Recientemente se publicó el estudio “Panorama de la educación en España tras la pandemia del COVID-19: la opinión de la comunidad educativa”, el cual reflexiona sobre los efectos que la crisis sanitaria provocada por el  COVID-19 ha tenido en el sistema educativo español. Este estudio  a cargo de la FAD (Fundación de ayuda contra la drogadicción), Fundación Educación Conectada y BBVA ha consultado a docentes, familias y estudiantes sobre sus preocupaciones, necesidades y propuestas para el curso 2020-2021 debido al nuevo panorama. 

Dentro de las preocupaciones de los miembros de comunidades educativas que participaron en este estudio, aparece como tema el estado emocional del alumnado. Ya está más que comprobado el impacto que tiene el estado emocional sobre variables como la motivación, las expectativas de logro, las atribuciones de éxito, y a su vez, lo influyente que son estas variables sobre el aprendizaje. Los docentes no están solo preocupados por variables organizativas, pedagógicas o de recursos e infraestructura, también están muy preocupados por la salud mental de los y las estudiantes y de ellos mismos. Para abordar las nuevas demandas que han surgido producto de la crisis del COVID-19 el profesorado solicita que en relación a variables organizativas y pedagógicas se haga una revisión y ajuste curricular, y además plantean la necesidad de recibir formación en atención de necesidades psicosociales y de salud mental. 

A partir de estas preocupaciones y necesidades percibidas por los y las docentes, desde la psicología de la educación se pueden aportar orientaciones psicopedagógicas que ayuden a satisfacerlas, específicamente las relacionadas con la salud mental. Esta orientación se puede dirigir a varios aspectos: ¿Cómo se puede favorecer un estado emocional positivo y además óptimo para el aprendizaje en estudiantes y profesorado?, ¿Cómo formar a los profesores en salud mental?, ¿En qué se debe centrar esa formación?. Aquí me centraré en el primer aspecto el cuál creo que en este momento es el más relevante. ¿Cómo apoyar al estudiantado y al profesorado emocionalmente en esta situación? ¿Cómo favorecer que el espacio educativo sea un espacio de seguridad emocional?

Para enmarcar las actuaciones psicopedagógicas orientadas a este punto utilizaré la sub-teoría de las necesidades psicológicas básicas (Deci, E. L., & Ryan, R. M., 2008; Deci, E. L., & Vansteenkiste, M., 2004). Según esta teoría existen 3 necesidades universales, cuya satisfacción favorece el desarrollo óptimo de las personas en los distintos contextos sociales en que se desenvuelve y por lo tanto, su salud psicológica.  

  • Competencia: sentirse capaz de comprender e influir en nuestros contextos de desarrollo. Percibir el medio, interpretarlo de manera correcta y generar respuestas que vayan a influir en estos contextos.
  • Relacionalidad: integrarnos en nuestros contextos sociales, relacionarnos con los demás, compartir, sentirnos adaptados, queridos y valorados. 
  • Autonomía: percibir que nuestro desenvolvimiento en el contexto es una decisión personal. Sentir que elegimos a partir de nuestras propias capacidades y motivación y que no se nos imponen las cosas.

Si estas 3 necesidades se encuentran satisfechas el individuo puede adaptarse, enfrentar, y salir fortalecido de las situaciones de crisis que puedan aparecer en los contextos sociales en donde se desarrolla (familia, grupo de amigos, colegio, comunidad, ciudad, país). Siendo la crisis sanitaria provocada por el Covid-19 una situación adversa que hay que enfrentar y que abarca un contexto de desarrollo amplio como es la sociedad en la que vivimos, el configurar el espacio educativo como un lugar seguro, en donde se puedan satisfacer estas necesidades psicológicas básicas a nivel de microsistema, es un apoyo que permitiría al estudiantado, familias y profesorado enfrentar de mejor manera la situación que nos encontramos viviendo,  favorecer un estado emocional positivo y dispuesto para el aprendizaje, y por lo tanto, promover una buena la salud mental. 

La pregunta ahora es ¿cómo satisfacer estas necesidades y transformar el espacio educativo en un entorno emocionalmente seguro y que además promueva un estado emocional óptimo para el aprendizaje? Creo que la necesidad de relacionalidad es la más fácil de satisfacer. Al ser el colegio un contexto social en sí mismo, en donde los niños, niñas y adolescentes se relacionan entre sí, generándose grupos de pertenencia entre pares, se encuentran las condiciones para compartir, sentirnos queridos, valorados y adaptados. Por lo tanto, el centro educativo, el grupo de profesores, la clase a la que se pertenece se puede configurar en un grupo de apoyo en dónde se encuentre contención emocional. La escuela debe transformarse en un entorno de calma-seguridad, desarrollando entornos cotidianos que favorezcan estos estado. Practicar la autoescucha y la escucha a los otros con el fin de sintonizar con las propias necesidades y de esta manera gestionarlas y satisfacerlas (Altable, CH., 2006). Es decir, se deben otorgar espacios en el colegio y dentro del aula (virtual o presencial) que favorezcan la expresión y escucha respetuosa de las emociones, sensaciones, temores, preocupaciones que puedan tener los niños, niñas, adolescentes y maestros/as. Estos espacios respetuosos, en donde se pueda hablar en confianza servirán para sentirse escuchado, validado, comprendido y confortado frente a una circunstancia que nos ha puesto en una situación vulnerable a todos y todas. Se pueden crear espacios físicos específicos dentro de los colegios, aulas especiales, o espacios dentro de la misma clase para reflexionar sobre el estado emocional. 

Sin embargo, para saber gestionar nuestras emociones, debemos educarnos respecto del mundo emocional y esto nos lleva a la siguiente necesidad, la de competencia. Como cualquier otro conocimiento, la gestión de nuestras emociones se debe aprender y debemos sentirnos capaces de adquirir este conocimiento y llevarlo a la práctica. La educación emocional ha de dar los recursos necesarios para poder practicar la autoescucha y la escucha de otras persona, para conocer las propias necesidades, enseñar a identificar los elementos que configuran los entornos que nos dan calma y seguridad. Una de las técnicas que se puede enseñar para lograr este propósito es el de la respiración consiente. La respiración consciente nos ayuda a sentir y a tomar conciencia de lo sentido. Cuando respiramos pausadamente y en silencio, preguntándonos acerca de nuestras necesidades y bienestar, podemos tomar conciencia de lo que nos pasa. Enseñar a respirar es enseñar a tomar conciencia de las emociones, de los miedos, dolores, rabias, alegría o amor (Altable, CH., 2006). Si los estudiantes logran adquirir este conocimiento, se sentirán más capaces de enfrentar de manera eficaz situaciones de estrés emocional como la que hemos vivido, y por lo tanto, se sentirán más seguros y tranquilos. La educación emocional debe formar parte de un currículum obligatorio, ya que tiene un contenido extenso, tanto a nivel de conocimiento como a nivel de actitudes y comportamientos. Tal vez, al existir en este momento la necesidad de ajustar y revisar el currículum, sea la oportunidad de integrar conocimientos como este. 

Nos queda la última necesidad psicológica básica, la autonomía. Curiosamente en el estudio aquí analizado, el profesorado reclama la necesidad de mayor autonomía en su rol docente. El profesorado solicita que existan normas claras y homogéneas para todos los centros educativos, pero un amplio margen de autonomía para ajustar la respuesta que den los propios centros y el profesorado a su contexto particular, que se confié en su profesionalidad. Es recomendable que esta misma autonomía que reclaman los y las docentes sea traspasada también al alumnado. Se deben favorecer espacios en donde tengan libertad de elegir, entre distintas opciones, qué contenidos les interesa estudiar, qué estrategias de estudio desean utilizar e incluso el tipo de evaluación. Entregarles esta autonomía permitiría mantener e incluso aumentar la motivación. Se debe aprovechar esta coyuntura para generar espacios de aprendizaje más participativos y flexibles. 

El estado emocional y salud mental de las comunidades educativas es una preocupación latente para sus miembros, quienes han debido enfrentar la crisis sin tener la preparación suficiente y han debido improvisar, innovar y adaptarse, provocando un evidente desgaste mental y físico para todos sus miembros. Es de suma importancia entregar a las comunidades educativas el apoyo psicológico que necesiten, para que puedan salir de esta situación fortalecidos y preparados para enfrentar nuevos retos. 

Referencias bibliográficas. 

  • Altable, Ch. (2006). La educación emocional en los centros escolares y en las familias. Revista Andalucía Educativa. 57, 7-10.
  • Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2008). Self-Determination Theory: A Macrotheory of Human Motivation, Development, and Health. Canadian Psychology, 49(3), 182-185. 
  • Deci, E. L., & Vansteenkiste, M. (2004). Self determination theory and basic need satisfaction: understanding human development in positive psychology. Ricerche di Psicologia, 27(1), 23-33
  • Trujillo-Sáez, F.; Fernández-Navas, M.; Montes-Rodríguez, M.; Segura-Robles, A.; Alaminos-Romero, F.J. y Postigo-Fuentes, A.Y. (2020). Panorama de la educación en España tras la pandemia de COVID-19: la opinión de la comunidad educativa. Madrid: Fad. DOI: 10.5281/zenodo-3878844