En nuestro recorrido por el laberinto que pretende aproximarse, a algunos de los condicionantes sociales y culturales a los que la sexualidad se ha visto sometida a lo largo del tiempo, hoy queremos dedicar un pequeño espacio al extraordinario poder que tienen los laboratorios farmacéuticos en las políticas de salud -en particular al lobby que configuran las empresas que comercializan fármacos diseñados para estimular la erección masculina y el deseo sexual en la mujer- sugiriendo algunas reflexiones sobre el particular.

Fíjense la paradoja: En este momento, en el que escribo este artículo, hay en el mundo centenares de proyectos de investigación con la finalidad de descubrir la vacuna y tratamientos del COVID-19. Cada equipo va por su lado, guardándose celosamente sus avances, en espera de conseguir el negocio de la década.  Parece que, la salud, es ante todo un buen negocio, en particular en algunos Estados y eso tienen sus consecuencias: en esta pandemia las personas afectadas han sido en determinados países, las más vulnerables.

Pues bien, hemos tenido la oportunidad de participar en diferentes foros, invitado a exponer nuestra perspectiva respecto de las disfunciones sexuales masculinas y la importancia de los factores psicológicos en estos problemas y, claro, hemos analizado el fenómeno de las “pastillas de colores” para varonespor no dar ninguna publicidad a las cinco marcas comercializadas actualmente-. Reconozco, no obstante,el espectacular pelotazo económico que, al parecer, les ha supuesto a las compañías fabricantes de estos medicamentos las ventas mundiales de los mismos[1].

Dado el impacto psicológico que ha provocado la generalización de estos productos en la conducta sexual masculina y, por tanto, de la pareja, así como la trascendencia social que está teniendo este hecho en nuestro país, nos parece oportuno ofrecer nuestra versión de este fenómeno, de singular trascendencia, a tenor de que, junto a la normalización de la pornografía violenta o el consumo de prostitución entre otros factores, podría contribuir a la configuración de un nuevo paradigma de la sexualidad en el S. XXI que se está produciendo.

Estos cambios, preciso es reconocerlo, no han dejado de sorprendernos por múltiples razones. La experiencia clínica en nuestra consulta con hombres y parejas aquejados de problemas erectivos desde hace muchos años, nos lleva a plantear serios interrogantes a este fenómeno que tiene un fuerte componente mediático.

El primer interrogante es ¿A quién sirve esta obsesión por estos productos encaminados a producir erecciones en el varón o a provocar el deseo en la mujer?  o dicho de otro modo ¿Quién o quienes se benefician de ello?

Tal vez el hecho de que el hombre siga teniendo el poder en la sociedad y que este fármaco trate de resolver un problema que afecta a muchos de sus congéneres – que más tarde o temprano afectará a la gran mayoría en forma de episodio transitorio el famoso gatillazo[2] – ha podido contribuir a este extraordinario impacto que han provocado estos productos. En el caso de la mujer[3] habría que verlo como un suculento mercado, ansioso por comercializar el fármaco “milagroso” que ponga ganas donde nos las hay[4]. El carácter adictivo de estos fármacos y por tanto su consumo de por vida, no habrá de soslayarse.

La sociedad masculina es mucho más sensible a los problemas que hacen referencia a la entrepierna del varón. Se han oído algunas voces muy críticas desde sectores femeninos en el sentido que ni siquiera la curación del cáncer – y mucho menos la que tuvo la píldora anticonceptiva para la mujer, a pesar de la revolución social que supuso en la década de los años 60 del siglo pasado – habrían tenido tan fantástica acogida y tan vertiginosa puesta a la venta, aunque bien es verdad que las ventas masivas de estos productos y los beneficios que, al parecer, están obteniendo los laboratorios, justifican en parte toda esta “movida”.  Sin embargo, hay otras muchas cuestiones que analizar.

Aunque sabemos de la casuística[5] y preocupaciones que genera la Disfunción Eréctil, las propias farmacéuticas dicen que en España hay más de dos millones y medio de varones con una disfunción eréctil. Resulta fácil imaginarse los ingresos que suponen consumir de por vida este medicamento que no está incluido en la cartera de prestaciones de la sanidad pública. Cada pastilla, según la marca, puede costar en torno a los 10-14 €, por lo que, con una frecuencia razonable de relaciones sexuales, al paciente le va a suponer no un ojo de la cara, si no los dos. A este paso, tener relaciones sexuales va a ser un asunto solo para pudientes.

Antes de nada, damos la bienvenida a cualquier avance científico que suponga mejora en la salud de las personas y que evite el sufrimiento. Si este fármaco beneficia a la salud sexual de algunos hombres que sufren por problemas erectivos, particularmente aquellos de mayor edad, hemos de congratularnos sinceramente por ello.

Sin embargo, no estamos de acuerdo en el mensaje que, a menudo, se impone por doquier, de que la disfunción eréctil es resultado fundamentalmente de causas biológicas, que es un buen indicador de un infarto para los próximos dos o tres años y que el único tratamiento es el farmacológico, apoyándose, en algunos casos, en investigaciones y estudios financiados por los propios laboratorios que fabrican esos medicamentos.

Desearíamos un exquisito celo profesional en este sentido para evitar sorpresas desagradables y abusos de toda índole. Uno de ellos se refiere al mercado negro y a la venta por internet de estos productos con lo que los riesgos se multiplicarían. Otro sería un cierto encarnizamiento terapéutico con estas y otras técnicas pro-erección. Afortunadamente las prótesis y las inyecciones directas en el pene son parte de la historia. También la minusvaloración de las indudables causas y consecuencias psicológicas que están presentes en todas las disfunciones sexuales.

Búsqueda del afrodisiaco.

En primer lugar, hay que decir que los hombres han buscado desaforadamente y desde antiguo, algún producto que estimulara su potencia sexual. Por tanto, teníamos un excelente caldo de cultivo. Más recientemente esta búsqueda se ha trasladado a la sexualidad femenina por la prevalencia del trastorno del interés sexual y/o de la excitación, según el DSM-V

En segundo lugar, la atención sanitaria en nuestro país es básicamente médica y remedial. Las inversiones en prevención y promoción de la salud integral son ridículas si se compara con la atención técnica-hospitalaria-farmacológica. Desde esta perspectiva la presión de los laboratorios es extraordinariamente importante en este modelo sanitario. Da la impresión de que la enfermedad, entendida desde una perspectiva orgánica y tradicional, parece que solo tiene una alternativa: el mágico fármaco reparador.

Y en este sentido no podemos soslayar el hecho de que puedan existir abusos y exageraciones en la atención a estos problemas, en forma de presión de las empresas farmacéuticas a los profesionales sanitarios. No es la primera denuncia que ha habido en este sentido[6], incluso subvencionando y controlando asociaciones de pacientes[7].

En tercer lugar, hemos de referirnos a las condiciones socioeconómicas, que favorecen el estrés omnipresente en nuestra sociedad. El tiempo agobia y se buscan soluciones inmediatas y rápidas, que no creen demasiadas complicaciones. Algunos hombres se exigen una respuesta pronta y expedita ante una ocasión sexual, más aún si es novedosa, razón por la cual pueden ser capaces de hacer lo que sea con tal de tener su pene duro.

La cuarta cuestión es si, en realidad, el uso de estos fármacos va a redundar en una mejora de la calidad de las relaciones sexuales de la pareja y, por ende, de su propia relación. Albergamos muy serias dudas de que ello suceda. En una relación heterosexual: ¿Va a mejorar la vida sexual de la mujer? ¿Cuántas mujeres disfrutan con la penetración vaginal? ¿Cuántas mujeres van a soportar una erección de larga duración? O, a lo mejor, obligadas a hacerlo porque el fármaco es muy caro y no hay que desaprovechar. Imagínense si ella también requeriría su fármaco para iniciar la fase de deseo en su respuesta sexual.

Es muy probable todo ello sirva para reforzar un modelo de relaciones sexuales basadas en el coito y que tienen el coito como elemento central e imprescindible de las relaciones sexuales, mucho más deseado para el varón, así como para aumentar su “productividad sexual” y el rendimiento.

La quinta cuestión es que todos los hombres tendremos alguna vez un gatillazo y si bien preocupa profundamente a muchos hombres y a sus parejas, no significa en modo alguno que sea un indicador de trastorno cardiovascular. Generalmente desaparece y, si preocupa, una visita a un/a psicólogo/a especialista en Sexología es lo más recomendable. Este considerará oportuno derivar, o no, al médico urólogo andrólogo experto en conducta sexual.

En fin, nosotros somos partidarios de valorar la calidad más que la cantidad en las conductas sexuales y pensamos que, el deseo y las relaciones afectivas y sexuales entre las parejas, no pueden depender de unas pildoritas de colores, que producen una vasodilatación inmediata en los cuerpos cavernosos del pene, en hombres que no lo requieren. Potenciar una mayor comunicación entre la pareja, una actitud de experimentación en los juegos sexuales, usando nuevos recursos eróticos, cultivando la imaginación y la fantasía sexual, olvidándose del rendimiento y de las metas, tal vez pudieran ser mucho más beneficiosas, aun cuando no hubiera una rigidez total del pene.


[1] Solo con Viagra, se estima en varias decenas de millones de hombres que lo consumen en todo el mundo. https://elpais.com/economia/2018/03/26/actualidad/1522092483_657737.html

Véase también: https://es.statista.com/estadisticas/609589/ingresos-de-pfizer-por-el-medicamento-viagra/

[2] Este tema ya fue analizado en estas páginas: https://psiconetwork.com/el-gatillazo-y-la-disfuncion-erectil/

[3] https://www.eldiario.es/sociedad/antidepresivo-excitar-sexualmente-mujeres_0_422057971.html

[4] Este tema ya ha sido analizado en dos artículos de nuestro blog en esta revista.

[5] Papaharitou, S. y col. (2006) Erectile Dysfunction and Premature Ejaculation are the Most Frequently Self-Reported Sexual Concerns: Profiles of 9,536 Men Calling A Helpline. V. 49, I. 3: 557–563.

[6] https://cincodias.elpais.com/cincodias/2015/08/05/empresas/1438794920_078607.html, GSK y MSD, las empresas farmacéuticas más transparentes

[7] https://www.dsalud.com/reportaje/las-multinacionales-farmaceuticas-controlan-gran-parte-de-las-asociaciones-de-enfermos/