El Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) puede considerarse similar en niños, niñas y adultos, sólo que en el caso de los menores las manifestaciones sintomáticas pueden ser muchas y muy diferentes. Como su propia denominación indica, el TEPT aparece cuando una persona ha estado expuesta a una situación o momento traumático que normalmente se caracteriza por muerte o amenaza real y grave para la integridad física propia o de los demás (guerras, catástrofes naturales, episodios de violencia, etc.). Estas exposiciones, como se ha de imaginar, provocan sentimientos de temor, horror y desesperanza que además, en el caso de los más pequeños, pueden ir acompañados de conductas desorganizadas y agitadas.

Desafortunadamente, el TEPT puede presentarse en 3 de cada 4 menores que pasan por estas difíciles circunstancias por lo que una pronta y correcta detección e intervención pueden servir de gran ayuda.

Cada uno de nuestros hijos e hijas, reaccionaría de forma diferente ante estos contextos pero existen una serie de síntomas que están presentes de forma persistente en estas situaciones:

  • Aumento de la activación. Normalmente se manifiesta por una mayor irritabilidad, se asusta con facilidad, tiene dificultades para dormir así como para concentrarse.
  • Revive el trauma. Esto puede hacerlo de diversas formas: con sueños (pesadillas), recuerdos (que pueden escenificarse en forma de juegos), a través de las sensaciones que pueden provocarles estímulos asociados…
  • Evita estímulos relacionados. Se puede producir una verdadera incapacidad para recordar aspectos importantes del trauma; se evita todo pensamiento, sentimiento, actividad o lugar que esté relacionado de alguna forma con la situación traumática; se restringe de forma significativa la vida afectiva; se reduce además la participación e interés por actividades que antes eran satisfactorias.

Para evaluar este tipo de casos lo fundamental es realizar una entrevista en la que se recojan y analicen las características y consecuencias del trauma, las manifestaciones que presenta el niño o niña en cuestión y, por último pero no menos importante, la interferencia que produce en su vida diaria.

En cuanto a la forma de intervenir o tipo de tratamiento que mejores resultados han aportado, no podemos hablar de una intervención concreta que esté claramente probada como eficaz, sino que sería la combinación de múltiples técnicas y elementos los que nos ayudarán a solucionar este tipo de casos. Lo más recomendado es, quizás, la exposición acompañada por técnicas cognitivas, si bien es cierto que, de forma transversal, debemos trabajar todo el tiempo en fomentar la comunicación y la expresión de las emociones.

Referencias:

Wicks-Nelson R e Israel A. (1997). Psicopatología del niño y del adolescente. Tercera Edición. Prentice Hall. Madrid.


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