Aunque tendemos a denominar al miedo como una emoción negativa y poco deseada, como padres y madres debemos entender que forma parte del desarrollo normal del menor y que es bastante probable que estos miedos, a los que técnicamente nos referimos como “miedos infantiles”, sean temporales y pasajeros. Su cara positiva es que ayudará, y en una forma importante, a nuestros hijos e hijas al desarrollo de habilidades de afrontamiento.

En función de la edad del niño iremos observando que no sólo varían aquellos estímulos que provocan esta emoción sino que además también cambiará el modo en el que lo expresan. Así por ejemplo, será muy frecuente encontrarnos con bebés de 0 a 2 años que lloren fuertemente por ruidos estridentes o con niños y niñas de 10-12 años que no sufran ninguna alteración por los ruidos pero que sí hayan desarrollado ya el miedo a las enfermedades o a la muerte.

Esta emoción de miedo es la que debemos distinguir de las fobias. Las fobias se caracterizan principalmente, además de por una sensación de miedo, por un componente ansioso de considerable intensidad. Suelen tenerse a situaciones u objetos específicos y en el caso de los niños y niñas puede expresarse como rabietas, lloros, abrazos o inhibición.

Podríamos decir que las fobias constituyen una forma especial de miedo que llama la atención por la desproporcionalidad de la vivencia con respecto a la situación. Es un miedo irracional que queda fuera del control voluntario y que llevará a nuestros hijos a manifestar respuestas de evitación. Al contrario de lo que ocurre con los miedos infantiles, las fobias no son una reacción adaptativa y no tienen por qué corresponderse con la edad.

Existen muchas y diferentes fobias, aunque las más comunes entre los niños y niñas suelen ser la fobia escolar, la fobia social, la agorafobia y alguna fobia específica.

Evidentemente, cada niño o niña es diferente: vive en un entorno determinado, tiene circunstancias vitales concretas, reciben una educación específica, etc. Y nuestra obligación profesional radica principalmente en saber y conocer cuáles son las estrategias más beneficiosas para cada caso. Pero se ha comprobado que, en líneas generales, la intervención psicológica adecuada para estos problemas sería:

  • Desensibilización sistemática en vivo: en la que se desarrollarán ejercicios de exposición vivencial (de forma gradual) al estímulo que provoca la fobia.
  • Práctica reforzada: poco a poco, para ir consiguiendo que nuestro hijo deje de asociar las emociones negativas que tenía asociadas al estímulo fuente de la fobia.
  • Relajación: que será especialmente útil en aquellos casos en los que la ansiedad sea generalizada y no haya una clara respuesta de evitación. En función de las características y habilidades del niño se podrán llevar a cabo diferentes ejercicios de relajación, pero en este caso lo más recomendable es la relajación muscular progresiva de Jacobson, aunque hay que tener en cuenta que esta técnica fue desarrollada para el empleo en personas adultas, por lo que se debe modificar algunos aspectos para que sea efectiva entre los niños, atendiendo especialmente a su edad. Sin embargo, la opción con la que más fácil acertaremos, como cabe imaginar, será usando el juego, la risa, la música y las imágenes emotivas como método de relajación para ayudarles a superar sus fobias.

Referencias:

Bragado, C (1994). Terapia de conducta en la infancia: Trastornos de ansiedad. Fundación Universidad-Empresa. Madrid

Méndez F, Espada J y Orgilés M (2006). Terapia psicológica con niños y adolescentes. Estudio de casos clínicos. Pirámide. Madrid


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