Dado que el contrato social que suscribimos es tácito, implicado y no expresado, debiéramos hacer uso de la posibilidad de hacerlo manifiesto. Tal como se hubo de establecer en el Concilio de Elvira, en donde se fijaron los términos para dictaminar la “excomunión”, volver a definir lo común se torna imprescindible. De esta manera lograríamos establecer en líneas generales, los aspectos elementales y básicos, para que determinados individuos organizados, se conviertan en tales y desde esa unicidad se transformen en sujetos de lo público (múltiples).

Pese a nuestra inveterada tradición de construir la naturaleza de lo humano, debemos dar cuenta, que nos será imposible, abandonar el tránsito de lo real a lo simbólico. Tal como sucedió en el citado Concilio (desde donde se estableció el celibato), lo importante desde el punto de vista político, fue el haber determinado un conjunto de reglas, para aquellos que no deseaban pertenecer a la grey y adherirse a la cultura de lo pagano (o de lo otro no cristiano). Con el paso del tiempo objetivo (en sentido Husserliano) realizamos la reducción y trasladamos todo lo actuado en el campo de lo real (las reglas para aquellos que deseaban ser parte de esa comunión o de ese común, lo cuál generaba tanto derechos como obligaciones) al terreno de lo simbólico (las penalidades, las excomuniones más flagrantes anatematizadas). Una prueba acabada y fehaciente de lo señalado es que en términos jurídicos cayó en desuetudo la práctica de la excomulgación, pese a que conserve un sentido desde la la concepción simbólica. Sin embargo, permaneció y permanece, convertido en elemento, sacro o totémico, la disposición para los hombres de la iglesia del celibato.

La democracia de nuestros días, al no fijar en forma específica y determinada el conjunto de reglas a los que nos debemos atener los que deseamos ser parte de la misma, no se ve obligada a realizar Concilios que establezcan por escrito, de qué manera y bajo qué formas, (en el caso de que lo deseemos) formaremos parte de lo que se nos propone.

Se podría argüir que tanto la declaración de los derechos humanos, como las constituciones, son en definitiva las cartas sustanciales que fijan las condiciones de estos contratos. La convocatoria corriente a elecciones oficiaría como el contrato simbólico que firmamos, cada vez que somos convocados a las urnas. Esta validación en el circuito legítimo-legal que opera como sustento del poder organizado, desplazó, peligrosa, como afanosamente el terreno de lo real, de lo posible, desintegrando la posibilidad de constituir lo común. Las nociones de voluntad general como de lo colectivo, devinieron en sustratos, cuando no dispositivos totémicos, que sitúan al significante pueblo, mayorías, ciudadanía, como signifcante amo que desintegra precisamente la noción acabada que dice signifcar.

No es casual, que la mayoría de las democracias de un tiempo a esta parte, se constituyan en artilugios de lo representativo, en una ontología que no permite discernir el ser del representar.

Los individuos dentro de lo democrático, somos representados por esa idea, que nos representa una noción incumplida como inacabada.

En definitiva la democracia sólo es para todos y cada uno de sus integrantes en la instancia de lo electoral. Tal como el ordenamiento impuesto por el Concilio de Elvira, del que sólo nos queda el principio del celibato, la democracia debe ser excomulgada, para que reconstituya su definición de lo común.

Para esto mismo, debiéramos ser emplazados los habitantes a ratificar por escrito, bajo declaración jurada, si es que deseamos seguir perteneciendo a un orden, que defina y determine, sus reglas y por sobre todo sus prioridades.  

Nos debemos un Concilio, general y generalizado a tales efectos. Los partidos políticos o fuerzas electorales antes que seguir ofreciéndonos candidatos, es decir la representación de la idea, mediante hombres y mujeres, nos tienen que otorgar la posibilidad de qué elijamos, las pautas generales que crean, cada uno de esos espacios más prioritarios para definir lo común. Disposiciones de cómo formar parte de lo que propongan y a partir de allí, decidir, efectivamente si es que estaremos dentro o fuera de esa determinación de lo común que ofrezcan.

Ya hemos confesado nuestras intenciones, sería propicio que antes de ser penalizados por expresar el deseo, la democracia se reconstituya más allá de su velo y de su manto sagrado.

La comunión política es indispensable y para ello la democracia tal como viene siendo aplicada y entendida, debe ser excomulgada.