Hace unos cuantos años publicaba un artículo en el que hacía referencia a los numerosos destrozos, en todos los órdenes de la vida, que provoca el machismo a mujeres y a hombres. Si bien es absolutamente cierto que los hombres tenemos unos privilegios extraordinarios, también lo es el que, tales prerrogativas, no son gratis. Tienen su precio. Y los pagamos. Yo creo que, con creces, aunque otras personas dirían que no es para tanto, incluso manifiestan sentirse ofendidas por tal aseveración.

Y lo afirmaba, entre otros argumentos, por el sufrimiento que manifiestan no pocos varones, por tratar de seguir a pies juntillas su propio modelo masculino en muchos ámbitos de su comportamiento en general y en lo que se refiere a su conducta sexual en particular: Un modelo de competitividad y rendimiento. Por ejemplo, la conducta sexual es paradigmática de ello: Estar siempre dispuesto, dar la talla, cumplir en la cama, tener siempre una erección a demanda, dejarla satisfecha… en fin, tareas imposibles de mantener desde cualquier punto de vista.

Vano empeño por el que algunos hombres luchan denodadamente y acaban perdiendo, como no puede ser de otra manera. Insatisfechos. Incapaces de disfrutar. Carne de cañón para clínicas privadas y empresas farmacéuticas de píldoras de colores que se hacen de oro aprovechándose de las miserias e inseguridades masculinas. Y les aseguro que aquí hay un negocio extraordinario. Pero no se trata solo de una cuestión cuantitativa.

El artículo provocó en algunos sectores cierta polémica y algunas mujeres ofendidas me lo recriminaron. Decir esto ahora en plena ola de feminicidios y agresiones sexuales por parte de los varones puede resultar políticamente incorrecto. Pero nadie me va a acusar de machista, cuando llevo defendiendo la igualdad desde hace 40 años en libros, artículos, cursos y conferencias. Y vuelvo a sacar este debate porque estoy seguro que, al hacerlo, hombres y mujeres salimos beneficiados en la medida en que ello puede contribuir, aunque solo sea una pizca, a una mayor igualdad. Por consiguiente, sigo manteniendo que uno de los perjudicados del machismo es el propio hombre y que mientras los hombres no tomemos conciencia de ello, poco avanzará el proceso de igualdad entre mujeres y hombres.

Recientemente en cuatro redes sociales publiqué varios posts sobre machismo y feminismo y comprobé que, aunque tuvieron más de 30K de visualizaciones, todavía quedaba mucho camino por recorrer porque generaron no poca polémica. Epítetos de machirulo, señoro y mangina fueron los más suaves que me dirigieron.  Y me permito transcribir solo dos de ellos que decían lo siguiente:

1.- MACHISMO: Cuando los jóvenes me preguntan sobre el machismo, en las conferencias y grupos que hago con ellos, suelo decirles que se trata de un conjunto de valores, creencias, normas y leyes atávicas que fueron estableciendo una supremacía de los hombres sobre las mujeres, lo que ha dado lugar a no pocas desigualdades entre ambos y numerosos privilegios en favor de los varones. Privilegios que muchos hombres quieren preservar, aumentar y nunca compartir. Y muchas mujeres están hasta el moño de esta injusticia. Y esta supremacía se estableció en base a lo que cuelga, o no, en la entrepierna al nacer. Llamarme simple, pero lo entienden muy bien. Y en esas estamos.

2.- El segundo era sobre el FEMINISMO y decía lo siguiente: Dado que mi último post sobre el #MACHISMO ha tenido alguna que otra polémica y varios miles de visualizaciones -cerca de 9k- y, teniendo en cuenta que, en ese debate, ha surgido el término feminismo, comparto lo que les cuento a la juventud, en las charlas y grupos que hago, cuando me preguntan sobre el FEMINISMO. Primero, que se lean la siguiente definición: https://lnkd.in/gESP8em

Y, si una vez leída, siguen insistiendo en que les dé mi opinión, les digo con toda cautela y respeto hacia las mujeres, lo siguiente:

“El #FEMINISMO es un conjunto de valores, creencias y reivindicaciones de las mujeres que acabaron transformándose en un movimiento social y político. Surgió como reacción a la explotación de la que han sido objeto a lo largo de la historia y de las profundas desigualdades que existen entre ellas y los hombres, así como contra los cuantiosos privilegios que han venido disfrutando los varones desde tiempos inmemoriales, resultado del poder que se han dado a sí mismos, en razón a que se consideraban superiores a ellas. Privilegios que muchos quieren preservar, aumentar y, si hay que compartir, lo hacen de mala gana. Muchísimas mujeres están cansadas de esta injusticia y, con el feminismo, pretenden una liberación y una igualdad en el poder. En los privilegios: COMPARTIR. Esta superioridad del hombre se ha justificado y continuado en base a si, al nacer, había una vulva o no en la entrepierna. Llamarme simple, pero lo entienden muy bien. Y en esas estamos”. 

Algunos datos de interés

Sin quitar un ápice a la importancia y trascendencia de la violencia de género, tomemos por ejemplo los delitos cometidos en nuestro país (España). Según el INE, en 2010, de los 266.548 delitos cometidos 242.165 lo fueron por hombres y solo 24.383 por mujeres. No llega ni al 10%. Otro informe del Ministerio del interior, sobre los homicidios y asesinatos resueltos en 2012 revela que ellos mueren asesinados en reyertas (1 de cada 3) y en las mujeres por la violencia de genero (1 de cada 2). En 2016 otro informe señala que el porcentaje de hombres asesinados es del 61,56%, mayor que el de mujeres que ha sido del 38,44%.  Dado que el asesino y el asesinado es mayoritariamente hombre, la conclusión es obvia: nacer hombre tiene mucho más riesgo que nacer mujer. Además de que los hombres – en parte por nuestros poco saludables hábitos de vida – nos morimos antes, nos matamos entre nosotros. La cárcel está llena de hombres que matan a otros hombres por demostrar su hombría. El hombre que es un lobo para el hombre. No sé qué ocurre en el resto del mundo, pero me atrevo a decir que será muy parecido.  Seguramente mucho peor en los países más pobres. Y, probablemente, las víctimas sean de edades jóvenes.

Aparte de los homicidios, dedicamos mucho tiempo a luchas, peleas, broncas y agresiones entre hombres. Para ver quien tienen más poder. No he visto a ninguna mujer peleándose antes y después de un partido de futbol. ¿Cuántas mujeres han visto corriendo delante de una piara de toros bravos? O quedar exclusivamente para pegarse, para hacerse daño. Mucho más si hay alcohol de por medio, o drogas en cuyo consumo también lo petamos. ¿La testosterona o el machismo, o ambas cosas a la vez?

Accidentes de coches para ver quien corre más. Competir por las mujeres, a ver quién folla más, quién dura más en el coito o quién la tiene más larga. O quien tiene el coche más potente. Siempre empeñado en destacar y ganarle al otro hombre, al precio que sea. Homínido total. ¡Qué empeño más estéril! ¡No me digan que esto no es una enorme desgracia!

El modelo tradicional de hombre es un modelo de competitividad y rendimiento, con el resto de los hombres. Se trata de demostrar, desde la más tierna infancia, quién es más machote. Y esto tiene un coste extraordinario. El macho es duro, tiene que aguantar lo que sea, no expresa emociones, reprime sus sentimientos, no llora. No es tierno ni dulce. Pero, sobre todo, lo dramático del caso es que, esta cultura, fomenta la muerte de hombres que quieren demostrar a sus víctimas que son más hombres que ellas. ¡Qué importa eso después de muertas!

Los datos de violencia de genero son ya insoportables: En España superan el millar de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, en unos pocos años. Aunque hablaremos de ello en otro artículo, sigue estando normalizado lo de maltratar a la mujer: “Mi marido me pega lo normal”, hemos escuchado varias veces en muestras consultas. Y algunos lo hacen porque pueden y porque se creen con ese derecho a hacerlo.

Una muestra terrible de esta obsesión machista es lo que se conoce como “violencia vicaria” cuando el agresor-asesino utiliza a sus hijos/as menores, matándolos, para conseguir su objetivo final: hacer el máximo daño a la madre privándola de lo que más quiere. Rara vez ocurre esto en las mujeres.

Hay un modelo tradicional bien conocido y otro modelo más igualitario al que anhelan llegar los varones más comprometidos y en donde les esperan muchas mujeres con los brazos abiertos. Todavía es minoritario y lo comprobamos en las conferencias y cursos que impartimos. En el medio de los dos hay otro modelo que, a nuestro juicio, es el predominante: el de aquellos chicos que, aspirando a la igualdad, se ven atrapados en una cultura que ha promovido la desigualdad durante siglos, divergencia que parece formar parte de su ADN. Hombres que no acaban de digerir el imparable ascenso de las mujeres y que vayan teniendo más presencia y poder en la vida.

Algunas consideraciones educativas

Un reciente informe (FAD y Fundación Reina Sofía) sobre la juventud española, ponía de manifiesto el mantenimiento de valores machistas, como por ejemplo el que los chicos tiendan a llevar a cabo conductas de control sobre su pareja, en aspectos como el uso del móvil, de la ropa o de su conducta en la calle con otros chicos. De ahí nuestra insistencia permanente en poner el foco en la educación, como alternativa más adecuada a esta situación.

La situación cambiará cuando los hombres tomemos conciencia de que, siendo machistas, además de hacer un enorme daño e infringir un gran dolor a otras personas, de ser infelices, nos estamos perdiendo cosas muy hermosas. Que una relación más igualitaria con una mujer es algo más difícil, pero mucho más gratificante. Que la vida puede ser más agradable si dejamos de estar permanentemente compitiendo, liberándonos de ese machismo dañino. Que querer ser más hombre que otro, es una soberana estupidez que no conduce a ninguna parte. Que es absurdo y estéril demostrar la masculinidad por medio de la violencia.

Hay que cambiar. Sería deseable usar el poder que tenemos, que se lo hemos arrebatado a las mujeres, no para hacer daño al otro o a la otra, sino para acercarse y limar las desigualdades. Compartir ese poder con las mujeres, negociando su uso. Dialogando. Más que ser hombre o mujer, lo importante es ser persona, que tiende la mano a la que está a su lado, empatizar con ella y tratar de ayudarle en la medida de lo posible. Y eso no solo no es una debilidad, sino un bello signo de humanidad que nos honra como especie.