Es fácil imaginar que para llegar al nivel de conocimiento e información que hoy tenemos al alcance, han debido realizarse muchos estudios y experimentos que ponían a prueba las teorías e hipótesis de quienes las llevaban a cabo…

Hasta aquí puede que no haya nada que nos parezca fuera de lo normal. Pero lo cierto es que, al menos en la historia de la Psicología, se han realizado experimentos que desde el punto de vista ético hoy en día son impensables de hacer (afortunadamente). Como dato curioso, llama la atención la creencia férrea de los experimentadores de estar contribuyendo de forma positiva al estudio científico, puesto que en la mayor parte de estas pruebas los sujetos objeto de estudio solían ser los hijos e hijas de los autores.

Aunque podemos encontrar otros casos, a continuación presentamos algunos de los que presentaron graves consecuencias en la vida y el desarrollo del menor a prueba.

La chimpancé y el niño

En los años 30, el psicólogo americano Winthrop Kellogg llevó a cabo un experimento con el que quería esclarecer en qué medida influyen los factores hereditarios y ambientales en el desarrollo y aprendizaje de los niños. Por ello, se planteó una cuestión que más tarde daría pie a su estudio más controvertido: ¿qué nos separa a animales y humanos? Para darle respuesta a esta pregunta, decidió acoger a una chimpancé de 7 meses y tratarla y educarla como la hermana de su hijo de 10 meses, Donald. Trató al animal como a un humano: le vestía, le paseaba en un cochecito, intentaba enseñarle modales de comportamiento en la mesa, etc.

Después de unos meses de experimento, consiguió que la chimpancé aprendiera de forma asombrosa a adaptarse al entorno humano. Obedecía órdenes, acudía sola al baño, pedía perdón… pero Donald se limitaba a imitar a su «hermana» por lo que era ella quien se convirtió de alguna forma en la líder del dúo. Tanto es así que a los 19 meses de edad, el lenguaje de Donald quedó limitado a 3 palabras cuando normativamente debía superar el medio centenar. Debido a estas complicaciones, la chimpancé (Gua) fue devuelta a su entorno natural donde no consiguió adaptarse a su medio ni a su madre biológica y un año después murió.

Por su parte, Donald tuvo muchas dificultades durante su infancia para alcanzar las metas educativas que se relacionaban con su edad, pero supo superarlas e incluso se graduó en Medicina y se especializó en Psiquiatría. Finalmente, unos meses después del fallecimiento de sus padres, se suicidó.

David ↔ Brenda

A mediados de los años 60, nacieron dos hermanos gemelos en Canadá, los hermanos Reimer. Durante una negligencia médica mientras se practicaba la circuncisión en uno de ellos (David), una parte de su órgano genital fue quemado por lo que el psicólogo John Money, les propuso a sus padres que la mejor opción sería someterle a un cambio de sexo y educarle como a una niña.

Para Money supuso la oportunidad ideal para probar su teoría: lo que determina la identidad de género es la educación y no la naturaleza.

Pero David nunca quiso ser Brenda. A pesar de sus vestidos y de sus muñecas, sentía que quería ser como su hermano y a lo largo de los años estos sentimientos, como se ha de esperar, le trajo muchísimos problemas. Cuando por fin supo la verdad, decidió someterse a un nuevo cambio de sexo y después de una dura adolescencia consiguió el cuerpo con el que se sentía identificado. Años después se casó, pero su historia salió a la luz, por lo que lo despidieron de su trabajo y su esposa le abandonó. Todo esto no solo trajo consecuencias psicológicas para él, que acabó quitándose la vida en 2004, sino que también su hermano gemelo se suicidó tras una terrible depresión que arrastró durante años por el sentimiento de culpa que sentía al haber salido ileso de aquel proceso quirúrgico que arruinó la vida de su hermano.

Niños tartamudos, el estudio monstruoso

Wendell Johnson y Mary Tudor dedicaron gran parte de su carrera a estudiar los factores que influían en el desarrollo del habla. En 1939 llevaron a cabo un experimento con 20 niños aproximadamente, a los que dividieron en dos grupos: por un lado estaban aquellos que no presentaban ningún problema en el habla y por otro aquellos que manifestaban algún problema de dicción y/o tartamudez. Su estudio consistió en tratar de forma diferente a unos y otros para comprobar el impacto de las diferentes pautas de aprendizaje en estos menores, puesto que la teoría principal de los autores se centraba en que la tartamudez tenía fundamentalmente un origen psicológico.

A aquellos que no presentaban ningún tipo de problema del habla, les trataban mal: insultos, humillaciones, castigos… y a los que sí manifestaban dificultades les trataban de forma afectiva y positiva: halagos, refuerzos positivos, elogios… ¿Consecuencias? Los menores del grupo sin problemas del habla comenzaron a presentar realmente dificultades, e incluso algunos de ellos, dejaron de comunicarse con los demás. Dichos problemas sentaron las bases de posteriores trastornos de autoestima y falta de seguridad, además de arrastrar los problemas de dicción.

Debido a las connotaciones éticas, este estudio no salió a la luz hasta entrada la época de los 2000 cuando incluso se les pagó una indemnización a aquellas personas que aun seguían con vida y habían sido víctimas de este estudio.

Como vemos, han sido muchos los autores que han caído en graves violaciones éticas a lo largo de la historia, tanto con humanos como con animales. Es el caso del conocido Ivan Pavlov que, aunque haya pasado a la historia como el psicólogo que «enseñó» a salivar a los perros ante una campana, también llevó a cabo estudios similares con niños con las consiguientes consecuencias que eso les trajo para un desarrollo normal de su vida como adulto.