No es novedad que en los últimos años se ha apreciado un notable aumento en el flujo migratorio hacia nuestro país. Personas de distintos países, en su mayoría latinoamericanos, vienen en búsqueda de nuevas oportunidades que les permitan desenvolverse con el fin de generar ganancias y sustentar su grupo familiar. Sea cual sea la causa, podemos estar de acuerdo en que el choque cultural que se produce es fuerte, y por qué no decirlo, muchas veces traumático. Gran parte de la población migrante ha declarado sufrir malos tratos, abusos y rechazo por parte de aquellos ciudadanos que no están de acuerdo con el intercambio cultural. Pero hay una parte de esta población que se pierde de vista, y aquí es donde es importante preguntarnos ¿qué sucede con los niños?.

Según la Convención de Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes, ratificada en nuestro país en los años 90, se consideran en este rango etario las personas que van desde los 0 hasta los 18 años, un rango bastante amplio en el cual se contemplan adolescentes, quienes muchas veces viajan por cuenta propia, estando expuestos a mayores riesgos y vulnerabilidad. En relación a esto, los factores estresores pueden ir desde algo tan básico como la imposibilidad de comunicarse en su idioma, las costumbres ajenas a lo cotidiano, la comida y los horarios, hasta lo más complejo, como las dificultades al integrarse al sistema escolar, el cambio constante de vivienda, la inestabilidad económica y por lo tanto, emocional.

En el caso de los NNA en nuestro país, estos conforman el 14% de la población total migrante, según la encuesta CASEN realizada el año 2011, lo cual conlleva a la necesidad de generar políticas públicas que puedan velar por el cumplimiento de sus derechos, tanto en aspectos dependientes del estado, como los dependientes de la ciudadanía. La Convención de Derechos de los NNA actualmente se rige por cuatro principios fundamentales: la no discriminación, la supervivencia, desarrollo y protección, el interés superior del niño y la participación. Y es en este último punto en el que como sociedad podemos contribuir a la integración de esta parte de la población que suele invisibilizarse al momento de plantear la discusión sobre intercambio cultural: contribuir a la integración social infantil.

Al discutir sobre la problemática migratoria y enjuiciar este fenómeno es necesario que tengamos presente que no solo hablamos de personas que van de un lugar a otro voluntariamente (en el mejor de los casos), sino que también hablamos de aquellas que vienen de contextos extremos, estresantes y con la intención de tener una mejor vida para sus hijos, de niños que vienen a un mundo desconocido para ellos con la esperanza de poder acceder a un mejor futuro, y que aquellos sentimientos de angustia, soledad y tristeza sólo se verán intensificados con la actitud discriminatoria que reciban, pudiendo desencadenar en problemáticas más graves. Si contribuimos como sociedad a la integración de esta nueva infancia, probablemente podamos aportar con un granito de arena al bienestar psicológico y social de estas personas, y disfrutar así mutuamente de las riquezas que entrega el intercambio cultural.

¿Cómo contribuir desde mi posición de ciudadano? Quedará para un próximo artículo.


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