En diferentes artículos de nuestro blog, hemos analizado el fenómeno de la pornografía y el de la prostitución por separado. Dada la relevancia y la trascendencia de estos dos fenómenos en la sociedad actual, he creído oportuno profundizar un poco más en aquellos aspectos que son comunes a ambos y que están fuertemente normalizados en esta sociedad, a tenor de que no tienen una regulación legal específica y son grandes negocios que funcionan con una permisividad total.

En ambos casos se huye de ese abordaje legal necesario en una sociedad moderna.  Sin embargo, las dificultades parecen extraordinarias porque son muy pocos los países que han tratado de establecer normas legales al respecto y, los que lo han hecho, parecen tener resultados mixtos, si bien el modelo nórdico presenta peculiaridades muy interesantes al penalizar al putero y proteger a la mujer prostituida. En el caso de la pornografía, tan solo se ha conseguido penalizar la que hace referencia a los menores, por lo que queda un largo recorrido. Por cierto, no nos gusta el término pornografía infantil, ya que son en realidad películas sexuales de violaciones a menores. Las cosas como son.

Lo que acontece es que se obvian ese tipo de medidas, se rehúyen, como ha ocurrido tantas veces en cuestiones de índole sexual. Recuérdese el rechazo social hacia los enfermos de SIDA en la década de los 80 del siglo pasado o lo que pasa con respecto a la educación sexual en la enseñanza. Temas tabúes, que la sociedad tiene aparcado con el cartel de “not disturb” y que huye de ellos como si de la peste se tratara.

La prostitución y la pornografía tienen muchas cosas en común, a pesar de que nosotros en este artículo nos referimos a la pornoviolencia como un nuevo concepto en lugar de la pornografía. Porque estamos hablando de intercambio de actos sexuales que se ejecutan por dinero, se graben o no. Dicho de otra manera, la existencia de una cámara podría ser, en síntesis, la única diferencia entre la pornografía y la prostitución.

Además de las implicaciones sociales, que las hay y muy graves, por cierto, es un serio problema de salud para todos/as los implicados/as en el asunto. Tan solo citaré el enorme estigma asociado, los trastornos mentales y los contagios de enfermedades sexuales. También un ejemplo claro de la desigualdad social, de la desigualdad entre hombres y mujeres y del mal uso del poder por parte de algunos varones sobre las mujeres y las niñas. La pobreza de las mujeres y las injusticias Norte-Sur, son elementos relevantes a considerar también. La prostitución y la trata son como el hambre y las ganas de comer. Inseparables.

Es tan grande la trascendencia social y política de estos dos fenómenos que, en mi opinión planteándolo solo como una hipótesis, han sido el origen y una de las claves más importantes para entender el cisma que existe actualmente en el movimiento feminista internacional y que se inició en Estados Unidos en la década de los 80.

Obviamente es no solo una cuestión de pelear por el poder dentro de este movimiento, que también, sino una respuesta del sistema neoliberal a la pretendida abolición de ambas realidades y a la extinción del patriarcado que las sustenta. El sistema dominante, y en particular las poderosas industrias del porno y de la prostitución, no se pueden permitir ese torpedo a su línea de flotación y tratan, como sea, no importan los medios, de devolverles la moneda: abolir el movimiento feminista introduciendo en su seno el germen de la lucha sin cuartel, cual caballo de Troya.

Con todo, es importante conocer los aspectos en los que confluyen ambos fenómenos, así como sus interrelaciones, con el fin de intervenir de manera más eficiente tanto en lo concerniente a la legalidad como a sus implicaciones sociales y de salud. Para nosotros el más importante ahora: la prevención del consumo dado que se trata de una cuestión de salud.

Soy consciente de la extraordinaria dificultad en la luchar por su erradicación, razón por la que, mientras llegue ese momento -unas cuantas generaciones más y siempre que haya mayorías progresistas gobernando el mundo – habrán de hacerse esfuerzos encaminados a evitar el consumo a través de la educación sexual dentro de la educación para la salud. Esa es mi propuesta desde hace muchos años. No conozco otra que pudiera utilizarse con una cierta eficiencia, aunque soy consciente de las enormes dificultades en España para implementarle en todo el sistema educativo[1].

En cualquier caso, como ha señalado Megan Tyler[2], tanto a nivel práctico como conceptual, la pornografía comercial puede ser entendida como una forma de prostitución, ya que ambos fenómenos implican la compra de mujeres con el propósito de complacer sexualmente a los compradores masculinos o, más generalmente, la realización de actos sexuales por dinero.

La prostitución y la pornografía siempre han estado integradas en la sociedad, aunque semi clandestinas, destinadas a los varones adultos en exclusiva y abiertas a aquellos jóvenes que querían incorporarse a esa condición de mayores, como rito de iniciación.  La prostitución, desde muy antiguo, escondida en burdeles y, el porno, permitido en cines especiales, en revistas un tanto mugrosas y en vídeos desgastados que se alquilaban en los videoclubs o comprados en una gasolinera.

En mi época, revistas usadas que se pasaban de mano en mano. Luego estaba el Play boy enfundado en una bolsa de plástico opaca y, en la producción nacional, “el Interviu”. Ahora es otra cosa. Otro mundo que no tienen absolutamente nada que ver con aquel. Internet ha metido el porno en nuestra casa, normalizando, digo bien sí, normalizando el consumo en nuestros menores y jóvenes, a cualquier hora y de cualquier modalidad ya que es gratuito y con calidad HD. Nos interesa y nos preocupa sobre todo el consumo de porno violento en menores y jóvenes.

A los adultos no los incluyo porque ya son mayorcitos, aunque los efectos a nivel de adicción, alteraciones cerebrales o disfunciones sexuales, conductas sexuales violentas, están bien probados en los mayores consumidores. Y normalizada también por su generalizado consumo. Baste un ejemplo: una sola de las webs (de los millones existentes) de porno más importantes del mundo informa de 115 millones de visitas diarias a su plataforma. Echen números. Y según sus datos, en la cuarentena por el coronavirus, aumentó un 15%.

Por otra parte, parece que en los tiempos actuales los jóvenes españoles no solo acuden a los burdeles como puerta de entrada a “hacerse mayores”, sino que lo hacen como clientes habituales. En un documental sobre este submundo (El Proxeneta), el protagonista, un proxeneta arrepentido, relata con detalle la estrategia de los burdeles encaminada a ofrecer a los jóvenes servicios de prostitución: darle lo mismo que la discoteca y además con premios de sexo real. A su juicio el resultado fue un rotundo éxito.

Parece que los pisos de prostitución, han experimentado un auge importante con la llegada del móvil y de las nuevas modalidades de “hacer negocio con el sexo”, desde las nuevas plataformas como Onlyfans o las Camgirls, que no se requiere una infraestructura especial por lo que pueden estar en cualquier piso del edificio en donde vivimos, cuyos servicios se solicitan, previa cita, a través de internet también. Según dicen miles de jóvenes latinoamericanas y europeas, guapas y emprendedoras, tienen un set de grabación en su habitación, es decir un móvil y wifi, desde donde distribuyen sus videos sexuales para que millones de hombres se exciten e interactúen con ellas, en todo el mundo, previo pago.

Convendría tener en cuenta, desde el plano de la prevención, este hecho: un importante número de jóvenes varones parecen ser grandes consumidores de porno y prostitución simultáneamente, y sabemos del trasiego que hay de una a la otra en diferentes órdenes. Por ejemplo, varones consumidores de porno, con dificultades para llevar a cabo sus prácticas sexuales aprendidas en los films pornográficos, prefieren por su extremada facilidad practicarlas con una prostituta.

O por ejemplo la prostituta que, por su edad o por otras razones, acaba haciendo películas porno de géneros especiales de abuelitas desdentadas o, al revés, actrices porno que cuando no son consideradas útiles en el duro y competitivo mercado, recurren al submundo de la prostitución para mantener su nivel de vida. Cuando no las drogas y el extraordinario estigma social sobre ambas, las obligan a continuar en el negocio. Siempre habrá un putero dispuesto a meter su polla en cualquier agujero caliente, sin importar gran cosa sus características morfológicas.

A tenor de que, con frecuencia, este aspecto es motivo de preguntas y desconcierto en buena parte de las personas que acuden a nuestras conferencias, cuando planteamos esta cruda realidad, consideramos que la educación es un elemento clave para la evitación de su consumo y de los riesgos asociados.  Seguramente, uno de los pocos, si no el único.

En el siguiente artículo, seguiremos reflexionado sobre estos dos fenómenos completamente normalizados en nuestra sociedad y con un ascenso imparable de su consumo.


[1] En nuestro libro Sexo, poder, religión y política (Amazon) analizamos los factores que impiden esa normalización.

[2] Meagan Tyler, M. (2015) Harms of production: theorising pornography as a form of prostitution. Women´s Studies International Forum, V.48: 114-123