras en las que la satisfacción es tan efímera y decepcionante a la vez.

Hoy en día, aunque ya no salimos a cazar alimento ni resguardamos nuestro espacio o grupo familiar a la usanza antigua, estas actividades en su versión de siglo XXI no conceden placer y satisfacción.

El instinto de placer se halla desbordado y como en el caso de las adicciones no se consume por el placer que promete la ingesta, se lo hace para evitar el dolor, se busca no tener que llegar al síndrome de abstinencia, lo cual es más fuerte que preservar la vida.

Por tanto, las señales de alerta, en forma de noticias, de alertas de la OMS, las políticas de prevención locales y a nivel nacional fueron insuficientes o a destiempo, la pandemia fue anunciada y se hizo real, el placer que ofrecía el sistema fue abruptamente suspendido, demoramos en entender que el cuidado y protección eran inminentes. El mundo ya no era el mismo.

Hoy además, el instinto social y el instinto cultural, en este recorrido del comportamiento humano con relación a la pandemia y cuarentena, los veo fallar. La sociedad y la cultura en estos tiempos se encuentran fragmentadas en nichos y subculturas para grupos de diferente pensar, sentir o manera de ver el mundo y así lo demostraron al momento de la explosión del contagio, pues fueron reuniones sociales definidas como actividades de relax y encuentro entre pares como asistir a la iglesia, o a una fiesta, las que abrieron las puertas al contagio.

En general pudimos observar grandes grupos humanos salir en busca del efímero placer, llegando muchos a pagar con su vida aquel acto de ausencia de algún instinto de sobrevivencia versión siglo XXI.

Con este panorama, en los inicios de la post cuarentena, me parece pertinente trabajar a través de nuestra práctica profesional privada o desde instancias públicas (en donde aún haya psicólogos disponibles dependientes del sistema público). Lo ideal sería implementar investigaciones más organizadas para profundizar en que está pasando con los sujetos sociales que rompen las reglas de autocuidado y conservación; analizar si nuestra sociedad ha pasado de ser una instancia neurotizada a un espacio psicotizado en la que los deseos se consuman sin importar las consecuencias.