Para hablar sobre la utilidad de la psicoterapia cabe primero definirla; diré en breve que se trata de un proceso, dado en la conversación, a partir del cual un profesional formado para aquello, favorece u orienta a un cliente para que, en sus propios términos, produzca un lenguaje de autoreconocimiento, que le permita identificar y organizar, o reorganizar de un modo más acabado su experiencia personal problemática, es decir, identificar y elaborar situaciones o temas que la persona reconozca y sienta como la posible génesis de su sufrimiento o malestar. La especialización del terapeuta es fundamental, pues para orientar un proceso de estas características de manera efectiva, es necesario realizar un diagnóstico, el que es comprendido en términos de síntomas y/o signos, pudiendo éstos dar cuenta de una psicopatología, como ansiedad, depresión, estrés, etc., o no responder necesariamente a un diagnóstico convencional, pero sí evidenciar un modo particular o personal de funcionamiento que se encuentra alterado, a consecuencia de alguna o algunas experiencias que han derivado en conflictos de difícil resolución.

La vida nos mantiene con frecuencia enfrentados a situaciones que requieren ser resueltas, todas ellas en un contexto de relaciones sociales, sean estas directas (persona a persona) o indirectas (instituciones, comunicación remota, etc.), íntimas (familia, pareja) o más distantes (estudios, trabajo), pero la socializción humana va de la mano con tensiones o discrepancias entre las personas, que movilizan nuestros recursos psíquicos para ser resueltas.

En un momento socio-histórico de particular efervescencia, con movimientos sociales diversos que no han sido necesariamente bien acogidos, observamos, por ejemplo en redes sociales, verdaderas guerrillas, con eje en la discrepancia recíproca dada entre dos o más modos de comprender el mundo, expresando cada quien sus razones o teorías personales. Si llevamos esto a un plano más reducido, el resultado puede no ser muy distinto, pudiendo reconocer en nuestro medio más íntimo situaciones interpersonales que nos mantienen tensionados, y que pueden darse o transitar por contextos disímiles, como trabajo, estudios, familia, etc., sin implicar necesariamente un sufrimiento inabordable por quien lo padece. Si nos situamos ahora en un plano individual, donde cada quien cuenta con su propia historia y un desarrollo particular, marcado por las voces de quienes han estado presentes en nuestros primeros años de vida, momento desde el que se ha venido acuñando, hasta llegar a la adultez, lo que llamamos personalidad, las discrepancias o el sufrimiento pueden surgir cuando mi propio modo de actuar en el mundo no resulta profundamente coherente con aquello sentido. Y, en un contexto de relaciones sociales permanentes, actuar de manera contraria a nuestra esencia, o tomar decisiones que pueden estar influenciadas de algún modo por el pensamiento de terceros, no resulta difícil comprender cómo es que las personas muchas veces atentamos contra nosotros mismos o permitimos que, desde afuera, aquello ocurra, sin necesariamente ser conscientes, o a veces percatándonos solamente de las consecuencias, es decir, síntomas, signos o enfermedad.

La psicoterapia no excluye sufrimiento, al contrario, muchas veces lo demanda, pues implica reconocer nuestras áreas dañadas, y quizás enfrentar también nuestros errores más profundos, miedos, etc., donde sin duda aparecerán implicadas aquellas personas relevantes dentro de nuestra historia personal. Enfrentar aquello, de manera cuidadosa y responsable, lleva al alivio y la sanación. Cuando rigidizamos nuestras posturas, definiéndonos a nosotros mismos o a los demás en términos de «buen/malo», «blanco/negro», estamos negándonos a llevar a cabo los cambios que necesitamos ejecutar, y por ende más difícil será alcanzar el bienestar, ese que responde a mantenernos alineados con nuestro sentir profundo, personal y único.