Les dejamos la segunda parte la entrevista que le realizáramos a la psicóloga argentina Adriana Demirdjián, quien es coordinadora del equipo de Psicooncología del Hospital General de Agudos Parmenio Piñero (Buenos Aíres). Para quienes aún no han leído la primera parte de esta entrevista – y para no quedar descontextualizados respecto de esta segunda parte – pueden hacerlo pinchando aquí.

 5.- De acuerdo a su experiencia ¿Existen puntos comunes en los enfermos de cáncer sobre los que el equipo sabe que debe trabajar?

En el inconsciente de la cultura occidental  la semántica de la palabra cáncer se asocia recurrentemente a la idea de muerte. El cáncer funciona como eficiente metáfora de la muerte. Freud apuntaba que era imposible tener una representación psíquica de la propia muerte. Estamos rodeados de creaciones que nos ponen a salvo de múltiples amenazas a nuestra integridad, rodeamos la vida de defensas contra la muerte. La muerte queda reducida a la metáfora y la metáfora muchas veces predilecta es el cáncer. Metáfora paradojal ya que se trata de una neo-formación que pudiera conllevar la fantasía inconsciente de inmortalidad ya que las células neoplásicas malignas tienen esta característica.

La metáfora del cáncer como muerte -y mala muerte- no sólo en el padecer propio de la enfermedad, sino que se asocia a los tratamientos. En este orden de consensos colectivos el peor es el de la quimioterapia.

El paciente que se enfrenta a la etapa de la quimioterapia, suele estar aún bajo los efectos de su reacción inicial ante el diagnóstico del cáncer. Lo precede un largo trayecto de consultas médicas, pruebas y análisis y hasta intervenciones quirúrgicas. Todo esto ha vulnerado no sólo al enfermo sino también a la familia y a su ambiente laboral y social más próximo. La tarea se inicia desde la información que el paciente trae consigo dado por el personal médico o por los legos. Las náuseas y vómitos como la alopecia, desde un punto de vista médico son problemas menores pero tienen una enorme importancia psicológica para el paciente. Las náuseas y vómitos se asocian a lo repugnante, siempre más asociados con la muerte que con la vida y la alopecia con la destrucción de la imagen corporal subestimada por el discurso médico. Los vómitos y náuseas se vuelven más significativos cuando aparecen antes de que la sesión de quimioterapia se lleve a cabo, como sintomatología anticipatoria, y está en relación a la extrema ansiedad del paciente.

La culpa, otro gran tema, se presenta no sólo con la aparición del cáncer: ¿qué hice yo para merecer esto? sino que además se intensifican con el

Sin embargo, cada paciente es único e irrepetible,  tratamos de que negocie con lo que le esté pasando, que siga siendo protagonista de su propia vida, a pesar de estar en tratamiento. Para eso debemos conocer su historia, su núcleo de contención, su vida laboral, la situación habitacional en la que se encuentra, y trabajar en conjunto con su médico para lograr el mejor tratamiento teniendo en cuenta todo su mundo. Luego será tiempo de reflexionar junto al paciente, cuáles cree que son los motivos que lo llevaron a enfermarse, y hacer una revisión existencial de su vida. Y en este momento sí mediante el apropiado uso del  dispositivo analítico el analista propiciará desde su función, una concatenación lógica: instalación de la transferencia, apertura de lo inconsciente, rectificación subjetiva. Lo que conllevaría cierta comprensión genuina de la problemática instalada por la enfermedad. Resumiendo, llevaría una cuestión ética: “tengo cáncer, ¿qué hago con ello?”

6.- Por la naturaleza misma del trabajo que realizan, imagino que debe tratarse de un trabajo altamente demandante desde lo emocional ¿qué tipo de medidas toman, como equipo de psicooncología, para paliar o minimizar los efectos emocionales adversos generados a propósito del trabajo?

Es necesaria la reflexión del analista sobre aquello que escucha o dice para saber qué puede hacer. Mientras me comprometa con cada decir del paciente, puedo seguir adelante.

El aporte de la escucha analítica, presenciando una entrevista entre el médico y el paciente, el que cuenta su dolor psíquico, su dolor del alma y el que escucha y se le cae el labio. El guardapolvo como armadura, escucha, recibe y no sabe qué hacer con todo esto, provocando muchas veces la furia del paciente que se enfrenta a los que no se van a morir. El analista, en cambio, no sólo escucha sino que cuida del silencio: dejarlo descansar o ver la vida aunque sea mirando, la esperanza de que siempre hay algo nuevo para aprender, cada día tiene veinticuatro horas y ¿qué hacer con esas veinticuatro horas de los días que le quedan?

Aunque el concepto de riesgo de trabajo es de orden legal, la problemática que expone configura un área de trabajo en salud mental.  Mi postura es paradójica, y de todos aquellos que trabajamos en salud mental,  porque aunque estamos expuestos como todos los integrantes del equipo de salud al desgaste, tenemos herramientas para advertir esta problemática y encararla.

Podemos escuchar el relato de un enfermero que aduce no poder explicarse a si mismo por qué después de tantos años de experiencia repentinamente empieza a equivocar la dosis de la medicación o se olvida de administrarla. O cuando nos encontramos con un médico que rehúsa a darle explicaciones al paciente sobre la evolución correcta del tratamiento o actúa el típico fallido de anunciar al deudo la muerte de un paciente mediante una bochornosa felicitación. Fricciones como el resentimiento que provoca en un psicólogo experimentado la prepotencia del residente soberbio -prepotencia que oculta la impotencia-. En todos estos casos nos encontramos frente a síntomas que conocemos muy bien de nuestra práctica clínica.

En este punto es importante la posición en la que se encuentran los enfermeros, ellos son los que tienen contacto más prolongado con los pacientes. Sus principales preocupaciones son el cansancio, el agotamiento físico y emocional, la impotencia frente al poco reconocimiento de sus compañeros, y la culpa y la vergüenza por tratar mal -bajo una situación de tensión- a un paciente.

Pero en todo equipo de salud podemos ver los dos extremos: un desapego notorio, una respuesta distinta frente al paciente o un exceso de compromiso. Ambos dados por lo general por mecanismos de omnipotencia e idealización.

Dado que en salud, el tratamiento de todo paciente requiere de un grupo de trabajadores de distintas disciplinas, un grupo de reflexión es especialmente el que permite elaborar dinámicamente las relaciones entre esos trabajadores, es la forma natural que tenemos en salud mental  de encarar la elaboración de los conflictos en los equipos de trabajo en salud. Lo que nace en un grupo se soluciona en un espacio grupal en relación a lo que nuclea a ese grupo que es: el trabajo con pacientes que revisten gravedad con el monto de angustia que esto conlleva. Obviamente la singularidad de cada integrante del grupo no queda abolida ni limitada a una posible demanda de análisis.

Participar de un grupo requiere de tiempo y esfuerzo adicional de aquellas personas que justamente están más sometidas a lidiar con la degradación y la muerte en forma constante. Sin embargo, un grupo de enfermeras de ginecología demandó la habilitación de un espacio de reflexión por la conflictiva grupal, para hablar sobre lo que les pasaba, así comenzó una nueva tarea… pero ésta ya es otra historia, no estaba sola: había logrado armar un Equipo de Psicooncología. Me permito apelar a una modalidad poética: La pesadumbre solitaria del inicio se trastocó merced al trabajo del deseo inconsciente en una soledad (de analista) germinada.

7.- ¿Hay alguna historia con algún paciente que le haya llamado particularmente la atención y que quisiera compartir?

Domingo venía hace años al servicio a realizarse tratamiento siempre acompañado por su mujer. Un día nos trajo a la hermana Gladys, una hermana de la iglesia católica que hacia su trabajo comunitario en nuestro hospital. Me la presentó y me dijo, “nosotros los pacientes necesitamos que la psicología y la espiritualidad nos ayuden, pero juntos”, y así creamos el Taller Psicológico/espiritual. Domingo falleció, pero este Taller es hasta el día de hoy el más concurrido que tenemos.  Con Domingo también plantamos un roble, su árbol emblemático, su idea era que sea en  honor a los que se nos adelantaron y también para recordarles a quienes aún estaban en tratamiento, que somos muchos los que estamos a su lado para darles fuerzas.

Ema, fue mi primer paciente en el hospital. Ella estaba internada en un Hospice, ya en el  final de su vida. Íbamos a visitarla todas las semanas. Cuando falleció, mi compañera de equipo llegó antes que yo, y como había mucho tránsito  era imposible llegar rápido. Ella hizo que frenen todo el traslado a la morgue hasta que yo llegara y pudiéramos despedirnos a solas. Me pidieron en su funeral que hable, y aquí se  los dejo:

“A mi amada paciente Ema Ledesma:
A veces pareciera que vivo en una película mal guionada.
Aunque me cueste horrores el imaginarme cómo va a ser la vida sin vos, y estas primeras muestras gratis que estoy teniendo que tragar a la fuerza pinten bien fuleras, de lo único de lo que estoy segura es que va a ser un poquito más triste y un poquito más oscura. Que las alegrías van a ser un poco menos alegres, y las amarguras, un poco más amargas. Que me duele el alma de sólo pensar que no voy a tenerte para celebrar los triunfos que vengan, ni para abrazarte cuando duela el amor.
Me encantaría creer que he estado a la altura de las circunstancias, aunque con este rascacielos que tengo clavado de punta en el pecho, la verdad es que no me quedan muchas certezas de las que agarrarme. Las cosas eran mucho más sencillas cuando estabas por acá.
Pero era mucho más fácil ponerte la oreja, ser tu psicóloga, el palenque donde ir a rascarse.
Me quedo con los buenos momentos, tus principios innegociables, el apoyo incondicional a capa y espada, ese amor tan tuyo y tan único, tan de amigas de tus amigas, tan de mamá gallina cuidando de sus pollitos, hasta de mí.
Gracias por permitirme ser parte de esa familia. Gracias por lo que vino, y también por lo que faltó. Gracias por haberme elegido como tu analista. Gracias por Leo, que lo quiero como un hermano. Gracias por ser parte importante de la mujer que soy, mal que mal pero que estoy siendo.

Las dos sabemos que la tolerancia a las injusticias no es exactamente una de mis virtudes más acrisoladas, pero te prometo, si es que puedo seguir tu ejemplo, el tratar de ponerla en práctica más seguido en el hospital.

Ahora, por favor descansá, Ema, lo tenés más que merecido.
Te voy a extrañar.”

8.- Para finalizar ¿Qué cosas que no se mostrasen en esta entrevista a propósito de las preguntas le parecen importantes de compartir respecto del trabajo que desarrollan ustedes como equipo de psicooncología en el hospital “Dr. Parmenio Piñero”?

Sólo quisiera agregar, que la rotación constante de los integrantes del equipo se debe a que si bien, la especialidad es muy reconocida y hoy en día se estudia en prestigiosas universidades, no hay una estructura política en salud hospitalaria que nos permita obtener cargos de Psicooncólogos. Por lo que a veces quisiéramos hacer más o mejor nuestra tarea diaria.

Sin embargo, estoy convencida de que la función de analista conlleva una ética que no puede estar disociada de la ética social del tiempo en que nos toca ejercer nuestra praxis.

Entre otras cosas he aprendido de los pacientes que a pesar de la miseria material, ésta se contrapone a la riqueza simbólica que logran expresar cuando se los aloja en un espacio que los habilite a hablar.

Todo esto ha hecho que quién habla también pueda autorizarse, desde un lugar particular y singular, como analista. A pesar de que no contemos con todos los recursos políticos necesarios.


Adriana Demirdjian Zakarian la pueden contactar en el correo: adrianademirdjian@gmail.com. Además, Psicooncología del hospital Parmenio Piñero cuenta con la siguiente página en Facebook: https://www.facebook.com/psicooncologia.pinero.