El concepto de ansiedad es uno de los más conocidos y empleados dentro del ámbito de la Psicología. También puede considerarse una de las alteraciones más frecuentes y por las que una gran cantidad de personas piden ayuda profesional. La cercanía del término y la extensión de su uso coloquial ha traído algunas consecuencias negativas que no hacen sino entorpecer y dificultar el correcto diagnóstico y tratamiento de la misma. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando usamos los conceptos de ansiedad, angustia y/o miedo indistintamente. En el primer caso estamos haciendo referencia (a rasgos generales) a un estado emocional que surge sin la necesidad de una amenaza real en el momento presente. Es una combinación difusa de emociones que se origina ante la probabilidad de un peligro futuro, una respuesta de tipo cognitivo. En la angustia, sin embargo, predomina el componente de tipo físico y el miedo no es más que la respuesta de alarma primitiva que experimentamos de forma negativa y que surge como respuesta a un peligro presente.

Teniendo a la ansiedad como componente principal, podemos encontrar una amplia diversidad de trastornos relacionados que podrían echar al freno a nuestro desarrollo personal, causándonos un malestar significativo e incompatible con el transcurrir normativo en la vida diaria. Estos trastornos tienen varias características en común: son irracionales, muy intensos, persistentes en el tiempo y ampliamente perturbadores. De esta forma podríamos vernos afectados por fobias (social o específicas), trastorno de ansiedad generalizada y agorafobia (temor obsesivo ante los espacios abiertos o descubiertos que puede constituir una enfermedad).

Desde el punto de vista terapéutico, podemos abordar estos problemas mediante tratamientos biológicos (farmacoterapia) y/o tratamientos psicológicos. Una gran cantidad de estudios al respecto, han demostrado que en los casos más difíciles y de mayor resistencia es la combinación de ambas disciplinas lo que consigue obtener una remisión efectiva de la sintomatología, mientras que en el tratamiento de elección en los casos leves y relativamente moderados debería imponerse la intervención psicológica como la primera línea de tratamiento. Son los fármacos ansiolíticos e hipnóticos los que constituyen el núcleo principal de tratamiento farmacológico para los trastornos de ansiedad. Como fármaco ansiolítico más común y conocido encontramos, por ejemplo, las benzodiacepinas. Esta opción de tratamiento actúa como depresora del Sistema Nervioso Central y puede causar dependencia fisiológica, provocando (si no se retira de la forma adecuada) un empeoramiento de los síntomas originales aunque con una intensidad mayor.

En cuanto a la intervención psicológica, son varios los abordajes que han demostrado ser eficaces para la remisión de la sintomatología ansiosa, siendo superiores aquellos que se caracterizan por ser multicomponentes. A rasgos generales, dichas intervenciones están constituidas por:

  • Componente educativo. Generalmente, el comienzo de toda intervención debe estar caracterizado por enseñar a la persona a poner nombre a su sintomatología, explicar cuál es el curso del problema que presenta y elaborar, gracias al trabajo en común de psicólogo y paciente, un análisis funcional de cómo, cuándo y por qué le sucede.
  • Exposición. Especialmente útil en aquellos casos de fobias específicas. Experimentar en vivo las sensaciones que producen malestar y perturban el día a día de la persona, nos ayudará a conocer un poco más sobre el componente biológico y psicológico del problema para así buscar la solución adecuada a cada caso concreto.

En la actualidad, y gracias a los avances tecnológicos, se trabaja cada vez más con la realidad virtual. Esta nos permite realizar la exposición en vivo desde la propia consulta sin tener que realizar desplazamiento alguno a un contexto o situación determinada. En estos casos es fundamental que se consiga la sensación de que estamos participando en el contexto. Una vez que esto se ha conseguido, hay estudios que han demostrado que este tipo de intervención (realidad virtual) puede ser igual de eficaz para fobias concretas, como pueden ser el miedo a volar y a las alturas o a algunos animales, que la exposición en vivo.

  • Reestructuración cognitiva. La función principal de este componente es modificar las creencias erróneas que tenemos sobre la ansiedad y aquello que nos la causa. La sobreestimación de aquello que percibimos como amenaza y el peligro al que nos encontramos expuestos ante diferentes situaciones son los desencadenantes fundamentales de este tipo de problemas, por lo que una reestructuración de las ideas que tenemos al respecto nos ayudará a paliarlos.
  • Entrenamiento en respiración y relajación. Existen muchas y muy diversas técnicas de relajación. Podemos encontrarnos programas de relajación guiada mediante la imaginación, relajación muscular, relajación a través de la respiración… Aprenderemos y practicaremos en consulta cada una de ellas, hasta encontrar cuál es aquella que se ajusta de forma más eficaz a las características personales del paciente. Una vez hemos seleccionado una o varias de ellas como eficaces, la entrenaremos como estrategia de afrontamiento, es decir, siempre que nos encontremos frente a las situaciones o estímulos que en un comienzo percibíamos como peligrosas, ejecutaremos estas tareas con el fin de asociarlas con un estado de relajación y seguridad que combatan la ansiedad inicial.

Un caso especial encontraríamos en los casos de fobia social. Aquí, además de los componentes descritos anteriormente, es importante introducir el entrenamiento en habilidades sociales, puesto que quienes presentan este tipo de problemática, subestiman con frecuencia las propias.

En resumidas cuentas, hemos podido comprobar que cualquier problema de índole ansioso que nos esté causando problemas en nuestro día a día tiene solución. La premisa que necesitamos es clara: estar dispuestos a aprender cosas nuevas y a salir de nuestra zona de confort a pesar del miedo.