Recientemente falleció Ricardo Capponi, el reconocido psiquiatra en busca de la felicidad como la construcción de un camino perdurable.

Una pérdida irremediable.

Hace unos días tuve en mis manos su último libro: Felicidad Sólida, que le tomó 10 años escribir y quién sabe cuántos más de reflexión. Son casi 600 páginas y pesa, pesa en contenido y en responsabilidad del legado que nos dejan sus palabras.

Dicen que «las palabras se las lleva el viento» pero no es así. Es a través de ellas que comunicamos pensamientos y sentimientos para luego convertirlos en acciones. Antecedente que destaca la importancia de pensar bien si lo que diremos será un aporte o generará un acto destructivo. El lenguaje genera realidades, pudiendo transformar una misma situación en bienestar, o generar el ambiente propicio para el deterioro de las relaciones y autoestima.

Las palabras dejan huella.

Como ejemplo: la identidad de un niño será muy diferente si crece oyendo de sus padres…  «Eres un imbécil, siempre te equivocas». En vez de… «Esta vez te equivocaste. ¿Qué aprendiste de eso?»

Así es como “simples” palabras pueden construir mundos diferentes.

Para hablar, primero es necesario saber escuchar. Valorar al otro con empatía. Ser capaz de aceptarlo como alguien distinto y poder contenerlo; tolerando su dolor sin derrumbarse cuando lo requiera.

Muchas personas creen que destacarán mostrándose, paradójicamente, se harán más importantes en la medida que sean capaces de ver al otro y cobrar valor para éste. En abrirse al otro, recibirlo; dándonos la oportunidad de ser recibidos genuinamente también por ellos.

El mundo está cambiando, hemos caído en la inmediatez y en un girar tan veloz que no nos damos ni un momento para pensar, por ejemplo, por qué dimos “like” en alguna publicación de redes sociales. No hay tiempo para comprender ni para tolerar la frustración. Reflexionar se ha vuelto un bien escaso, encontrándonos a veces persiguiendo sueños que ni siquiera son propios: el desconocer la identidad personal y su propósito nos lleva a centrarnos en la realidad externa, aceptándola sin cuestionamiento. Depresión, medicamentos, drogas, alcoholismo, sexo sin cariño, vanidad y consumismo desmedidos, ludopatía y por supuesto, el exceso de trabajo. Se hacen presentes para evadirnos de la reflexión y del sin sentido que podríamos tener de la propia vida. Se ha vuelto más fácil contestar preguntas complejas sobre política que preguntarse: ¿Quién soy?

Capponi nos invitó a la apertura de consciencia, a hacernos responsables, y a la búsqueda de la verdad personal tan necesaria para encontrar la anhelada felicidad, el amor a la vida, a los demás y a sí mismo.

Cuando empezamos a dar comenzamos a recibir. Todos construimos un legado día a día y para eso el autoconocimiento es fundamental. ¡Aún tenemos tiempo! ¿He encontrado mi propósito?, ¿me he dado tiempo para ser feliz?, ¿he amado y me he dejado amar?, ¿qué quiero legar a las personas importantes para mí?, ¿cómo quiero ser recordado?

Aún hay tiempo, aún hay vida… las palabras están vivas.