El título de este artículo pretende dar cuenta de la lógica saludable que debiera albergar nuestro bienestar psicológico. Si se analiza la idea de “sentir – interpretar – actuar” en forma más rigurosa, podríamos pensar que, para el caso de emociones humanas debiera haber un aprendizaje previo al sentir, sin embargo, me remitiré a un análisis práctico del asunto, que nos ahorra un espiral del tipo huevo/gallina.

Por ejemplo, en el caso de emociones negativas complejas, como envidia o celos, primero asumiré deliberadamente que ambas pueden tener un sentido saludable, o benigno, independiente de su connotación social, pues, en un momento previo a su socialización, éstas pueden ser reguladas en sentido e intensidad, sin conllevar perjuicios para quien la experimenta ni para quien o quienes representan su objeto o foco (contra quien se siente la envidia, los celos, etc.).

Toda emoción tiene primero un momento privado, cuando se experimenta exclusivamente de forma individual, y que dependiendo del contexto nos permitirá procesarla de tal modo que no sea necesariamente dañina. En este punto cabría repasar principios básicos de empatía, función reflexiva e incluso comunicación asertiva, todo esto emparentado con lo que planteo. Pero para acotar, plantearé simplemente que muchas veces la fuente de sufrimiento de las personas más que referir a una emoción en particular, responde a una interacción, a un modo de socializar dicha emoción, que termina por hacerla aún más disfuncional, pues en vez de regularla, permitimos que se repita y perpetúe en el tiempo, volviéndose muy presente e igualmente indeseable en nuestras vidas. 

Tras sentir envidia, puedo ofender al otro, o ser indiferente de su presencia, o descalificarlo entre otras personas; como también, desde un polo positivo o saludable, puedo acercarme a esa persona, convertir la envidia en admiración, e incluso encontrar un modo de aprender de sí. Si este proceso resulta satisfactorio, en un futuro podría incluso llegar a reconstruir la experiencia, planteándome “en realidad no sentía envidia, sentía frustración de no poder hacer lo que el otro hacía…”, lo que daría cuenta de inmediato de un problema personal y no necesariamente con un tercero. Esto incluso nos podría permitir modificar recuerdos negativos, en relación a emociones e incluso sensaciones proyectadas contra otros, de ser re-evaluadas y re-significadas en el presente, lo que implicaría también un aprendizaje a futuro.

Son muchos los ejemplos que podría dar en relación a esta manera de comprender cómo la elaboración de las emociones deriva en un modo de resolución de conflictos, tras la idea central de ser capaces de auto-observarnos de forma consciente, aceptando nuestros vicios o errores, y siendo compasivos con ellos, pudiendo así lidiar más resueltos en distintos contextos donde siempre nos encontraremos con terceras personas que, tal como nosotros, cargan su propio equipaje emocional, no siempre conscientes ni capaces de hacerse cargo de aquello. 

En el mundo global el desafío es doble, pues la tecnología nos permite lidiar en tiempo real tanto con nuestro entorno inmediato, como con personas que se encuentran en lugares remotos, por lo que nuestra tolerancia, capacidad de respetar la diferencia, e incluso de no contaminarnos cuando tenemos la certeza de que se nos exponen ideas aberrantes están permanentemente a prueba; por lo que cabe siempre poner una pausa, sentir, interpretar lo que sentimos, y actuar tras cuestionarnos hasta dónde vale la pena llegar, cuánto de mis interacciones están siendo efectivas y provechosas para mí y para mi entorno, sea este inmediato o remoto. 

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