Una de las principales características de la Psicología es que se trata de una ciencia compleja y, en algunos casos difícil de concretar, puesto que la idea de dar con una “fórmula” que funcione con todas las personas que recurren a la ayuda psicoterapéutica es una utopía. El ser humano construye su forma de ser y estar en el mundo en base a las experiencias vividas y al aprendizaje que dichas experiencias le han aportado. Por ello, es fácil comprender que cuando encontramos una técnica que funciona con el paciente A es probable que no lo haga con el B y quién sabe lo que pueda provocar en el C.

Toda aquella persona que ha intentado aproximarse aunque sea mínimamente a conocer cuáles son los diferentes modos desde lo que podemos trabajar, se habrá encontrado con un sinfín de conceptos y corrientes teóricas que no les aclara mucho ni les proporciona una idea, al menos general, de lo que puede encontrarse en consulta. Psicólogos conductistas, cognitivo-conductuales, los que apuestan por las Terapias de Tercera Generación, los que trabajan desde un punto de vista psicoanalítico o aquellos que combinan técnicas de diferentes campos… Son muchas las formas de trabajar y son muchos y muy diferentes los puntos de encuentro y desencuentro entre los distintos profesionales, pero si hay habilidades “técnicas” o capacidades que deben ser desarrolladas por todos y cada uno para que nuestro trabajo funcione en todos los casos, sea cual sea la postura teórica adquirida, éstas son:

  • Escuchar, de verdad. O lo que técnicamente se nos describe como la “escucha activa”. La persona que llega a nuestra consulta necesita por encima de todo lo que podamos ayudarle, ser escuchada. Está ante nosotros buscando una mano profesional que le oriente a encontrar una solución y que entienda cuál es el estado actual de su situación. Escuchar lo que tiene que contarnos y hacerlo de tal forma que la persona se sienta escuchada y entendida es una de las principales claves que nos ayudará a construir la alianza terapéutica necesaria, además de darnos pistas sobre cuáles son los pasos que hemos de dar para que todo lo que intentemos funcione de algún modo.
  • Empatía. Ponernos en los zapatos de aquellas personas que tenemos delante y entender las razones y argumentos que nos expresa sobre su problemática, independientemente de la opinión personal que tengamos al respecto.
  • Evitar hacer juicios de valor. Un profesional de la Psicología es también una persona y, como tal, experimentará emociones y sensaciones provocadas en parte por su paciente/cliente. Ofrecer una postura comprensiva que no entre a juzgar características personales puede ayudarnos a orientar sobre qué cambios realizar sin atacar directamente al autoestima de quienes tenemos en consulta. No es lo mismo emitir el mensaje “creo que estás manteniendo una postura que no se adapta al objetivo que perseguimos” que decir “lo estás haciendo mal por ser tan inflexible”. Mientras que con la primera expresión dejamos abierta la puerta a un cambio relativamente fácil (sustituir un comportamiento por otro), en el segundo estamos atribuyendo un rasgo concreto a la personalidad del paciente, algo que a priori es más difícil de modificar y por lo que se puede sentir juzgado.
  • Somos todos iguales, tratémonos como tal. Podríamos entender que ir al psicólogo se asemeja en cierta forma con ir al médico: no nos gusta tener que ir, pero hay ocasiones en las que es necesario. Por tanto, una de las cosas más valiosas que podemos ofrecer en sesión, es un trato agradable y cálido. Psicólogo y paciente/cliente no somos amigos y la finalidad de la intervención no es construir una relación personal de ningún tipo, pero ofrecer y desarrollar un clima confortable y de confianza es tan importante para el profesional como para quien solicita la ayuda.