Vivimos en un mundo acelerado, es un hecho que experimentamos cada día de nuestra vida, sentimos esa extraña sensación de que el tiempo se ha acelerado, de que no nos llegan las horas para hacer todo lo que tenemos que hacer. De este modo nos acostumbramos a vivir en un mundo que gira veloz, que siempre nos gana y por tanto siempre intentamos adelantarlo viviendo deprisa, hiper-ocupados e hiper-estimulados.

La invitación que propone la práctica de la atención plena o mindfulness, es la de desacelerar nuestros días, reducir esa sensación de que no llegamos a todo lo que tenemos que hacer, tomarnos un respiro del agotador ritmo de vida que llevamos hoy en día. ¿Y cómo logra hacer esto la atención plena?, muy sencillo, tan solo nos pide que nos dediquemos un tiempo para nosotros cada día, para conectar con nuestra mente siempre ocupada, para contactar con nuestro cuerpo siempre en tensión, liberándonos así de la tiranía de la hiperactividad que nos impone el siglo XXI.

Puede parecer algo menor el hecho de dedicarte un tiempo diario para ti mismo (pueden ser solo 5 minutos)… total, siempre estás en tu propio cuerpo, siempre ves, oyes, hueles, sientes tu propia piel al rascarte, eso es estar en contacto contigo mismo, ¿o no?. Lo cierto es que esas experiencias cotidianas te conectan con tu cuerpo, pero es un cuerpo autómata, que actúa por inercia, es un instrumento que te ayuda a comprender lo que te rodea, pero eso no quiere decir que estés en contacto contigo mismo, con quién eres en este instante de tu vida.

Practicar la respiración consciente durante 5 minutos, meditar durante 15 minutos al día, caminar conscientemente en tu trayecto hacia el trabajo, estar plenamente consciente de lo que te habla aquella persona con la que convives, son cosas que requieren tu presencia en el presente, en este instante de tu existencia, dejando a un lado el pasado y futuro, respirando momento a momento. Vivir de esta manera requiere esfuerzo, obviamente. Nuestra mente suele trabajar la mayor parte del día de manera automática, sin prestar atención a la experiencia de estar aquí, dando saltos entre sucesos que ocurrieron hace mucho tiempo, experiencias que viviste ayer y cosas que han ocurrido o cosas que se imagina a la perfección. Así pues, tu mente, de salto en salto, se olvida del presente, el único momento que vivimos en realidad.

Cuando practicas mindfulness, aprendes a observar tu mente, te introduces en su funcionamiento, en la manera en que se enreda en ciertos temas, en el modo en que anticipa tu futuro, eres consciente de que los pensamientos son un torrente incesante, y especialmente al inicio de tu práctica meditativa, tu mente no tiene momento en blanco, segundos donde no haga otra cosa más que observarse a sí misma. Darte cuenta de todas estas cosas al inicio de tu práctica diaria, puede impresionarte mucho, ya que pensamos que nuestra mente la dirigimos nosotros, cuando la realidad es que es autónoma y en ocasiones es ella la que nos controla a nosotros, como ocurre en el caso de la ansiedad, la depresión o el estrés.

La atención plena, con su observación constante de la mente, nos ayuda a trascender la cotidianidad. Aunque parezca algo simple, en realidad es una habilidad emocional esencial para nuestro bienestar. Trascender lo cotidiano, supone ir más allá de lo que nos ocurre día a día, desarrollando una visión de conjunto que influye en la manera en que percibimos la vida, la conexión con nosotros mismos, con otras personas e incluso con la naturaleza.  Nos hace darnos cuenta de la belleza que nos rodea, del amor que llevamos en nuestro interior y de lo únicos y especiales que somos por ser nosotros. La trascendencia nos libera también de los apegos, especialmente de aquellos que nos obligan a quedarnos aferrados a cosas o personas que nos dañan y perjudican, por lo que la trascendencia que aporta la atención plena, nos libera de las cadenas que nos mantienen atados a modos de vivir que no son beneficiosos para nosotros.

Desde el punto de vista espiritual, la trascendencia hace referencia a aproximarnos a lo sagrado, a la fuerza universal o Dios, a la energía única que cada uno de nosotros poseemos (llamado prana), esa energía que nos identifica como seres únicos, la vibración eterna que sentimos y compartimos con los demás. De este modo dotamos de un sentido profundo a todo lo que nos rodea, sabiendo que los sucesos desagradables llegan para enseñarnos cosas de nosotros mismos y los sucesos agradables debemos disfrutarlos porque no durarán para siempre. Mindfulness nos conecta con nuestra parte más sabia, con aquella que solemos acallar por pensar que no nos aporta nada a nuestro día a día.

Una parte importante de ser observadores de nuestra mente, la desarrollamos gracias a la “mente del principiante”. Este término propio de la atención plena, hace referencia a observar las cosas con una gran curiosidad, con la mente abierta, como un niño se aproxima al mundo para conocerlo y explorarlo, sin juicios ni críticas, tan solo experimentando cada sensación y emoción. Para ello, debemos dejar a un lado nuestra parte más cínica, volviendo a nuestra esencia, esa que hemos aprendido a esconder para que no nos dañaran, para no sufrir. Nosotros podemos ser nuestros peores críticos, pero si desarrollamos la amabilidad intrínseca que todos tenemos como seres humanos, aprenderemos a conectar con nuestra esencia y observaremos cómo funciona nuestra mente,  aprenderemos a afrontar los sucesos externos de otra manera, afectándonos menos y rompiendo con los patrones de respuesta habituales que no nos ayudan a avanzar.

Encontrar la mente del principiante requiere también contactar con nuestro niño interno, ése que es curioso, que todo le sorprende, que sabe vivir plenamente en el presente. Si tienes hijos o niños pequeños a tu alrededor, te habrás dado cuenta de las miles de preguntas que hacen para intentar comprender el mundo cambiante en que vivimos, sorprendiéndose con cada nueva sensación. La mejor representación de vivir en el presente, lo tenemos con los niños, quienes no anticipan su futuro y en raras ocasiones rememoran el pasado. Sé como un niño de nuevo, descubre el mundo y a ti mismo cada día, contacta con esa energía que te hace único.

Algunos consejos que puedes seguir para liberar a tu mente de la tiranía de los pensamientos (especialmente de aquellos que te limitan y te hacen sentir mal), son los siguientes:

  • Cada vez que sientas que la emoción de otra persona te arrastra hacia ella, vuelve a tu respiración. Realiza de 3 a 5 inspiraciones y espiraciones conscientes, atendiendo al modo en que el aire entra en tu cuerpo y al modo en que sale, observa también el suave movimiento que crea la respiración en tu cuerpo al tiempo que la mente solo se fija en el presente, en esta nueva inspiración, en esta nueva espiración.
  • Si estás meditando o relajándote y eres consciente de que tu mente vuela de un tema a otro, pensando en cosas del pasado o del futuro, saltando como un mono chillón hiperactivo, puedes hacer dos cosas para trascender esta hiper-estimulación mental: en primer lugar, imagina que cada nuevo pensamiento es como una nube que se desplaza por el cielo azul (tu mente), las nubes aparecen, se mueven y se van por sí mismas cuando nadie ni nada se aferra a ellas… lo mismo ocurre con tus pensamientos, su naturaleza es aparecer, expresarse e irse de manera autónoma cuando no te quedas atrapado en ellos. La segunda cosa que puedes hacer tras identificar cada pensamiento como una nube que desaparece por sí sola, es volver a tu respiración, tu ancla al presente, céntrate en el movimiento que provoca en tu cuerpo, en el vaivén relajante que experimentas, dejándote llevar por esa sensación sedante y profundamente tranquilizadora.
  • Si al meditar o relajarte observas que viene a ti una emoción muy intensa que altera la manera en que respiras e incluso provoca reacciones como llanto o tensión muscular, identifica la emoción, identifica el lugar de tu cuerpo donde se aloja y expresa, comunícate con esa emoción, pregúntale lo que desees, dile cualquier cosa que guardas en tu corazón y sé consciente de que esa emoción también pasará. Visualiza las emociones como olas de un enorme océano o de una hermosa playa, cada ola nace, recorre ese inmenso mar y finalmente se deshace, desaparece. Tu emoción es como esa ola, de hecho autores como Kabat-Zinn, indican que con la práctica habitual de mindfulness, aprendemos a surfear las olas.

Creo que estos consejos que te acabo de dar son suficientes para que te inicies en la práctica de la atención plena con curiosidad, sin juzgarte a ti mismo o a tus emociones, con ganas de saber más de ti, de tal modo que el mero hecho de observar tu mente y cuerpo, se convierta en un medio para trascender tu rutina diaria.

Este artículo fue escrito por Elena Alameda Jackson, Licenciada en Psicología Clínica y de la Salud.  A Elena la pueden contactar en su perfil de We Doctor: https://tuconsulta.we-doctor.com/agenda/3080192