En un artículo anterior, expuse un tema que considero importante y que ha adquirido mayor protagonismo el último tiempo en nuestro país: el flujo migratorio internacional. Así, explicaba cómo este fenómeno social se ha analizado desde una visión adultocéntrica (centrada mayoritariamente en los adultos), sin considerar la experiencia particular de los niños y cómo éstos se ven afectados por los cambios socioculturales asociados.

Según un estudio realizado el año 2016, se estima que hasta el año 2015 la población inmigrante ascendía a casi medio millón de personas, en donde el 18% corresponderían a niñas, niños y adolescentes.  Desde ahí nace la reflexión de cómo podemos contribuir como ciudadanos a hacer esta experiencia menos traumática y más positiva para ellos, quienes a pesar de estar construyendo su autonomía a veces migran de manera independiente teniendo que enfrentar la realidad solos. La verdad es que la respuesta es muy sencilla: educación y empatía.

El racismo y la discriminación que sufren los niños, niñas y adolescentes inmigrantes en nuestro país es preocupante, ya que se fundamentan en la ausencia de políticas públicas de integración e interculturalidad basadas en un enfoque de derechos, pero también en estereotipos que nacen desde la ignorancia y el miedo; desde la visión de inferioridad del otro al cual desconocemos. Estos prejuicios que cargamos a menudo perturban el vínculo que podemos llegar a establecer con estas personas, al punto de provocar rechazo y hostilidad, y lo mismo se lo transmitimos como adultos a nuestros hijos, quienes repetirán nuestro patrón conductual con los demás niños y niñas inmigrantes con quienes se relacionen en el barrio, en la escuela, en los espacios públicos, etc.

Por lo tanto, educarnos sobre las distintas sociedades y culturas que nos rodean nos servirá como herramienta fundamental para entender al otro en su identidad, tanto individual como colectiva, y poder así comprender y aceptar sus diferencias. Si consideramos que todos los niños y niñas están en construcción para formar parte de nuestra sociedad, debemos ser conscientes de cómo los educamos; en un entorno amable, respetuoso y sin hostilidad.

Abrirnos a aprender sobre otros nos permitirá ser conscientes de nuestras diferencias y similitudes y así lograr conectar; darnos cuenta que tenemos mucho más en común de lo que pensamos, y a final de cuentas poder empatizar con la experiencia ajena.

Y no hay que dejar de tener presente que todos los niños, niñas y adolescentes son sujetos de derecho y como tales tienen derecho a participar plenamente en la sociedad en la que viven, a ser tomados en cuenta antes de decidir por ellos en los temas que los afectan y a ser protegidos independientemente de su raza, color, sexo, idioma, origen nacional, étnico o social. Es nuestro deber como personas, y en última instancia como ciudadanos, contribuir al cumplimiento de estos derechos y a la integración de estos niños, ya que de nosotros dependerá en quienes se transformen estas futuras generaciones multiculturales; personas más educadas, más empáticas, y con consciencia social.


ynfr.ozbicakci@gmail.com