Inmersos en una instancia de cierre de un período laboral en un contexto de estímulos permanentes e inmediatos la vida nos reclama un merecido descanso vacacional. Permitirnos reflexionar sobre lo vivido y las consecuencias de aquello que experimentamos a lo largo del día a día construye nuestro presente cargado de emotividades.

En este contexto de nostalgia tenemos la idea errónea de que llorar o recordar a los que partieron es algo dañino, prohibiéndonos el espacio para expresar el dolor manifestado a través de la tristeza con el falso deber de sonreír a todo costo.

La experiencia del duelo se manifiesta a través de un acontecimiento de singular emotividad, paralizándonos ante la ausencia de un ser querido que ha dejado sus huellas.

La pérdida reciente, nunca bienvenida, se hace presente en cada uno de nosotros como una sombra que oscurece tapando la claridad y el calor de la compañía.

Las costumbres familiares, las vivencias y los recuerdos de los que no están son una parte del ritual de las festividades que permiten aflorar nuestras emociones a través de un abrazo y un brindis compartido.

Pero, ¿Cómo hacer de ese recuerdo nostálgico un recurso?

Los resilientes son aquellos que a pesar de las dificultades y sinsabores de la vida siguen adelante, entendiendo que siempre son responsables de sus propios actos y sus consecuencias más allá de las culpas. El fracaso es parte del proceso de aprendizaje y es muy diferente a ser un fracasado.  

Hoy más que nunca resulta substancial buscar la trascendencia en la construcción de una vida comprometida repleta de significado. Cultivar la gratitud como una de las  tantas fortalezas personales destacando lo que tenemos en vez de añorar lo que nos falta, puede aportarnos una luz de esperanza para cambiar la manera de accionar y de relacionarnos con los otros.

La gratitud es una de las 24 fortalezas que nos plantea Martin Seligman como un aspecto psicológico social que promueve los valores trascendentales de las personas multiplicando las emociones positivas. Se edifica desde los cimientos del sufrimiento y la contemplación, para ello es necesario trabajar otras fortalezas como la sabiduría, la humildad y la capacidad de perdón.   

Para generar estas vivencias es necesario conciencia sobre su origen y dependencia con un otro cuya fuente de placer se encuentra afuera, la reciprocidad como elemento indispensable. No se busca el intercambio, sino el agradecimiento de esa actitud. De ese modo el otro podrá valorar nuestro accionar y actuar en consecuencia.

Expresemos nuestro agradecimiento, contemplando la belleza de lo simple  y siendo agradecidos por lo que tenemos, en vez de añorar lo que nos falta.