En un artículo anterior (https://psiconetwork.com/la-erotica-del-otono-i-ser-viejo-a-o-sentirse-viejo-a/) planteábamos el contexto social donde parecen enraizarse diferentes creencias negativas sobre la sexualidad de nuestras personas mayores. Una cultura que promueve, hasta la saciedad, un modelo corporal juvenil, circunstancia que podría favorecer que los cambios asociados al envejecimiento se vivan con una cierta angustia.

Podrá comprenderse que acontecimientos como las canas, arrugas, calvicie, michelines, presbicia, hipoacusia o la caída del pecho, por señalar solo algunos cambios conocidos, son evidencias reales que diariamente el espejo devuelve a las personas, mensajes que suelen amplificarse con las miradas y comentarios del entorno y que bien podrían ser “interpretados” como amenazantes.  

Por estas y otras razones, una de las tareas preventivas que seguramente los profesionales de la salud y todos aquellos que atienden a las personas mayores, deberían facilitar y promover de manera generalizada, el que estas trataran de aceptar positivamente los procesos de envejecimiento reforzando su autoestima, mucho antes de llegar a esa etapa. Es muy probable que la persona mayor que mantenga una percepción positiva de su cuerpo y de su pareja, pueda mantener relaciones sexuales y afectivas más satisfactorias[1].

Por tanto, a nuestro juicio, sería deseable contribuir a que los mayores tengan una imagen de la sexualidad más realista, basada en las necesidades y capacidades de cada cual, lejos del modelo juvenil de productividad coital. O, dicho de otra manera: es preciso favorecer su propio modelo, no imponer conductas, respetar sus valores y su historia personal.

Aprender a envejecer

Desde esta perspectiva, parece adecuado incorporar a los aprendizajes normalizados de la vida otro más: aprender a envejecer. Y en este proceso de aprendizaje, la aceptación de la temporalidad de la vida humana es fundamental. Aceptar que la juventud pasó y que lo importante es vivir el presente, tratar de gozar de él y preparar el futuro en todos los órdenes, podría ser una excelente manera de sentar las bases de una buena y saludable vejez. En este sentido sería deseable conocer, comprender y aceptar los cambios que se producen, entre los que destacaríamos:

1. Hay cambios fisiológicos de sobra conocidos pero que no tienen por qué anular las capacidades sexuales ni mucho menos. Disfrutar del sexo y del afecto en la vejez, no tiene por qué estar relacionado necesariamente con el número de coitos o con mantener un nivel determinado de erección o de lubricación vaginal.

2. Se producen cambios en el ámbito de la vida familiar (cuando los hijos se van -el famoso síndrome del nido vacío- cuando se pierde a la pareja, bien por divorcio o por fallecimiento o cuando las circunstancias familiares -enfermedad o muerte de los propios padres o de otros familiares cercanos-) que pueden crear condiciones de aislamiento o desequilibrio emocional.

3. Así mismo tienen lugar cambios de naturaleza más psicológica, personal y emocional como, por ejemplo, la soledad afectiva ya que la vejez es una etapa donde lo característico son las pérdidas y la elaboración de los duelos subsiguientes a las mismas. El modo y la manera de resolver esas crisis va a ser decisivo para la estabilidad emocional ulterior.

En este sentido, algunos estudios[2] han señalado que mantener una vida sexual activa es considerado por ellos/as como una evasión a la soledad, al sentirse queridos, deseados y aceptados. Desde una perspectiva preventiva, convendría sugerir a los profesionales y a las familias, que promuevan espacios de relación, vínculos de afecto y fomenten las relaciones entre ellos/as, ya que es un objetivo de salud muy importante.

4. Finalmente citar los cambios en el ámbito de la vida laboral y social que también son conocidos.

Importancia de la sexualidad y la afectividad

Para nosotros[3], la sexualidad es una dimensión global que mediatiza la totalidad del ser humano, independientemente de los años que tenga. La capacidad de sentir, de vivir, expresar y compartir sensaciones corporales, afecto y ternura, poco tiene que ver, en principio, con la edad. 

Toda persona tiene derecho a vivir y expresar su sexualidad a su modo y manera. No obstante, las personas mayores tienen que enfrentarse a un extendido, pero no por ello aceptable, prejuicio social y asistencial que tiende a negarles esta faceta de su personalidad. Reconoceremos que tal hecho es harto injusto porque menoscaba su propia condición de ser humano y afecta negativamente a sus relaciones interpersonales.

En realidad, todos seremos mayores algún día y a todos/as nos gustaría que nos trataran con cariño y respeto, pero también con dignidad y justicia ya que las personas mayores, cuando menos en particular esta generación de la postguerra, han trabajado duramente para que las nuevas generaciones se beneficien de ese esfuerzo. 

 Las necesidades afectivo-sexuales

Los seres humanos tienen una serie de necesidades, algunas de ellas son fundamentales para poder vivir y es preciso satisfacerlas. Otras lo son para desarrollarnos y crecer como personas, de ahí que el mundo de los afectos podríamos incluirlo en este grupo[4]. Citaríamos en primer lugar el hecho de que vivir en sociedad y establecer relaciones con los demás, implica inevitablemente una serie de necesidades sociales. Necesitamos, unas personas más que otras, pero todas, en definitiva, disponer de una red de familiares y amigos, con los que comunicarnos y relacionarnos, con los que compartir proyectos o inquietudes, evitando el aislamiento y la soledad.

También, en segundo lugar, tenemos necesidades de intimidad, de contacto físico, de sentir placer y sentirnos bien: tocar, abrazar, besar…etc., contribuyendo a que nos sintamos emocionalmente bien, como ha señalado lúcidamente Félix López[5]. La dimensión sexual puede contribuir a satisfacer esta necesidad, ni más ni menos importante que otras. El sexo, pues, tiene una dimensión personal, pero sobre todo lo característico es su proyección social y de relación humana.

Por tanto, una de las necesidades que nos permiten crecer y desarrollarnos como personas, es la sexualidad y la sexualidad, como se ha dicho, no significa en modo alguno únicamente el coito.

Así mismo y, en tercer lugar, nuestra estabilidad como personas requiere que nos sintamos seguros emocionalmente. Es decir, tener personas que nos quieran, valoren y estimen sin condiciones y que esos vínculos tengan en alguna medida vocación de futuro, como dice López. Personas que aprueben nuestra forma de actuar, que nos hagan sentirnos importantes y útiles.

El ser humano es ante todo un ser social y, desde muy antiguo y en todas las sociedades conocidas, se ha observado una tendencia generalizada a iniciar y mantener interacciones íntimas con otras personas, dependiendo claro está de diferentes variables como la edad, el sexo…etc.

Diferentes estudios y la experiencia clínica muestran que, la ausencia de vínculos, puede ir asociada a sufrimiento emocional y a problemas psicológicos y relacionales diversos. Vivir en soledad entraña serios riesgos para la salud. Algunas personas mayores se ven obligadas a prescindir de relaciones humanas o a restringirlas al ámbito familiar, lo que provoca sentimientos de soledad y genera lazos de dependencia muy fuertes. Circunstancias tales como una ola de calor o el covid-19, muestran la generalización de la soledad en las personas mayores. Se mueren en soledad y nadie se percata de que se han muerto, excepto los vecinos al percibir el olor.

Por consiguiente, a la luz de los datos disponibles, no hay ninguna razón para seguir considerando la vejez como una etapa en la que el sexo y los afectos desaparecen, muy al contrario, las informaciones científicas y la realidad muestra unos hechos diferentes: la capacidad de disfrutar de la afectividad y de la sexualidad dura toda la vida y, si hay condiciones adecuadas, puede ser un elemento que enriquezca positivamente la vida y las relaciones de las personas mayores, siempre que ellos/as así lo deseen.

Es cierto que la sexualidad, como acontece en otros procesos psicofisiológicos, experimenta modificaciones a lo largo del ciclo vital. Tales cambios son modulados, en algún caso de modo determinante, por factores distintos a los estrictamente orgánicos, si bien, la variabilidad individual en este campo es una cuestión de gran relevancia.

En síntesis, si el sexo se acaba no es cuestión solo y exclusivamente achacable a la edad. Otros factores como el tipo y la calidad de la relación sexual previa, el hecho de ser hombre o mujer, la salud o la existencia de una pareja accesible son probablemente determinantes. La sexualidad no desaparece ni se pierde con el devenir de los años, lo que ocurre es que adopta formas distintas, se expresa de modo diferente según las personas se van haciendo mayores.

En este plano de la salud, por ejemplo, se han hecho mejoras importantes, sin embargo, por poner un ejemplo, es muy poco frecuente que en las historias clínicas se incluya un apartado específico sobre la vida sexual y afectiva o que en las consultas sanitarias se interesen por estas cuestiones, suponiendo que este tema no les preocupa o que, de hablar, se sentirían incómodos.

Los conocimientos disponibles sugieren que la mayoría de las personas son capaces de tener relaciones y de sentir placer en una amplia gama de actividades eróticas, incluyendo esa etapa vital, en la que hay quienes informan de una mejoría en sus vivencias sexuales. Todo ello en razón de que la calidad de la actividad sexual en la vejez, depende más de factores psicológicos y sociales que de la edad, siempre que no existan enfermedades incapacitantes. 

A nosotros nos parece fundamental poner en cuestión el modelo de sexualidad coital citado, restándole importancia ya que, de ese modo, las vivencias sexuales no tienen por qué sufrir un deterioro significativo en la medida en que, si se aceptan los cambios y la actividad sexual se adapta a los mismos, es probable que lo pueda cambiar sean las formas de expresar.

Cada vez hay más personas mayores, con mayor esperanza de vida y con mejor salud. Así mismo disponen de una mejor atención en salud y en servicios sociales. Aunque hay gran variabilidad, todos tienen algún tipo de ayuda económica en forma de pensión, si bien en muchos de ellos es una cantidad insuficiente para satisfacer las necesidades básicas.

El hecho de estar solos en casa, porque los hijos se han ido, permite tener todo el tiempo del mundo y con total intimidad. En cualquier caso, en este contexto, comienzan a valorarse nuevas formas de bienestar saludable entre las que se incluyen las relaciones afectivas y sexuales.

Seguiremos en nuestro próximo artículo.


[1] Herrera A. Sexualidad en la vejez ¿mito o realidad? Rev Chil Obstet Ginecol 2003; 68(2): Pág 150 – 162.

[2] MUÑOZ, R. y col. (2002) Tipo, frecuencia y calidad de las relaciones sexuales en la tercera

edad. Ars Médica. Vol 8, nº 8

[3] GARCIA, J.L. (2019) Sexo, poder, religión y política. Amazon.

[4] MULLIGAN T. (1998) Cambios físicos que afectan la sexualidad en la vejez. Colombia Médica; 29: 148-54

[5] LOPEZ, F. (1989) Para comprender la sexualidad. Estella: Verbo divino.