Es bastante frecuente sorprendernos a nosotros mismos pensando “ha de tener algún problema mental” cuando vemos o escuchamos noticias en las que alguien ha agredido o acabado con la vida de otra persona. Pero, aunque existen ideas muy extendidas de que la delincuencia cumple una relación directa con el Trastorno Mental, debemos aclarar que en la mayoría de los casos no es así. Sí es cierto que en la base de cualquier conducta delictiva hay una combinación de creencias personales, pensamientos, perfiles de personalidad, estilos de socialización, etc. pero se ha de tener en cuenta que todo esto construye un entramado complejo que no siempre justifica un Trastorno Mental como desencadenante de un delito. Se ha observado que en algunas alteraciones concretas, como son las Adicciones y los Trastornos del Estado de Ánimo, aunque sí existe una mayor impulsividad e incluso agresividad, las conductas violentas que se llevan a cabo tienen más como objeto a los propios pacientes que a otras personas. Por todo ello, hay que ser prudentes a la hora de relacionar delincuencia con alteraciones mentales, ya que ni todos los delincuentes tienen un Trastorno Mental, ni todo aquel que está pasando por una alteración psíquica terminará delinquiendo.

Ahora bien, hay casos en los que sí coincide que la persona que ha cometido un acto delictivo concreto, presenta alguna alteración mental que podría “explicar” el móvil del delito. En la literatura, se citan a los Trastornos de Personalidad, la Dependencia de sustancias y a los Trastornos Psicóticos (entre otros), como subyacentes en las agresiones sexuales a personas adultas. Pero realmente, y a la luz de la (desgraciada) actualidad de este asunto, parece que cabe más pensar en que la causa principal de este tipo de agresiones radica en el estilo de funcionamiento de la sociedad en la que vivimos.

Por otro lado, no debemos olvidar aquellos delitos que se saldan con víctimas mortales. Volviendo a insistir en la idea de que agresión/delito NO es sinónimo de Trastorno Mental, no podemos negar que hay casos en los que sí existe relación directa y estos casos suelen estar protagonizados por personas agresoras con alguna alteración del contenido del pensamiento o bien con algún Trastorno de la Afectividad.

La unidad básica con la que podemos definir qué es un Trastorno del Contenido del Pensamiento es el delirio, es decir, la convicción de que algo es real y tal cual lo pensamos a pesar de las evidencias en contra. Ideas delirantes de celos, de grandeza, persecutorias o de referencia (por ejemplo), pueden ser “motivos” suficientes para que quien las padece agreda, o incluso, acabe con la vida de quien considera responsable de sus creencias.

Finalmente, también podemos encontrar en algunas personas agresoras, que existe como trasfondo de su comportamiento alguna psicopatología relacionada con la afectividad. La tristeza o la angustia patológicas, pueden enmarcarse en cuadros depresivos o psicosis que derivarían en situaciones similares a las descritas en el párrafo anterior.

Parece claro que, en base a la legislación vigente en cada país, el trabajo del Psicólogo Forense, debe caracterizarse por la pulcritud a la hora de evaluar las características personales de quienes han de ser juzgados por un delito, así como la posibilidad o no de que dichos actos delictivos tengan alguna alteración mental de base.

Referencias:

Fuentenebro F, Vázquez C. Psicología Médica, Psicopatología y Psiquiatría (vols. 1 y 2). McGraw-Hill (1990). Madrid.

Mesa Cid PJ, Rodríguez Testal, JF. Manual de Psicopatología Clínica. Ed.: Pirámide. 2011; 607-624

Valiente Ots, C. Alucinaciones y delirios. Síntesis (2005). Madrid.


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