A partir de los acontecimientos ocurridos estas últimas semanas en nuestro país (Chile), al igual como muchos, me he visto inmersa en un difícil estado de reflexión para dar con la respuesta a la pregunta “¿Y cuál es mi opinión?”. En este proceso, he recordado una experiencia que tuve en mis años universitarios: tras leer un texto, el profesor nos pidió levantar la mano a todos los que estuviéramos de acuerdo con el autor. Para nuestra sorpresa, luego nos pidió redactar un ensayo argumentando a favor de la opinión contraria a la nuestra. Este ejercicio descolocante está en la médula de lo que significa pensar críticamente, ya que nos obliga a reconsiderar nuestros propios argumentos, a la luz de los contra-argumentos que puedan existir; nos obliga a mirar puntos de vista diversos respecto a un mismo tema.    


¿Por qué es tan difícil hacer esto? Existen cuatro fenómenos propios de la cognición humana, ampliamente estudiados por la psicología social, que nos pueden ayudar a responder esta pregunta. Uno de ellos indica que el ser humano es intrínsecamente social y que, por tanto, buscará pertenecer a un grupo. El segundo, es que los grupos humanos buscan definir su identidad diferenciándose de los otros grupos. El tercero, que para resguardar su identidad y autoestima (individual y colectiva), el grupo tenderá a asumir que ellos son los buenos y están en lo correcto, situando al “otro” como rival. Y, para más remate, nuestra atención es inherentemente selectiva, llevándonos a “ver” únicamente aquella evidencia que nos sirve como argumento para reafirmar lo que ya pensamos. Hemos logrado mantener a raya estos fenómenos gracias a nuestra racionalidad pero, en situaciones donde el sentimiento de seguridad se ve afectado, se activan rápidamente. Ya no es sólo la pregunta ¿qué opino yo?, sino que nos preguntamos ¿del lado de quién estoy? ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos? (por supuesto, siempre seremos los buenos). Los prejuicios se apoderan de nosotros y radicalizamos nuestras formas de ver el mundo.        


Es importante darnos cuenta de estos fenómenos, ya que ello nos ayudará a detenernos, tomar distancia, y reconocer que todos tenemos un sesgo. Todos tenemos un filtro a través del cual interpretamos lo que ocurre y, a partir de ello, adoptamos una opinión y tomamos decisiones. Hacer lo moralmente correcto es una decisión que cada uno de nosotros toma día a día, muchas veces a lo largo del día (no hay buenos y malos, sólo hay actos buenos y actos malos). Lo moralmente correcto, a ojos de quien actúa, dependerá de lo que este piense que está haciendo. Un acto violento se torna un acto heróico y justiciero si quien lo realiza considera que está del lado de los buenos, batallando contra los malos.       


Sin pretender caer en un relativismo absoluto, y relevando el rol que tiene la ley para determinar lo aceptable y lo no aceptable en cada sociedad, hago un llamado a ser críticos con nuestro propio pensamiento. Hacer un esfuerzo no por adoptar sino para comprender el punto de vista y la forma de sentir del otro, reconocer que en la vida los grises predominan, y que la búsqueda del equilibrio es necesaria para la convivencia en paz.