En un artículo anterior, vimos algunas consideraciones sobre las mujeres que se ven obligadas a prostituirse (https://psiconetwork.com/sexo-poder-social-y-prostitucion-la-prostituta-primera-parte/). Igualmente sugeríamos ciertos nexos de unión entre la prostitución y la pornografía. Entre otros, ambas sirven para que algunos varones refuercen su modelo viril y machista, ora sea masturbándose viendo porno, o bien usando directamente ese cuerpo a través de la prostitución. El caso de las agresiones sexuales en grupo – que han sido analizadas por nosotros en otro momento – resume la quintaesencia de ese modelo machista, inserto en nuestra cultura, porque pone en práctica un comportamiento que, como espectador, ha visto muy a menudo en las películas y que refuerza y alimenta a través de fantasías sexuales y del placer sexual de la masturbación. No olvidemos que el placer sexual es uno de los más poderosos reforzadores de la conducta y, de ahí, nuestra insistencia en reivindicar una educación sexual profesional, como uno de los escasos recursos que tenemos para prevenir los riesgos que conllevan la prostitución y la pornografía. Decir esto, en según qué medios, por ejemplo, en Twitter o en Instagram, conlleva criticas virulentas como las que hemos tenido oportunidad de experimentar en carne propia.

Irse de putas

La prostitución, desde muy antiguo, ha estado escondida en burdeles y, el porno, permitido en cines especiales, en revistas un tanto mugrosas y en videos desgastados que se alquilaban en los video clubs o comprados en una gasolinera. Los que tenían Canal + eran unos privilegiados. Ahora es otra cosa: Todo está accesible en la red, incluso con glamour, con calidad HD en la imagen y en el sonido. Dicen que la escuela de la prostitución es el porno. No obstante, todavía una buena parte de la prostitución – porque aquí también hay clases – se exhibe en calles, plazas y polígonos industriales, incluso con la complicidad de algunos periódicos. Como es sabido, este hecho incrementa los riesgos consiguientes de agresiones físicas y robos por parte de algunos hombres que se aprovechan, más aún si cabe, de esa extrema vulnerabilidad. O de su proxeneta, que está acostumbrado a agredirla y a amenazarla permanentemente para que siga estrictamente las rígidas reglas establecidas por la cosa nostra.

Seamos claros: ¿La prostitución es el oficio más antiguo del mundo? No. Más bien y como ha dicho Sonia Vivas en un post que gustó mucho en Twitter: la forma de opresión, vejación, sumisión, utilización, maltrato y esclavitud hacia la mujer más vieja que se recuerda”. Otra mujer (Ulloa T. 2011) ha dicho algo similar: “La prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino que es la explotación, la esclavitud y la violencia de género más antigua que los hombres inventaron para someter y mantener a las mujeres a su disposición”.

Por tanto, cabría considerar que se trata de una situación de especial vulnerabilidad, consecuencia de las desigualdades existentes, que obliga a las mujeres a vender su cuerpo, durante un rato, por unos cuantos euros y, a cambio, dejarse hacer lo que quiera por parte del comprador. Hay infinitas situaciones donde se producen estos abusos: sexo por alquiler de habitación, por trabajo, por mediar en alguna gestión, por necesidad, por engaño…etc. Recuerdo haber visto algunos documentales sobre prostitución donde ellas detallan algunas de sus duras experiencias. En una ocasión una de ellas refería que recibió un cliente, que acababa de salir de la cárcel y que le pagó por adelantado. Cuando ella le preguntó que quería que le hiciera, él se bajó los pantalones y mostrándole su pene lleno de heridas, costras y pus, le dijo: hazme una mamada. Relata que no tuvo más remedio que hacérselo porque previamente le había pagado y, también, por temor a ser agredida por un ex recluso.

Otro caso extremo y repugnante de esta situación de esclavitud, de la más rigurosa actualidad, es el «aprovechamiento» en situaciones de mayor vulnerabilidad, como por ejemplo las condiciones socioeconómicas después de una guerra o en campos de refugiados, donde los «servicios sexuales» se compran-imponen por un trozo de pan, como han denunciado diferentes ONG: «Sexo por pan para las refugiadas sirias con el conocimiento de la ONU» se decía en algunos titulares de periódicos hace unos pocos meses. Los agresores, «retenían la ayuda que habían recibido y usaban a estas mujeres con fines sexuales, a cambio de esa ayuda».

Al parecer era tal la generalización de estas prácticas horrendas que las mujeres no querían ir a recoger estas ayudas porque «se asumía que, si habías ido a estos centros de distribución de ayuda humanitaria, habías participado de algún tipo de acto sexual a cambio de ayuda». Terrible, porque, en estas circunstancias de extrema vulnerabilidad, lo último que necesitas es a un hombre – en el que, se supone, debes confiar y que está para ayudar – pidiéndote tener sexo a cambio de retener la ayuda humanitaria que te pertenece.

Por consiguiente, la prostitución no afecta a todas las mujeres de la misma manera, porque no todas las mujeres son iguales. No es lo mismo ser una mujer blanca centroeuropea, con estudios superiores e independencia económica, que una mujer que vive en Marruecos o en Senegal. O aquella que lo hace en Siria atrapada en la feroz guerra que se libra desde hace tiempo. En estos países hay un gran mercado de mujeres extraordinariamente vulnerables y, por tanto, candidatas a que las mafias vayan a buscarlas. Las esclavas son transportadas desde otros países más pobres, en los que es mucho más fácil quedarse pescadas en la telaraña que las organizaciones mafiosas hábilmente despliegan para su captación. Estas desigualdades hacen sumamente difícil, si no imposible, la erradicación de esta lacra.

Seamos claros: Según diferentes estudios, sabemos que España es el paraíso de los proxenetas, de los prostíbulos y de los puteros. Somos uno de los países que más destacan a nivel mundial en el consumo de los servicios prostituyentes ya que, dicen, ocupamos el 3º puesto. Incluso en la geografía de la piel de toro, algunos burdeles, por sus dimensiones físicas y de negocio, están en los primeros puestos mundiales. Además, en España hay una cultura tolerante con la prostitución. En cualquier carretera hay uno o varios lupanares, cárceles con rótulos de neón, sin ningún tipo de discreción. Locales “de toda la vida”.

Tolerante porque, por ejemplo, los diferentes procesos judiciales en curso en España, en razón de la corrupción generalizada de los partidos políticos – unos mucho más que otros, claro, y en unos países más que en otros ¿o no? – han revelado la práctica habitual de festejar el contrato ilegal conseguido, en un burdel, con «volquetes de putas» o «coca y putas», según los medios de comunicación. ¿Y qué decir de las andanzas de algunos políticos relevantes – que no cito pero que están en boca de todos y todas– en este asunto? Se trata de un ejemplo significativo, para ilustrar que el poderoso, en ocasiones, mal usa su poder con la finalidad de obtener favores sexuales. En nuestra sociedad, a mayor poder, más posibilidades de obtener sexo, bien sea comprado, obligado o forzado. Por eso, en otro momento, nosotros hemos hablado de la erótica del poder y de que, en algunos casos, este mal uso del poder, en sí mismo, excita a ciertos varones. Igual que ocurre en algún tipo de agresor sexual.

El putero

También sabemos que la mayoría de los puteros, son casados o tienen novia y que, lógicamente, su mujer no sabe de tales andanzas y si usa o no preservativo. Igualmente somos conocedores de que una fuente importante de contagio de las mujeres casadas, es a través de esta vía. Y que el conflicto en la relación de pareja, cuando esto ocurre y se desvela, es devastador.

Seamos claros: Cuando va de putas, el putero, quiere demostrarse así mismo que tiene el poder. De un poder del cual él se auto-inviste, resultado de un eficiente aprendizaje cultural. Que es un “hombre” y que puede hacer lo que quiera a una mujer por 20 euros. Que tiene ese derecho. Cuanto más cutre es el precio, más riesgo de abuso, porque la mujer es más vulnerable. Y que, con ese poder, en ese intercambio de vagina/polla o boca/polla o ano/polla, por dinero, el putero experimenta un cierto placer complementario – no sabemos si mayor o menor que el fisiológico resultado de la eyaculación – a tenor de que la finalidad es: “hacerla suya”, “poseerla”, “dominarla” “tenerla a su disposición”, “hacer lo que yo quiera”, durante un tiempo. Esta es, a nuestro juicio, una motivación importante del putero y de su hábito, o adicción, según se mire.

¿Qué hacer entonces? Es de sobra conocido el agrio debate existente en torno a este extremo y que podría resumirse en cuatro posiciones: abolición, penalización clientes-proxenetas, legalización o dejar las cosas como están, es decir permisividad y mirar para otro lado. Hay quienes solo plantean dos: legalización o abolición. Nosotros, en términos generales, si bien consideramos la abolición como una postura justa, y desde luego la más ética, igualmente tenemos claro de la utopía de tal anhelo, porque exigiría la desaparición cuando menos de las desigualdades en todos los países del mundo. Empeño imposible fundamentalmente por esa globalización. Mientras haya una mujer necesitada en algún lugar del mundo, habrá un proxeneta al acecho. Mientras haya un putero que quiera sexo por dinero, habrá un proxeneta dispuesto a sacar tajada. Actuar contra estos mediadores parece ser una de las claves del éxito de su notable disminución en algunos países. En los países desarrollados, se acabará estableciendo algún tipo de regulación.

Holanda, como Alemania, optaron por la legalización de la prostitución y Suecia por la penalización con una ley de 1999. Sin embargo, los efectos de la legalización no han sido en absoluto los deseados, sino que la situación parece haber empeorado. El modelo sueco es muy diferente y, por ello, los resultados parecen que son rotundos y muy esperanzadores, por lo que este modelo está siendo evaluado por países como Finlandia, Noruega o Escocia.

Uno de los pilares más exitosos del modelo sueco es que se despenaliza la venta de los servicios sexuales de las prostitutas. En Suecia la prostitución se considera como una parte más de la violencia masculina y una forma de explotación de las mujeres, niñas y niños, como bien ha señalado Marie De Santis, quien no tiene reparos en afirmar que “la igualdad de género continuará siendo inalcanzable mientras los hombres compren, vendan y exploten a mujeres, niñas y niños, prostituyéndoles”. Por tanto, Suecia ha apostado por la penalización (a los clientes y proxenetas, no a las prostitutas que disponen además de grandes recursos en servicios sociales), con resultados muy esperanzadores, que están siendo evaluados por otros países.

Aquí, en España, el asunto es bien diferente. Somos conscientes de las enormes y complejas dificultades y presiones para afrontar valientemente este problema. Sin embargo, habría que hacer algo a sabiendas de que se trata de un proceso lento y extraordinariamente complejo. Si hay voluntad política real, el proceso podría agilizarse en alguna medida, aunque dudo que la sociedad esté sensibilizada hacia este problema, en el grado necesario para plantear un debate en profundidad. No me imagino una proposición legal al respecto en el parlamento de Andalucía, donde las derechas y la ultraderecha son mayoritarias. Tampoco lo tengo muy claro en el parlamento español, con una posible mayoría de izquierdas.

Las cosas que molestan tendemos a aparcarlas y meterlas debajo de la alfombra, mientras miles de mujeres españolas casadas o con pareja, se arriesgan a un contagio sexual porque su marido/novio es un putero. Y, tal vez, malos tratos. Y miles de mujeres están sufriendo daños irreparables para su vida y su salud, sin los servicios sociales y sanitarios adecuados que las apoyen para salir de ese pozo. Por otra parte, habría que considerar si el incremento de la violencia de género tiene algo que ver con el consumo de servicios prostituyentes.

Con todo, la sociedad española, a través de sus representantes políticos, debería establecer leyes específicas para sancionar el uso de la prostitución y la violencia hacia las mujeres. Si bien el modelo nórdico tiene algunos inconvenientes en un mundo globalizado (por ejemplo, el turismo sexual hacia países permisivos) es una buena manera de comenzar, en la medida en que el lema de algunas manifestaciones sobre este asunto: “Sin clientes no hay prostitución” es de sentido común. Desde un planteamiento ético, habría que decir alto y claro que, el cuerpo de la mujer, no puede regularse bajo ningún concepto, solo como un objeto de placer para el hombre.

En España ningún gobierno, sea de derechas o más progresista, lo ha intentado y han preferido dejar las cosas como están. No hay agallas para hincarle el diente a este asunto y muchos/as políticos/as, más preocupados por las prebendas del cargo, no quieren ensuciarse las manos con la prostitución, cuestión de la que huyen como si se tratara de una enfermedad híper contagiosa. A lo sumo una cierta reglamentación, sin que se note mucho, como ocurre en algunas Comunidades Autónomas, que incluye una asistencia sanitaria pública, voluntaria y gratuita de las prostituidas para, entre otras cosas, no contagiar a las esposas de los puteros.

Y todo ello, a pesar de que, el 18 de diciembre de 1979, la Asamblea General de las Naciones Unidas, estableció que las naciones que conformaban esta institución, tomarán las medidas necesarias inclusive las de carácter legislativo, para suprimir cualesquiera formas de trata, explotación y prostitución de la mujer. Han pasado un montón de años desde aquella declaración y seguimos prácticamente igual.

Soñando un poco cabría sugerir que, de llevarse a cabo esas medidas, no habría que olvidar dos cosas:  deberían dedicarse importantes recursos tanto de carácter social para las mujeres que abandonen la prostitución; como educativos, para prevenir que las próximas generaciones no participen como clientes en este sórdido mundo.

En resumen, además de las medidas coercitivas hacia los puteros y los proxenetas, hay que hacer un esfuerzo en prevenir la prostitución en los futuros usuarios, a través de la educación. Es uno de los escasos recursos que tenemos y hay que aprovecharlo al máximo. Somos defensores acérrimos de esta alternativa. En las familias y en los centros de enseñanza deben abordarse sistemáticamente cuestiones como la prostitución y la pornografía a través de una adecuada educación sexual profesional. Y, además, en casa para que el padre y la madre digan a su hijo, cuantas veces sea preciso, que nunca vaya de putas. Que, si quiere tener relaciones sexuales, se lo curre: que enamore y seduzca a alguna de las/os chicas/os que están a su alrededor. O que utilice la masturbación mientras tanto, pero que no use como objeto y falte al respeto a esa mujer que se ve obligada a tener sexo por dinero y no alimente el sistema prostituyente.

Ese joven debe saber que el putero, cuando se va de putas, está manteniendo un sistema mafioso de explotación de las mujeres. Legitimando la esclavitud sexual. Como, seguramente, se lo reprocharían su mujer, novia, hija, hermana, madre o abuela en el caso de que lo supieran.

Y, a su hija, aunque esto es más improbable, decirle que hay actividades profesionales mucho más gratificantes y éticas. Que no recurra al trabajo fácil para comprarse unos caprichos y no hipoteque su hermosa vida sexual y afectiva. En otro momento hemos sugerido algunos criterios educativos acerca de este asunto. (Por cierto, creo que tenemos que hablar con nuestros hijos e hijas sobre la prostitución y lo cuento aquí: https://gaptain.com/blog/educar-sobre-la-prostitucion/ ).

Es verdad que llevamos décadas reivindicando cosas así. En nuestras conferencias a familias y profesionales lo repetimos constantemente, aunque muchos de ellos no acaban de darse cuenta de las implicaciones que conlleva, de ahí que se nos antoje una quimera por ahora. Pero eso es lo que hay.