Una baja tolerancia a la frustración puede acarrear otros problemas que podrían suponer un obstáculo para el desarrollo de nuestra vida diaria. En el post de esta semana, vamos a ver cuáles son esos problemas y unas sencillas pautas que nos pueden ayudar a mejorar este aspecto de nuestras vidas.

La frustración no es más que el conjunto de molestias o sentimientos desagradables que experimentamos cuando se nos priva de algo que esperábamos. Es decir, es la consecuencia de un deseo insatisfecho. Cuando nos encontramos ante niños pequeños, los niveles de tolerancia a la frustración lógicamente no existen y de ahí las famosas rabietas. Sus deseos o necesidades a cubrir son puramente fisiológicas y no hay cabida a la demora para satisfacerlas. Es fundamental que a medida que crecen, los padres empiecen a trabajar con ellos este aspecto, ya que supone un punto importante en el desarrollo de la inteligencia emocional del niño.

Todos alguna vez hemos experimentado estas sensaciones, ya sea en el ámbito académico, personal o laboral de nuestras vidas. Saber tolerar y trabajar con ellas es fundamental para mantenernos equilibrados y en paz con nosotros mismos. De lo contrario pueden aparecer consecuencias que nos dificulten el día a día. En su mayoría, estas consecuencias van relacionadas con la falta de control y la impulsividad:

  • Desarrollo de adicciones: tanto a sustancias estupefacientes como al juego o las compras.
  • Lesiones autolíticas: en una grave falta de control de la impulsividad, nos encontramos con personas que se dañan a sí mismas de forma consciente mediante golpes, cortes, quemaduras, etc.
  • Tricotilomanía: se trata del impulso incontrolable a arrancarse el pelo tras un periodo acuciado de estrés o alta frustración.
  • Cleptomanía: en este caso hablamos de la imposibilidad para controlar el impulso de robar algo que realmente no necesita.

Entonces, ¿de qué forma puedo trabajar conmigo mismo para aumentar mis niveles de tolerancia a la frustración?

Es tan fácil (y difícil a la vez) como plantearnos ante situaciones en las que:

  1. Nos dan un «NO». Ya sea ante una situación real o que nosotros nos hayamos imaginado, se trata de usar la sensación de enfado o tristeza como un motor que nos impulse para la acción. Debemos buscar la optimización de las emociones invirtiéndolas en la búsqueda de otras alternativas que nos lleven a conseguir nuestros objetivos.
  2. Sentimos una molestia física. Para trabajar en el fomento de nuestra tolerancia a la frustración también se propone llevar durante unas horas una pequeña piedra en el zapato que resulte molesta pero sin llegar a hacernos daño. Pasado un tiempo con esta incomodidad, habremos aprendido a aceptar que es molesto pero soportable. Este aprendizaje puede extrapolarse a otras situaciones en las que aparecerán sensaciones molestas o incómodas de forma inevitable.
  3. Nos exponemos a esperar. Uno de los ejercicios más recomendables para aprender a tolerar algo molesto es enfrentarnos a una situación de espera durante un tiempo continuado hasta que nos habituemos a la sensación. Esta circunstancia podemos encontrarla eligiendo la cola más larga del supermercado por ejemplo, o acudiendo antes a una cita para tener que esperar hasta la hora pactada, etc.
  4. Aceptamos que nuestro control es limitado. Cuando estemos ante una situación en la que las cosas no han salido como esperábamos, podemos imaginar o incluso interpretar una escena cómica en la que manejamos todo a nuestro alrededor. Es muy importante que haya algún elemento en nuestra escena que nos ayude a tener presente, mediante el humor, que nuestro control es limitado y que no todo gira ni a nuestro favor ni en nuestra contra.

Finalmente, siempre es bueno tener en el horizonte que si no me veo capaz de lidiar con la impulsividad, el mejor camino es acudir a un profesional que nos ayude a modular nuestros impulsos.