El viernes 4 de octubre el Metro de Santiago de Chile anunció la subida del pasaje en $30 (menos de 5 centavos de dólar) para el horario punta, alza que se hizo efectiva el día domingo 6 de ese mes. Ese es el inicio formal de una serie de manifestaciones – que en frecuencia y adherencia son inéditas en mi memoria – las que se han conocido, ya de manera global, como “la primavera de Santiago”, la “revolución de los 30 pesos”, “revuelta de octubre”, “Chile despertó”, entre otras denominaciones.

Ciertamente los $30 no fueron el desencadenante exclusivo – ni de cerca el más relevante – de la serie de manifestaciones más profundas, masivas, consistentes e incluso transversales jamás vistas antes en el Chile post dictadura (tampoco hubo nada parecido en dictadura lo que es normal al tratarse, precisamente, de una dictadura). Los $30 fueron sólo el pretexto, la excusa, el gatillante, el acelerante de muchísimas energías retenidas esperando el impulso que sobrepasase el umbral de tolerancia para liberarse producto de años y años de acumulación y que, como un terremoto, fue antecedida por movimientos fuertes aunque menos bruscos (2001, 2006, 2011, etc.) hasta su  estallido franco el día 18 de octubre. 

Dentro de esa dinámica de energías desorganizadas, transversales y cruzadas que buscan una salida es que, quizás, se pueda comprender la falta de liderazgo y de demandas definidas, aunque hay algunos puntos que se repiten. Por un lado, existe una Constitución Política del Estado nacida al amparo de un plebiscito fraudulento que exige un quorum ridículo para que se le modifique en instancias medulares; un sistema de pensiones cuya percepción mayoritaria es que hace cada vez más millonarios a sus operadores mientras jibariza y empobrece a quienes, por años y años, han depositado obligatoriamente allí sus ahorros; un sistema público de salud pobre, lento y maltratador; una educación pública deficiente; miles de endeudados por los créditos de educación superior luego de estudiar carreras con las que, en muchas oportunidades, ni siquiera alcanzarán a cubrir los gastos de la vida; estafas megamillonarias – como nunca antes vistas en Chile – como el caso Penta, SQM, la colusión del papel higiénico, la colusión de las farmacias, la colusión de los supermercados, el desfalco en Carabineros de Chile, el desfalco en el Ejército… Por otro lado, hay productos y servicios como jamás antes; excelente educación, salud y calidad de vida pero para unos pocos.  

El día sábado 2 de noviembre en la edición digital de La Tercera aparece un artículo de Mario Vargas Llosa en el que describe la situación chilena sosteniendo que, más que un movimiento de queja por la propia pobreza y las malas condiciones básicas de vida, lo nuestro es un estallido de las clases medias que luchan por obtener los beneficios del desarrollo que, de momento, pueden disfrutar unos pocos. Antes, me parece que el sábado 19 octubre, el periodista Fernando Paulsen en CNN, parafraseando a Jean-Jacques Rousseau, hablaba de la necesidad de un nuevo Pacto Social (discúlpeseme si me equivoco en la última fecha). Posteriormente se han visto muchas ediciones en periódicos, semanarios y programas de televisión en torno a la idea de un nuevo Pacto Social que recoja las demandas de una sociedad más justa, con mejor distribución de los ingresos y con mayores niveles de equidad.  

En las calles, a través de la televisión, en las imágenes de los periódicos y, especialmente, en las redes sociales vemos como, aun después de un mes, las manifestaciones continúan vigorosamente una suerte de vida propia por donde, casi también con un espíritu propio, marchan las demandas exhibidas en pancartas, en carteles, pegadas a las murallas y en los monumentos pidiendo el fin del sistema de pensiones (AFP), la condonación de los créditos de educación superior, un cambio radical en la salud, una nueva Constitución y hasta, entre muchísimas peticiones, la renuncia del presidente Sebastián Piñera. Sin embargo, fuera de estos puntos reiterados – muchos de ellos más sanguíneos que plausibles – existen y han existido muchísimas experiencias cotidianas, tortuosamente diarias, consistentes y constantes que también han ayudado a esta expulsión de energías, rabia y descontento e, incluso, quién sabe si más que cómplices son también constituyentes de la fuerte masa de indignación que atravesamos. Es respecto de estas experiencias menos icónicas y menos expresadas sobre las que invito a voltear la mirada para que, en conjunto, podamos generar un puente que refleje las necesidades de un nuevo pacto social en un, también, nuevo trato. 

Lo ejemplificaré con lo más fácil y que más resalta por la cercanía en el tiempo y por el impacto a nivel de representación institucional además de mediático de quienes hablan. Hace muy poco Jaime Mañalich, Ministro de Salud, dijo en un matinal que el sistema de salud chileno es de “los mejores del mundo y más eficientes”; “El que madrugue será ayudado, de manera que alguien que sale más temprano y toma el metro a las 7 de la mañana tiene la posibilidad de una tarifa más baja que la de hoy…” dijo el ex Ministro de Economía Juan Andrés Fontaine a propósito del alza de los pasajes en el metro en horario punta; el ex Subsecretario de Redes Asistenciales, Luis Castillo señaló en una entrevista que «los pacientes siempre quieren ir temprano a un consultorio, algunos de ellos, porque no solamente van a ver al médico sino que es un elemento social, de reunión social»; en una tónica similar, el ex Ministro de Educación expresó en una entrevista a CNN “Todos los días recibo reclamos de gente que quiere que el ministerio le arregle el techo de un colegio que tiene goteras, o una sala de clases que tiene el piso malo. Y yo me pregunto: ¿por qué no hacen un bingo?” complementando luego “Por qué desde Santiago tengo que ir a arreglar el techo de un gimnasio. Son los riesgos del asistencialismo, la gente no se hace cargo de sus problemas, sino que quiere que el resto lo haga”. Como los anteriores, hay muchísimos ejemplos de declaraciones y también de actos indolentes, casuales, con un nivel de lejanía, de desvinculación respecto de las vivencias cotidianas de las personas y, no sé si peor, del rol que les toca honrar como representantes de lo público que se sienten escalofríos. 

Pues bien, el meollo del asunto es que no sólo de manera extraordinaria nos topamos con aquellos lapsus – de ministros, ex ministros y ex subsecretarios – llenos de ese extraño alejamiento, de esa extrañísima desconexión entre lo que el rol impone y lo que finalmente se dice o hace. Lo experimentamos casi a diario y para graficarlo pregunto ¿Quién no vivió la experiencia que le contestasen cualquier cosa respecto del trámite que debía hacer o que simple y derechamente le tratasen mal?, ¿quién no vivió el peloteo paseándose entre pisos y oficinas sin ninguna solución concreta pese a estar en el sitio donde el problema debe resolverse?, ¿quién no ha ido a una oficina pública donde comen pan con chancho y queso mientras ven el matinal o YouTube o conversan entre sí y, de repente, te miran como diciendo “ah estás aquí, qué quieres”?, ¿quién no ha recibido, y no por simple casualidad, miradas desagradables y agresivas de parte de un concerje, de un chofer, de un oficinista o de un comerciante? Es demasiado común experimentar esa especie de cobro extra por molestar junto con el recargo de hacernos sentir de que se nos hace un favor por pedir, por preguntar, por estar. Es una suerte de llamado a la buena voluntad del otro y no a lo que es simplemente su rol, la esencia del porqué está allí como representación de una institución y que, por lo demás, es la razón de su sueldo (al menos en alguna proporción). Irónicamente, esto no sólo ocurre de cara al público, internamente también suele suceder con dramática frecuencia. Para muestra un botón: ayer fui a pedir un papel que se me había enviado desde otra oficina el viernes pasado y la secretaria me dice seca “después” mientras me mira severa como diciéndome “no ves que estoy tomando té” al tiempo que deja su taza sobre la mesa. 

Hay una suerte de dispositivo, de patrón, de recurrencia, de molesta y viciosa repetición que se produce en la asimetría de posiciones, de poderes – que eventualmente sirve para facilitar los requerimientos de otros – que se suma a una sensación, fundada, de impunidad del que enfrenta al público, a un cliente tanto interno como externo. Una relación defectuosa entre muchos, muchísimos representantes de diversas entidades que bien pudiéramos entender como a la entidad misma y el público – su público – que es preciso develar, pero más importante aún, que es preciso modificar. Invito a cualquiera que pudiera estar interesado en conversar al respecto y, en conjunto, diseñar y co-construir nuevos modelos de vinculación. En definitiva, a desarrollar un nuevo trato.